No al plebiscito, también es paz

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CPLPor: Catalina Piedrahita Lara

En los últimos cuatro años, la palabra paz ha sido el eje central de las conversaciones en la habana

o, mejor dicho, ha sido el fin por el cual el gobierno ha buscado por todos los medios para obtenerla. Si bien es cierto, que la Constitución Política de 1991 contempla, en el artículo 22, “la paz como un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”[1]; la paz no es aquello que se debe tener por capricho u obsesión, sino que es un objetivo por el cual todos debemos luchar desde nuestro entorno social con pequeños actos de humanidad.

En Colombia se han vivido más de cincuenta años de guerra que han dejado miles de víctimas. No hay una sola familia en el país que no haya sufrido los vejámenes del conflicto armado. Por eso, la palabra paz se ha vuelto muy controversial; tanto, que polarizó al país. Pero todos nos preguntamos, qué significa dicha palabra para que una nación, con una unidad nacional,  se convirtiera en dos. La respuesta es difícil contestarla, porque hay varias posiciones sobre el tema; sin embargo, una posición neutral nos la ofrece la Real Academia Española, quién la define como: “situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países”[2] . Para el caso concreto, concuerdo con la definición que nos presenta la Real Academia, la paz es el medio para alcanzar el cese de la lucha armada. Pero aquí no se trata de discutir cuál es la tesis más correcta, sino cuál es el camino menos inequitativo que cumpla el derecho de paz que, por nacimiento, todos tenemos. 

Así que el Presidente Santos tiene razón en algo, y es que la paz es de todos porque es un derecho constitucional y legal que tenemos los ciudadanos colombianos y que por el mismo mandato el presidente, como máxima autoridad, tiene que buscar la manera de darnos aquello que la carta magna nos otorga. Sin embargo, no a cualquier precio, en toda negociación ambas partes tienen que ceder algo para llegar a un acuerdo, pero lo que no entendió el presidente es que no había que entregar el país para cumplir con dicho mandato y mucho menos acabar con la institucionalidad democrática por medio de la cual fue elegido, para cumplirles un sueño de poder político a las FARC.

El pasado dos de octubre, los ciudadanos colombianos fueron convocados a las urnas para manifestar su aprobación o no sobre los acuerdos firmados en la Habana entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC-EP. Contrario a todo pronóstico de las firmas encuestadoras y para sorpresa de muchos sectores, ganó el No. Y el asombro, me atrevería a decir, fue para todos, tanto para los del Sí como para los del No; pues la maquinaria política que movió el gobierno nacional en propaganda, mermelada e institucionalidad fue desbordada. La forma en el que el gobierno desacreditó a aquellos que se inclinaban por el No, polarizó el país, de tal manera que posterior a las elecciones hay un aire de total desconcierto e incertidumbre, pues no había plan b.

Ese domingo, el presidente de la república tuvo que reconocer que los del no, también querían la paz, pero no a costa de la democracia y la institucionalidad. Tuvo que cambiar su discurso amenazante y retador para los que votaron por el No, pues era su deber no enardecer discordia y llamar al diálogo, demostrar que es posible sentarse a conversar con la oposición tal como lo hizo con las FARC y que la disidencia no genera más guerra, sino mejores caminos de renegociación de los acuerdos, pero sin impunidad.

Decir no a los acuerdos firmados en la Habana, fue decir: no a la mermelada, al derroche del erario público, no a acabar con la institucionalidad democrática, no a la injusticia, no al olvido de las víctimas, no al abuso de poder por parte del gobierno nacional, no a pisotear el Estatuto de Roma que protege a las víctimas de delitos de lesa humanidad, no a 52 años de conflicto armado sin un perdón y reparación, no a la “paz” que Santos quiere imponer, no al mal ejemplo y no al narcotráfico.

Siendo un poco más objetivos con las razones por las que no ganó el sí, tiene que ver con: la pedagogía de los acuerdos, era un texto de 297 páginas, muy largo y confuso para la mayoría de personas, el gobierno enfocó su campaña publicitaria en el sí, más que en explicar los acuerdos, lo cual se convirtió en escenario de discusión en todos los ámbitos e hizo que probablemente muchos de los votantes hicieran más de emotiva que racional el ejercicio de su elección a través del voto; sin contar que hubo mucho más presupuesto para la campaña por el sí, y por el contrario el no, no obtuvo las mismas oportunidades, creándole una desventaja a los que estaban a favor de la campaña por el no.

El abstencionismo jugó un papel importante, más del 60% de la población votante no acudieron a las urnas, probablemente tuvo mucho que ver el hecho de que muchos no conocieran los acuerdos o por lo menos no tuvieran una idea clara de lo que estaban votando, el caso es que es la cifra más alta de abstención de los últimos tiempos y eso deja mucho que pensar, sobre todo en algunas zonas del sur y la costa Caribe del país, donde la tasa de abstención fue más del 50%.

La participación política de las FARC en el congreso, se les estaba otorgando 10 curules, 5 en senado y 5 en cámara, asegurándoles puestos políticos con o sin elección por voto popular, lo cual molestó a muchos sobre todo por el hecho de que no pagaban penas privativas de la libertad y se les otorgaba elegibilidad política sin ningún esfuerzo. El temor generalizado de que en algunos años, el país pudiera ser gobernado por un ex guerrillero con responsabilidad directa en crímenes atroces y de lesa humanidad, y nos convirtiéramos en una segunda Venezuela. Esto aunado a un descrédito del grupo guerrillero, pues durante las negociaciones, el grupo subversivo nunca mostró ningún interés en pedir perdón a las víctimas, lo cual hicieron tarde, a días de las elecciones. Además, la percepción de las personas es que a esta organización guerrillera se les estaba otorgando demasiados beneficios sin contemplar penas efectivas y  frente a los delitos de lesa humanidad.

La baja popularidad del presidente, fue otro de los pilares fundamentales por las que él no se impuso en el plebiscito. La incoherencia en las afirmaciones del gobierno con respecto a los temas de participación política de las FARC, la reforma tributaria, el pago de un salario a los guerrilleros para la reincorporación a la vida civil, entre otros. Además, la percepción de las personas sobre un mal gobierno, el presidente ha enfocado su mandato en los acuerdos de paz con la guerrilla, dejando de lado temas importantes como el desempleo, inseguridad urbana, salud y la educación. No hay que dejar de lado el hecho de que el gobierno no consiguió un consenso nacional que respaldara el proceso de paz desde sus inicios, excluyendo los sectores de la oposición que tiene personajes de peso en el ámbito político, como lo es el ex procurador Alejandro Ordoñez, Marta Lucía Ramírez, el ex alcalde de Bogotá Jaime Castro y el ex presidente Álvaro Uribe, que tiene una credibilidad política de vieja data y a los cuales la ciudadanía tiene  como referentes o por lo menos toman en cuenta sus opiniones.

En fin, el hecho de que la ciudadanía se haya pronunciado y se haya inclinado por no favorecer los acuerdos negociados en la habana, no quiere decir que no se busque la paz. En principio, reitero que es un derecho constitucional; en segundo lugar, la paz es un anhelo de todos y cada uno de los colombianos, donde cada uno de nosotros podemos construir paz desde el colegio, universidad, trabajo y sobre todo desde el seno que compone toda sociedad, la familia. La paz se hace desde el tejido social, otorgado y reconocido por la constitución que es norma de normas. Ahora, el presidente debe buscar y mantener aquello que juró proteger: la paz y renegociar los acuerdos, pero teniendo en consideración a todos los sectores sociales, incluyendo la oposición, tratando de dibujar un panorama más prometedor y salir de la incertidumbre en la que nos hemos visto envueltos. Las FARC tomaron la decisión de no levantarse de la mesa y continuar con las negociaciones, eso es un gesto de paz. Así que presidente, haga honor a su palabra y al Nobel de Paz, renegocie el acuerdo porque buscar el bien común es más altruista que el bien para sí mismo, porque recuerde como dice el viejo adagio: “más fácil cae un mentiroso que un cojo”.

 



[1] http://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur/normas/Norma1.jsp?i=4125

[2] http://dle.rae.es/?w=paz

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