Siete amenazas que no dejan en paz al periodismo

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Por Juan José García Posada

 

Antes y después de cualquier tipo de acuerdo de paz la responsabilidad social del periodista

 

 comporta el compromiso con la construcción de una cultura del pluralismo y la tolerancia, la convivencia pacífica, la justicia social, el respeto a las normas del estado social de derecho y la realización de una tarea continua y persistente de educación y formación de criterio en las audiencias.

Tales facultades no deben limitarse entonces a la condición de expectativa sobre lo que debería hacerse a partir de un acuerdo, sino que deben asumirse, si no se han asumido hasta ahora, como propósitos y finalidades inherentes a una profesión que no se justificaría si estuviera marginada de los propósitos más importantes de una sociedad, es decir de los verdaderos intereses vitales.

Hacer la crítica del periodismo es una tarea compleja, en la cual se incurre con frecuencia en distorsiones y generalizaciones. El periodismo no es un conjunto homogéneo y monolítico. Está formado por una diversidad de estilos, métodos, tendencias y enfoques determinados por las circunstancias políticas, económicas y culturales. Cada medio periodístico es diferente y obra conforme con su leal saber y entender. Se presume que piensa y actúa de buena fe al elaborar e instrumentar sus estrategias informativas y de opinión. Es el espejo de la pluralidad de modos de ver y afrontar el discurrir actual de la vida local, nacional e internacional, propia de una sociedad abierta en formación, como la nuestra.

Por consiguiente, es errónea la catalogación de “los medios” como si se tratara de una institución dirigida por un solo pensamiento rector. Por supuesto que la mentalidad totalitaria tiende a convertir los medios periodísticos en un aparato ideológico al servicio del Estado y los administradores del poder y no admite ni la divergencia, ni la diversidad ni mucho menos el surgimiento de opiniones o corrientes opositoras. Esto explica el porqué de la llamada matriz comunicacional ideológica, una denominación que suelen utilizar los funcionarios al servicio de poderes autocráticos para referirse, como si se tratara de una sola fuerza, a los periódicos y revistas, los noticieros de radio y televisión y los medios de difusión en internet. Para ellos no es posible que los medios sean distintos, que puedan ser autónomos y que manifiesten una vocación independiente no pocas veces cercana incluso a la actuación anárquica.

Creo que hay un elemento engañoso o tramposo cuando se pretende afrontar el análisis crítico de los medios en general, en conjunto, y consiste en agruparlos, empaquetarlos en un solo bloque para formar con ellos una sola institución que, por lo tanto, es aceptable si obedece las directivas e instrucciones dictadas desde el poder oficial, pero es cuestionable, inadmisible y no pocas veces censurable si se aparta de las orientaciones oficiales.

Y así, por ejemplo, en nuestro país ha venido emergiendo una sospechosa tendencia totalitaria en la comprensión del papel que les compete a los medios periodísticos en sus relaciones con el establecimiento, con el régimen o con los poderes institucionales, en especial con el Ejecutivo. Tal parece como si se pretendiera acomodarlos en esa matriz comunicacional única, exclusiva y excluyente. Los que se queden por fuera y no obedezcan las instrucciones del régimen son enemigos de los altos propósitos nacionales. Es decir, aquellos que objeten procedimientos o decisiones oficiales, en el asunto particular de los diálogos de paz, quedan condenados a la categoría no tanto de opositores o discordantes legítimos, como debe ser en una sociedad abierta, sino a la condición inferior de enemigos de la paz y de todo cuanto este concepto entraña. Es la negación de la auténtica filosofía liberal, consustancial al origen, el devenir histórico y la realidad del verdadero periodismo en cualquier lugar del mundo.

Expuestas las apreciaciones anteriores, debo decir que, aún con el riesgo de incurrir en generalizaciones injustas, en el país actual gravitan varias amenazas que atentan contra la integridad ética de la cultura profesional del periodismo y pueden degradarlo hasta convertirlo en un oficio irrelevante o desechable. Y esas amenazas son visibles por el daño que han causado en especial en sobresalientes medios periodísticos que se arrogan la categoría de prensa nacional, como si sólo los periódicos y demás publicaciones de la capital representaran la nación y los demás debieran quedar ignorados en las remotas provincias, en la periferia de las ciudades intermedias y los pueblos distantes, cuando, en realidad, en una nación de regiones la capital es una región más y la verdadera nación se constituye mediante la conjunción de todos los proyectos regionales.

La primera de tales amenazas es el oficialismo vergonzante y a veces sin ninguna vergüenza, con todo el cinismo, cuando se ignoran, ningunean o silencian las voces discordantes para sostener una humillante sumisión al poder y una pérdida lamentable de la independencia.

La segunda es la minusvalidez crítica: La simpatía enfermiza con el poder y los poderes y la incapacidad de obrar como contrapoder inhibe para cuestionar, objetar e incluso proponer soluciones imaginativas que podrían ayudar al enderezamiento de los diálogos y la solución razonable del conflicto.

Una tercera amenaza es la mistificación (mistificar es engañar), mediante la manipulación de los hechos para ponerlos al servicio de las conveniencias.

Una cuarta amenaza es la manía inquisitorial y descalificatoria, que reduce la realidad de modo radical y arbitrario a lo bueno y lo malo, los amigos y los enemigos, sin posibilidad de atenuantes, de tonalidades o de matices. Es el antiguo maniqueísmo.

La quinta amenaza, que envilece el verdadero periodismo, es el inmediatismo efectista: El culto al hecho del momento, a la noticia instantánea, sin contextualización de los sucesos, sin explicación de lo que significan aquí y ahora y allá y entonces, sin seguimiento de antecedentes y auscultación de posibles consecuencias, sin planeación de las estrategias informativas y de opinión y sin acreditar experticia para el manejo de los temas de paz, derechos humanos y seguridad.

La miopía que inhibe para el análisis, la interpretación y la búsqueda del sentido verdadero es una sexta amenaza. Aquí se subestima la dimensión hermenéutica, explicativa y comprensiva del periodismo como guía de perplejos, como posibilitador de respuestas a los interrogantes de los ciudadanos.

Y la séptima es el sometimiento dócil al imperio del mercado y la falacia del ráiting: Se pierde cualquier iniciativa innovadora, se desequilibran el espacio y el tiempo, se banalizan los hechos, temas y personajes trascendentes y se maximizan la insustancialidad, la frivolidad y aquello que sugestiona en virtud de la estrategia de la ilusión pero que disuade a las audiencias de conocer y comprender lo que pasa y les pasa y por qué está pasando, hasta el punto de que la gran noticia, que habrá de ser la de que se ha alcanzado la paz, desaparece del panorama, sustituida por microeventos, chismes y datos carentes de historicidad y trascendencia.

En conclusión, la mejor contribución que desde el periodismo debe pensarse y hacerse, en desarrollo de principios razonables de ética profesional, consiste en asumir una misión educativa, tal vez hasta de mayor entidad que las de informar y orientar. En la formación de los periodistas, sea que asuman tareas para el manejo de los temas de la paz o que estén en otras funciones en los medios y empresas respectivos, es imprescindible la apropiación de ideas, capacidades y competencias para ejercer un periodismo de paz, sin que por ello se desconozca la presencia del conflicto, de múltiples conflictos. El periodismo para la paz es materia que debe incorporarse en los planes de estudio y en los proyectos de formación continua de agremiaciones y medios. Y en Medellín y Antioquia, con el paso del tiempo y a partir de incontables experiencias de muchos años, tenemos un modelo propio que no podemos olvidar ni desdeñar. Educar, en cooperación con las diversas fuerzas sociales que forman comunidades educativas, en la comprensión de lo que significa la paz, de cómo no puede reducirse a un acuerdo entre un gobierno y una facción insurgente, porque es de un espectro y un alcance mayores e implica el compromiso de todos con la justicia social, la tolerancia y el espíritu conviviente, la conciliación para resolver los conflictos y un firme y consistente sentido del altruismo como factores de diálogo humanista para vivir en libertad, solidaridad y respeto a la diferencia. Y ante todo un periodismo capaz de mantener la distancia crítica frente al poder y salvaguardar la independencia como garantía de credibilidad.

 

 

*Versión escrita de los conceptos expuestos en el panel sobre periodismo y diálogos de paz, realizado en el auditorio Juan Pablo Segundo de la Universidad Pontificia Bolivariana, el lunes 18 de abril de 2016.

 

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