Más allá del SÍ y el NO

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Por Pedro Piedrahita Bustamante

 

La importancia del Acuerdo final de la mesa

 

de conversaciones para la terminación del conflicto armado y la construcción de una paz estable y duradera, radica en que hace parte de la construcción del Estado colombiano. Es un asunto que de fondo puede traer el fortalecimiento institucional en esta Colombia que se ha caracterizado por tener mucho territorio pero poco Estado. Me explico:

 

Los procesos de construcción de los Estados, son procesos inacabados; no tienen un final y de tenerlo implicaría la terminación del orden social que significa el Estado y por tanto la desaparición como actor dentro del sistema internacional. Desde la Ciencia Política, la Sociología y la Historia, se ha podido evidenciar que los Estados en los escenarios internos (es decir al interior de sus fronteras), tienen una tarea permanente: eliminar a los enemigos internos. Esto puede leerse o entenderse como una labor fuerte y represora del Estado, pero en realidad debe realizarse dentro de los marcos normativos y constitucionales. En este orden de ideas, los Estados tienen dos formas de eliminar a sus enemigos: una, a través del uso legítimo de la fuerza (aquí hablamos del uso de las armas pero también de la aplicación de las normas); y, dos, a través de la política, es decir, del consenso y de la capacidad de llegar a acuerdos políticos a partir del reconocimiento de la diferencia.

 

Durante años, el Estado colombiano ha combinado estas dos formas. No obstante, ha sido evidente que dicha aplicación ha tenido sus aciertos y desaciertos. Cuando en la política del gobierno primaba el uso de la fuerza, esto era válido dadas las necesidades en materia de seguridad y control territorial (aunque no podemos olvidarnos de los errores y excesos). Y ahora que busca eliminar a un enemigo del Estado a través del consenso y la política, es igualmente válido. Ambas opciones hacen parte del proceso de construcción del Estado colombiano; permiten el fortalecimiento y el avance institucional frente a las problemáticas.

 

A pesar de lo anterior, debemos ser realistas. Las dos formas mencionadas no son la panacea a todos los problemas. Por lo tanto, como ciudadanos del Estado debemos reconocer que la oportunidad de acabar (aunque sea a una parte) con el grupo armado ilegal de las FARC a través de la política es un gran avance para la sociedad. Pero también, como ciudadanos, debemos seguir haciendo las exigencias constantes al Estado en materia de servicios sociales. Esa paz estable y duradera que queremos construir no es sólo la aplicación de los acuerdos logrados por el gobierno con las FARC. Es, sobre todo, la continuidad en la inversión en educación, seguridad, salud, trabajo, cultura, etc. Es por esto que más allá del SÍ y el NO en el plebiscito, debemos reconocer que el acuerdo final logrado con este grupo armado ilegal es un avance más en el proceso de construcción del Estado.

 

Los retos y desafíos son enormes. Seguramente la paz como valor y constructo social no estará presente en todos los colombianos de la noche a la mañana, pero si el Estado continúa la tarea de garantizarnos los servicios sociales y cumple con las exigencias en materia de control territorial y monopolio de la violencia y justicia, seguramente como sociedad empezaremos a respetarnos, solidarizarnos y amar a los demás, a los diferentes. Empezaremos a construir la paz.

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