¿Puede Occidente derrotar hoy al terrorismo?

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JDGRPor: Juan David García Ramírez

Ésta es una inquietud que muchos se han planteado en los años recientes, ante el terror

que cada vez acecha más al mundo. Lo han hecho los gobernantes y los ciudadanos, especialmente los de las sociedades democráticas, aquellas que con mayor crueldad han padecido este cáncer. La duda ha asaltado también a las organizaciones internacionales emblemáticas de la sociedad internacional actual, como Naciones Unidas, la Unión Europea o la OTAN, intentando determinar la naturaleza e identidad del terrorismo, y buscando la forma más eficiente de enfrentarlo. No pocos estudiosos de los fenómenos políticos de nuestro tiempo, como André Glucksman (2004) en Occidente contra Occidente, Walter Lacqueur (1999) en El nuevo terrorismo, o Michael Ignatieff (2006) en El mal menor, se han arriesgado a observar con gran rigor al mayor enemigo del mundo contemporáneo.

 

Pero entre ellos y muchos otros, Lacqueur es quien ha alcanzado un nivel de profundidad tal en la definición y descripción del terrorismo y los terroristas, que podríamos llegar a una comprensión más que sensata de esta realidad, y dar una lección a los tímidos y desprevenidos apaciguadores, sin que perdamos de vista a sus promotores y legitimadores, que durante decenios han insistido en presentar al terrorismo como “la guerra de los pobres”, para dar sentido al sinsentido de explotar trenes y aviones con bombas humanas o, en el lenguaje del Islam radical, mártires.

Lacqueur habla del terrorismo en sus perfiles nacionalista y separatista, de extremas derecha e izquierda, del mismo modo que dedica muchas páginas al proveniente del fanatismo religioso, y no se olvida de aproximarse al narcoterrorismo. Aunque todos persiguen objetivos e intereses muy diversos, su origen es el mismo: la frustración por no hallar espacio en la sociedad libre y abierta, que cierra las puertas a sus ambiciones totalitarias. Pero, además, comparten una característica fundamental: los terroristas son exclusivos, constituyen siempre una minoría. Estado Islámico no representa a la mayoría del mundo musulmán, y ETA no fue ni será jamás el portaestandarte de la voluntad política de los vascos, por más que algunos partidos y movimientos que le secundan (como Sortu, Bildu o Podemos) intenten hacerse un lugar en la democracia española y generar su implosión. Y las FARC carecen de toda legitimidad y la sociedad colombiana los repudia absolutamente, aún en medio de unas negociaciones tan cuestionables.

 

Sin embargo, estas organizaciones están consiguiendo a cabalidad su cometido principal: propiciar un entorno de miedo generalizado en la gente, de impotencia y de parálisis institucional ante sus acciones. Allí reside el éxito del terrorismo, que ha puesto en aprietos a Occidente y, en general, a todos los estados democráticos. ¿Cómo perseguir a un enemigo difuso pero potente, que emplea todos los medios del mundo libre para proyectar su odio contra lo que este significa? ¿Son suficientes las medidas que han implementado los estados en la lucha antiterrorista?

 

Con los atentados cometidos por yihadistas que dicen pertenecer a Estado Islámico, en el aeropuerto y el metro de Bruselas, en París, en Estambul o Siria, o por las FARC y el ELN en Colombia, o bien en el Cáucaso y el sudeste asiático, el terrorismo está haciendo una demostración de su poder destructor y desestabilizador. Rusia no es una democracia en el sentido estricto de la palabra, pero el gobierno de Putin está enseñando a todo el mundo cómo ha de combatirse a cualquier pandilla que haga daño a la población o desafíe al Estado. Entre tanto, los líderes de sociedades abiertas, como Barack Obama, David Cameron, el nuevo primer ministro canadiense, Justin Trudeau, e incluso Juan Manuel Santos, no parecen tan comprometidos con la defensa y protección de la seguridad de los asociados, y su actitud es tímida y ambigua.

 

Desde luego que es posible derrotar el terrorismo, pero la táctica más efectiva consiste en suprimir todo incentivo a sus pretensiones, en no ceder ni negociar lo innegociable, y en situarse del lado de la sociedad, sin lugar a equidistancias dictadas por la corrección política. Esto implica que deba dejar de considerarse a las organizaciones terroristas como interlocutores válidos, como si se tratara de partidos políticos o iniciativas ciudadanas de pleno derecho. Si los estados democráticos y las sociedades libres actúan de esta manera, estarán cayendo en su trampa tenebrosa, sería como poner en duda la legitimidad de nuestras instituciones y la importancia de nuestros derechos y libertades.

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