Periodistas para facilitar la paz

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f5Por: Juan José García Posada

En una atmósfera de escepticismo se inician en Cuba las conversaciones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc.

El preámbulo de los diálogos, en Oslo, creó en la gente una sensación de incredulidad sobre el éxito de las nuevas aproximaciones que, no obstante, permitirían la solución del antiguo conflicto al menos con la comandancia de la organización alzada en armas de mayores peligrosidad y veteranía en el turbulento escenario político latinoamericano.
 
Las noticias que llegan de La Habana abren expectativas inciertas. Es probable, de acuerdo con las encuestas conocidas, que entre los colombianos esté cundiendo la desconfianza porque las Farc no han emitido signos ni gestos que indiquen verdadera disposición a contribuir a un acuerdo satisfactorio, sino que, por el contrario, al parecer han intensificado sus acciones violentas y terroristas en varios lugares, como si utilizaran la capacidad de agresión para demostrar que su poder ofensivo no ha experimentado detrimento.

Esa sensación de desconfianza y escepticismo se acentúa al apreciar cómo desde el comienzo de los acercamientos se ha alterado el equilibrio necesario entre los dos sectores reunidos en torno a la mesa de diálogo. Mientras las Farc arrancan con un discurso que no por trasnochado deja de ser radical e intransigente, el Gobierno del Presidente Santos exhibe una bondad y una generosidad tales que para observadores avisados podría confundirse con el más impertinente buenismo, propio de los apaciguadores que acaban por hacer concesiones desde las primeras fases de los diálogos, hasta el punto de que, llegado un momento crucial, no tendrían más remedio que aceptar condiciones desventajosas o interrumpir de modo abrupto las conversaciones.

Las Farc han tenido la astucia táctica de empezar mostrando una dureza discursiva y práctica dirigida a asustar no sólo a los representantes del Gobierno sino también a la sociedad en general. ¿Cómo seguirá reaccionando el Gobierno ante ese juego recalcitrante de la guerrilla? ¿Replicará con el endurecimiento de su posición, o por el contrario seguirá asumiendo una actitud paciente y civilizada?

Parece claro que en forma gradual y paulatina los representantes del Gobierno de Santos deberán apretar su modo de actuar en las conversaciones, para no perder la iniciativa, no aceptar la negociación de lo innegociable y no seguir dejando la impresión de que al convocar a las Farc se le habría salido el disparo por la culata y, al tornarse irreconciliables las diferencias, imposible el entendimiento alrededor de mínimos e inmanejables las conversaciones, no quedaría más remedio que admitir el nuevo fracaso y arreciar entonces la estrategia militar para combatir las Farc hasta los últimos rincones del territorio en que se escondan. ¿Es acaso demasiado pesimista esta última figuración y será que se han apagado los recursos imaginativos de la política y sólo tendría eficacia la estrategia militar para sofocar una guerrilla con la que sería imposible cualquier tipo de conversación?

Las apreciaciones anteriores corresponden a la observación y la experiencia y a la lectura analítica e interpretativa de los hechos informativos. Desde el punto de vista del Periodismo, ante el comienzo de los diálogos en Cuba persisten las mismas dudas iniciales: ¿Serán capaces los colegas periodistas de mantener un comportamiento ponderado y abstenerse de exageraciones noticiosas, de especulaciones insensatas y de actuaciones reñidas con la seriedad y el sentido de la responsabilidad que deben primar en medio de las actuales circunstancias? ¿Y ese profesionalismo que hasta ahora parecen dispuestos a poner a prueba los periodistas de los grandes medios colombianos, tendrá simetría en la actitud de los periodistas que simpatizan con las Farc y que no se sentirían vinculados por las exhortaciones que el Gobierno ha hecho a guardar prudencia y no convertir los diálogos en un espectáculo mediático banal? ¿Qué piensan y cómo actuarán, por ejemplo, los enviados especiales de Telesur y de algunos medios impresos, radiofónicos, televisivos o de internet que se han caracterizado por una cierta afinidad con la guerrilla?

La cuestión tiene notorias implicaciones éticas, si se plantea el papel del Periodismo (sean cuales fueren las tendencias ideológicas y las simpatías o aversiones políticas) como factor necesario en la creación de un ecosistema de paz. La ponderación y el manejo responsable de la información y los comentarios sobre los diálogos entre Gobierno y guerrilla envuelve por igual a todos los periodistas, a menos que haya quienes, en la profesión, de un lado o del otro, permanezcan indolentes o indiferentes, empecinados en hacer de la mesa de conversaciones una comedia tropical y no valoren la trascendencia histórica de la paz como propósito nacional.
 
A propósito, en la Lección Inaugural de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo de la UPB me correspondió presentar una ponencia sobre el Periodismo y el ecosistema de la paz. Retomo algunos apartes del texto, que siguen teniendo vigencia en los momentos actuales:

Un asunto tan complejo, tan arriscado y de tantas implicaciones como el de la búsqueda de la paz, en el cual están poniéndose en juego el destino del país y la vida humana, no puede ser objeto, para el periodismo, del tratamiento ligero que se inclinan a asumir algunos colegas, de seguro por inexperiencia, afán de conseguir la primicia o un mal entendido concepto de que el derecho a la información es ilimitado y carece de fronteras razonables, como si no estuviera al servicio de los demás derechos fundamentales.

El periodismo debe ser facilitador de la paz. No es comprensible ni aceptable que debido a la imprudencia y la espectacularidad de algunos informadores se extienda un manto de desconfianza sobre todos los medios de comunicación. Es cierto que la sociedad colombiana necesita y merece información adecuada sobre esta cuestión trascendental. Pero información seria y prudente, que ayude a la creación y el sostenimiento de un entorno propicio a la paz y no asedie a los interlocutores como si fueran los protagonistas, en el escenario de los diálogos, de una ridícula feria de las vanidades.

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