¿Paz estable y duradera?

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JDGRPor: Juan David García Ramírez

El proceso de negociación entre el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las FARC

 así como los acuerdos alcanzados en las últimas semanas, que pretenden poner fin al conflicto armado, han sido anunciados y publicitados como decisivos para el advenimiento de la paz para Colombia, con el propósito de que sea estable y duradera. Por supuesto, la terminación de todo conflicto violento, desde Colombia hasta Sudán del Sur o Crimea, implica el inicio de diálogos que acerquen las posiciones de los actores enfrentados, hasta llegar a un punto de encuentro o, al menos, a una solución política para atenuar o disminuir los efectos negativos de la confrontación armada. Es el objetivo pragmático de toda negociación, de acuerdo con lo argumentado por Johan Galtung, cuando habla de la paz negativa como el fin de la violencia directa, y así ha ocurrido en la realidad con el anuncio del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera: el Gobierno y las FARC, después de cuatro años y medio de negociación formal, llegaron a acuerdos que, entre otros intereses, promueven la desactivación de las FARC como organización narcoterrorista, un hecho que ciertamente contribuirá a una disminución temporal del clima de violencia generalizada que ha vivido Colombia durante varios decenios, pero que en absoluto significa la desaparición inexorable de la misma.

El multimillonario despliegue de propaganda institucional y de diversos medios masivos de comunicación, alentando un ambiente de concordia y entendimiento entre la sociedad entera, ahora que parecería llegar la paz perpetua, ha conducido a una parte importante de la ciudadanía y de la opinión pública a formarse expectativas que distan de la realidad histórica del país y del mundo, y de una comprensión seria de la conflictividad global. Por ejemplo, desde sectores oficialistas se insiste en que el crecimiento económico va a dispararse de manera exponencial y que habrá una avalancha de inversión extranjera sin precedentes, hechos que no dependen únicamente de una variable como el fin del conflicto armado, sino también de reformas que impulsen la iniciativa privada, faciliten el comercio interno y la integración en mercados globales, y en definitiva, apoyen la generación de riqueza.

Así mismo, distintos líderes plantean que grupos como el ELN, el EPL y las bandas criminales, son amenazas menores que podrán enfrentarse con una acción contundente de nuestra fuerza pública, perdiendo de vista que los vacíos de poder y de dominio territorial que se presume dejará la desmovilización de las FARC, son ya el estímulo principal para el incremento del pie de fuerza de estos actores y la expansión de su presencia en diversas regiones del país, al mismo tiempo que las Fuerzas Militares, a través del COTEF (Comando de Transformación Ejército del Futuro), prevén una disminución de su tamaño para adaptarse a los retos y desafíos de los años venideros. Es cierto que un ejército moderno y eficaz no requiere ser el más numeroso para neutralizar a actores armados no estatales como los que proliferan en Colombia, pero a la capacidad destructiva de estos debe responderse también con una fuerza suficiente. En 1989, el Pacto de Varsovia, promovido por la Unión Soviética para contener a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, implementó la estrategia de la Suficiencia Razonable, que en el terreno práctico significó la retirada de las fuerzas soviéticas de Europa del Este, y solo unos años más tarde, la OTAN y la Unión Europea ocuparon ese espacio con sus respectivas ampliaciones. El contexto es diferente, pero las lecciones pueden tomarse para Colombia.

Otro aspecto que suscita cuestionamientos en la campaña oficial para legitimar los acuerdos de La Habana, es el entusiasmo con el que se habla de la participación de la Organización de las Naciones Unidas, con quinientos observadores, como verificadora del desarme de las FARC. La ONU es una institución que ha fracasado de manera estrepitosa en su propósito de lograr la paz mundial, y los miles de funcionarios, delegados y verificadores de procesos similares alrededor del mundo, con todo y sus intenciones loables, no han logrado evitar que se reactiven muchos de los conflictos en los que se hacen presentes. De modo que, por sí misma, esta misión no es una garantía de éxito de tal desarme, y con toda convicción hay que decir que depende únicamente de la voluntad de paz de las FARC, a quienes en la negociación se hicieron numerosas concesiones de poder que dejan lesionado el Estado de Derecho, solo por conseguir que dejen las armas.

La construcción de una paz estable y duradera, fundamental para alcanzar sociedades estables, prósperas y abiertas, se persiguió durante todo el siglo XX. El Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial en 1919, se trazó el noble fin de construir la paz mundial. Veinte años más tarde, la Segunda Guerra Mundial estalló y fue aún más mortífera que la primera, pero una vez más, en 1945, los Acuerdos de Yalta, que tuvieron como protagonistas a Churchill, Stalin y Roosevelt, hablaban de la construcción de la paz internacional. Sin embargo, desde entonces ha habido cientos de conflictos en los cinco continentes. Así que una visión crítica, racional y menos emotiva de los acontecimientos que rodean el actual proceso de paz entre el Gobierno y las FARC, puede hacer más por la paz que se pretende lograr, que el constante llamado a una adhesión incondicional de la ciudadanía a los acuerdos suscritos.

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