Moral, coherencia y unicidad

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Por: Giovani Orozco Arbeláez.

Hace años, en una cumbre de presidentes del continente americano en Cartagena,

un periodista le preguntó a Fidel Castro su opinión frente a  la doble moral  de los estadounidenses  que, por un lado combatían el tráfico de drogas en Colombia causando guerra, muerte y desolación pero por el otro, eran los grandes consumidores y promotores del negocio; con su habitual desparpajo, el dictador cubano respondió: “Señor… eso no es doble moral, es falta de moral, que es diferente.  Moral solo hay una…” y siguió su camino rodeado de escoltas, periodistas, curiosos y los miles de lagartos que acostumbran acompañar este tipo de reuniones como fieles integrantes de los comités de aplausos y montoneras tan útiles y necesarios para los fines de éste tipo de actividades.  Ese día, en ese preciso instante, el viejo Fidel me enseñó algo: que hay ciertas cualidades, virtudes, competencias o destrezas que son de carácter binomial.  Se tienen o no se tienen, no admiten puntos intermedios, valores interpolados o extrapolados.

En mis clases, les insisto a mis estudiantes en este aspecto de la vida.  Profesionalmente, o se sabe o no se sabe.  Se es bueno o se es malo (ser mediocre, es la peor forma de ser malo). El mundo laboral es inexorablemente dual; o se tiene la competencia o se es un incompetente.  Punto. Pero también es cierto que con esfuerzo, dedicación y altos grados de paciencia, ciertas habilidades y conocimientos pueden adquirirse.  No todos nacieron aprendidos, dice sabiamente mi madre.  Infortunadamente para nuestra sociedad y para el mundo entero, hay otras cosas (llamadas valores) que al parecer están presentes o ausentes  en el líquido amniótico donde se forma el cuerpo y el alma de un ser humano y al nacer la persona, brillan por su presencia o por su ausencia en todos y cada uno de los aspectos de su vida.  No es un asunto de escuelas, colegios, universidades, títulos o apellidos.  Es un asunto del alma, de la semilla que alguien sembró en las profundidades del corazón humano pero que sólo ese ser humano pudo regar, dejar crecer, florecer y dar frutos.

Actuar correctamente, ser honesto y transparente es como un ataque de hipo o de tos: no puede esconderse, todo el mundo lo nota, lo percibe.  No hace falta proclamarse honesto porque la luz que sale de los ojos de una persona buena es evidente,  perceptible con los sentidos humanos.  Hasta los animales lo saben y algunos dicen que las plantas también responden positivamente ante la gente buena. La honradez y la confianza en las personas, no pueden seguir siendo simples eslóganes y menos  características propias de sólo algunos funcionarios públicos a quienes aplica muy bien el sabio refrán que reza “dime de que alardeas y te diré de que careces”.  El actuar correctamente no requiere difusión ni propagandas, porque no es en sí mismo una virtud, sino una obligación de todos los miembros de una verdadera sociedad.

Finalmente, hay que hablar de la coherencia, entendida como la unicidad entre pensamiento, sentimiento y actuación. La moral, como lo decía el viejo Fidel, es una y es única.  No se puede defender una idea para luego actuar de manera totalmente diferente.  Y lo digo por un hecho que seguramente cuando se lean estas líneas, ya habrá sido olvidado no por falta de memoria, sino por falta de espacio en nuestras mentes para almacenar tanta podredumbre como la que ocurre diariamente en el país.  Hace un poco menos de una semana, nuestros dirigentes decidieron ratificar un acuerdo de paz con un grupo de personas que entre otras tantas cosas, secuestraron, asesinaron, reclutaron, violaron y obligaron a abortar a cientos o miles de niñas en nuestro suelo. Ayer, un hombre secuestró, violó y asesinó a una pequeña niña,  hija de una familia  indígena que había huido de la guerra. Hoy, la sociedad conmocionada ante el hecho pide cadena perpetua, pena de muerte o castración química  para el criminal y nuestros dirigentes (los mismos que perdonaron a los integrantes del grupo que durante medio siglo hizo lo mismo) salieron a rasgarse las vestiduras y a preparar proyectos de ley (que seguramente naufragarán antes de tocar las aguas de la discusión analítica) contra semejante barbarie. Creo que esta historia me servirá para explicar a mis estudiantes en mi próxima clase, el concepto de coherencia.

 

 

 

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