El periodismo y los diálogos de paz: Las campanas a vuelo, o a rebato

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f5Por: Juan José García Posada

Cualquiera de las dos posibilidades, la de celebración o la de alarma, está abierta en estos días

con motivo de la iniciación de contactos hacia un probable diálogo entre el Gobierno y las Farc. Cuando las campanas tocan a vuelo es porque el júbilo se adueña de un pueblo. Es el toque inaugural de una fiesta colectiva. En cambio, cuando tocan a rebato, el desastre está próximo, hay que protegerse, puede sobrevenir una calamidad pública. Ni a vuelo ni a rebato deben sonar las campanas, valga decir los anuncios de los medios periodísticos. Tan apresurado y riesgoso es decir que la sola confirmación de las reuniones en Cuba es el comienzo de una nueva era de paz, como concluir que las aproximaciones entre los voceros de la institucionalidad y de la guerrilla están condenadas al fracaso. El optimismo desaforado y el pesimismo catastrofista son dos actitudes extremas e inaceptables en términos racionales.


En los momentos en que se han adelantado procesos de diálogo, sobre todo a partir del cuatrienio de Belisario Betancur, el papel de los medios periodísticos ha sido en gran parte determinante. Desde el periodismo se ha contribuido a la formación de estados colectivos de ánimo favorables a la búsqueda de soluciones negociadas para el antiguo conflicto armado, pero también se han causado perjuicios irreparables que han precipitado las conversaciones al fracaso. Nunca antes como en aquella etapa se había desplegado en el país una campaña de pedagogía pacifista de magnitud y alcances colosales. Desde el gobierno se puso en marcha una amplia y convincente estrategia de acción comunicativa, en desarrollo, si se quiere, de la ética discursiva. Pero la adversidad acompañó aquel proceso hasta empujarlo al colapso, con episodios desgraciados como el asalto al Palacio de Justicia. Después, todos los gobiernos han vuelto a intentarlo. Y todos se han estrellado al fin contra una fuerza que muchos han identificado como la marca trágica del destino nacional. En todos los momentos, la paz ha pasado de ser ideal codiciado a convertirse en frustración y motivo de desencanto. Al margen de las conjeturas que puedan elaborarse para señalar que los sucesivos desenlaces negativos han sido predestinados, la verdad está en que siempre, tarde o temprano, han sobrevenido factores interferentes que han destruido los caminos de acercamiento, entendimiento, reconciliación, desmovilización y desarme o como quiera llamárseles. Ha tenido fatal primacía una soterrada vocación belicista. Y además, sin entrar en consideraciones sociológicas o politológicas sobre las causas de los repetidos fracasos, lo cierto está en que los medios periodísticos (dicho así, en términos generales, lo que de hecho es arbitrario) han cargado con parte de la responsabilidad por los rompimientos que han marcado la reanudación de hostilidades y la reaparición del mito irracional del retorno a la confrontación violenta.


¿Cómo no incurrir en la posición ingenua y buenista de creer sin reservas en el éxito de las conversaciones que han venido iniciándose en Cuba? ¿Con qué argumentos, si la realidad y la experiencia son contundentes, podría borrarse hoy en día el escepticismo y proclamar que esta vez sí va a recorrerse el camino que ha de conducir al puerto seguro de la paz? ¿Cómo creer que los medios periodísticos (dicho, insisto, de modo general) van a convergir en un lenguaje común y una estrategia unánime para facilitar la construcción de un escenario de paz estable y duradero? ¿Pero cómo, también, renunciar a la realización de la paz como derecho y como deber de obligatorio cumplimiento, así como la define la norma constitucional? ¿Y cómo desconocer o minimizar el poder educativo del periodismo y la capacidad que lo asiste para formar unas condiciones y unas actitudes colectivas favorables y al mismo tiempo contribuir a que los interlocutores afirmen y consoliden la confianza recíproca y avancen hasta la consecución de objetivos de reconciliación en concordancia con un proyecto democrático de convivencia civilizada y pluralista?


Hay algunos factores que, desde el periodismo, por decisiones corporativas o por actuaciones individuales, pueden interferir y hacer que fracasen las nuevas conversaciones, así como han obrado en forma negativa en los procesos anteriores. En primer término, la apuesta absurda por la instantaneidad y la primicia a toda costa, con la demostración de manifiesto desdén por el seguimiento ponderado e interpretativo de los hechos. Los diálogos de paz no pueden seguir siendo un espectáculo mediático. La gran noticia, la última y verdadera noticia, es la única en verdad importante. Lo demás puede ser anecdótico, frívolo e insustancial. Lo que debe trascender es la firma de un acuerdo definitivo, no los episodios y circunstancias que rodeen esa conclusión final. ¿Pero cómo pueden garantizarse la discreción, el razonable sigilo, la prudencia, en el manejo de la información sobre una cuestión trascendental como esta, si hay mentalidades que no le reconocen fronteras al derecho a la información ni admiten que la responsabilidad sea una cualidad inherente a la libertad y, por el contrario, defienden, en uso desmedido de los derechos, la difusión precipitada de noticias no siempre confirmadas, la divulgación de datos carentes de relevancia e interés público y el cubrimiento en caliente, por reporteros inexpertos y febriles, como si se tratara de la narración de un espectáculo deportivo y no estuvieran en juego los intereses vitales de una sociedad?


Desde el periodismo todavía falta aprender del llamado tesoro de los errores, que ofrece lecciones útiles y muchas veces tenebrosas. Es un desatino, por ejemplo, insistir en conductas cuestionables como la de abstenerse de tomar partido por la institucionalidad, que puede tornarse en defensa subrepticia de la antiinstitucionalidad o, al menos, en aceptación de una neutralidad valorativa que pone a los periodistas en la condición subalterna de mensajeros irreflexivos de todas las fuerzas contendientes, sin que se valore su función ética de ayudar a la búsqueda del sentido verdadero de los hechos, a la explicación de los episodios de actualidad e interés público, a la comprensión de la realidad en sus diversas dimensiones y a la formación de un criterio de civilidad basado en el respeto a las normas legales y los depositarios de la autoridad legítima. Es cierto, como lo decía un veterano periodista, que el periodismo no puede despojarse del sentido de lo humano y no puede ser indiferente ante la suerte de las víctimas del conflicto armado. Pero es equivocado borrar o eludir el juicio moral y homologar a los contrarios, sin discriminar cuáles atentan contra la sociedad y cuáles la defienden. Es verdad, también, que sería insensato no ponerse del lado de los civiles, los no combatientes y todos aquellos que a la luz del Derecho Internacional Humanitario están cubiertos por la condición de inviolables. Pero no es ni justo, ni humano, declarar una inviolabilidad selectiva y sólo en favor de uno de los bandos en conflicto, o confundir victimarios con víctimas.


Las emergencias y las situaciones excepcionales son las que ponen a prueba la capacidad de una profesión como el periodismo. El tratamiento de la información y la opinión sobre las nuevas conversaciones de paz no puede ser reincidente en las equivocaciones. En varios medios periodísticos se ha avanzado en los años recientes en el estudio y la reflexión sobre los orígenes, las causas, las consecuencias y las posibles alternativas de solución para el conflicto armado. He sido testigo de cómo, contra todas las incomprensiones, se ha trabajado en defensa del diálogo y la solución negociada, sin incurrir en actitudes ingenuas ni hacer concesiones que pongan en riesgo valores y principios que no son negociables. No en todos los medios periodísticos se ha trabajado en forma coherente y con sindéresis. Pero este esfuerzo sí se ha desplegado en algunos que se caracterizan por la profesionalidad y han asegurado un sitio preminente en la credibilidad y la confiabilidad de los ciudadanos. Han trabajado con base en una actitud tendiente al diálogo civilizado y civilizador, la aproximación de contrarios en torno a puntos que pueden ser comunes y, muy en especial, el manejo ponderado y prudente de un tema demasiado grave y difícil, que no puede tratarse con la ligereza y la improvisación que han ocasionado efectos de gravedad enorme. Para asumir la tarea de informar, analizar e interpretar sobre este asunto se necesita un alto grado de formación, un conocimiento profundo y serio de las cuestiones inherentes a la paz, los derechos humanos, la seguridad y la tranquilidad ciudadana. Así como es un desatino atribuirle la categoría de periodista a todo aquel que informe u opine por medio de las redes sociales e internet, en nombre de la figura demagógica del periodismo ciudadano, es inaceptable habilitar reporteros inexpertos para el cubrimiento urgente de los hechos, así como también lo es no proceder mediante estrategias informativas e interpretativas de amplio espectro, que excluyan el inmediatismo y la competencia por la primicia, así como también el relativismo valorativo que puede legitimar el todo vale en los procesos de diálogo y negociación. El filibusterismo periodístico, valga decir esa suerte de piratería seudoprofesional que privilegia la noticia en caliente sobre el seguimiento de los procesos informativos, la investigación, el análisis y la interpretación responsables, es una amenaza contra los propósitos de paz. Unas veces porque echa a vuelo las campanas. Otras, porque las pone a tocar a rebato.

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