¿Cuál libertad y cuál desarrollo de la personalidad?

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f5Por: Juan José García Posada

La defensa de la autonomía individual y el libre desarrollo de la personalidad fue el argumento principal

que sostuvo la Corte Constitucional para autorizar la dosis personal de estupefacientes, en sentencia que data de 1994. Desde entonces ha sido recurrente la controversia, que se reactivó en días recientes cuando el gobierno anunció que presentaría un nuevo proyecto de ley para regular el consumo de estupefacientes, cuyo aumento ha sido alarmante como lo prueban no sólo las estadísticas sino, sobre todo, la evidencia de la propagación del llamado microtráfico.


En la discusión concurren elementos económicos, educativos, éticos y jurídicos. Es un debate que polariza sectores de opinión. No aceptar la decisión de aprobar la dosis personal comporta la exposición a recibir invectivas y señalamientos hasta de mojigatería y anacronismo, de quienes piensan que el consumo de drogas equivale a ponerse al ritmo de la moda y las tendencias más innovadoras de la sociedad. Y en el otro sentido, la aprobación de la cuota individual puede implicar una demostración de ingenuismo juspositivista y tolerancia extrema.


Es oportuno recordar como antecedente que la cuestionada sentencia de la Corte Constitucional no se aprobó por votación unánime. Cuatro de los magistrados hicieron salvamento de voto en aquel entonces. Entre otras razones de fondo para sustentar su constancia declararon que el libre desarrollo de la personalidad no es un derecho absoluto y que la drogadicción atenta contra la dignidad humana.


Aunque todavía no se ha entrado en detalles y el gobierno ha dejado en suspenso la exposición de las características del nuevo proyecto que presentará ante el Congreso, es posible que se mantenga la decisión de acatar la jurisprudencia de la Corte, que despenalizó la dosis personal, pero con la condición de que se apliquen sanciones contravencionales no privativas de la libertad. La internación terapéutica de los infractores, las multas, el seguimiento y las terapias obligatorias pueden ser instrumentos útiles para limitar el consumo.


Como lo he dicho en anteriores comentarios sobre este asunto, lo cierto es que la condición primordial de una estrategia estatal y social contra las drogas debe comportar la educación preventiva, para que algún día ni siquiera se necesiten acciones coercitivas y los consumidores sientan el peso de la sanción de la sociedad, que al menos los haga recobrar la conciencia de la dignidad, la autoestima y la vergüenza y la convicción de que el consumo de estupefacientes es la negación de la libertad, del desarrollo individual y de la personalidad integral.
 
La cuestión nuclear está, en mi concepto, en que la defensa de la autonomía individual y el libre desarrollo de la personalidad tiene condiciones de sofisma. La libertad tiene un contenido ético, en una sociedad civilizada, diferente de las agrupaciones tribales primitivas en las cuales se vive en estado natural y no se identifican reglas de convivencia para que el buen salvaje respete los límites de sus derechos.
 
La libertad es la facultad de hacer lo que debe hacerse, en el sentido clásico. Por consiguiente, se presume que el individuo, si quiere obrar de modo libre y autónomo, sin la alienación que ocasiona una adicción, sin el apremio, la compulsión, el impulso irresistible, primero que todo debe estar en capacidad de discernir con sindéresis, decidir y comportarse como ser responsable y estar dispuesto a afrontar las consecuencias de sus actos, o de sus omisiones.
 
Es absurdo de toda absurdidad que una acción, como la de consumir estupefacientes, pueda ayudar al desarrollo de la personalidad. En realidad la envilece, la degrada, la hace involucionar, a menos que se trate de situaciones muy excepcionales y sometidas a control médico, en las cuales sea aceptable el uso de tales sustancias con fines terapéuticos. El desarrollo es progresivo y evolutivo. No puede ser regresivo ni involutivo, más todavía si se trata de una entidad tan compleja como la personalidad. Es un contrasentido afirmar que esté desarrollándose aquel que se hunda en el abismo del deterioro personal, en lugar de evolucionar de modo progresivo hacia mejores niveles de vida.

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