Diferencia y gratuidad del rostro del otro

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Por Luis Alberto Castrillón López

La vida social está marcada por el fantasma de lo violento.

Y en el contexto colombiano, la violencia no solo es histórica y está antecedida por la injusticia, sino que se ha convertido en lenguaje y en actitud —hay violencias en el rostro, en las palabras y de hecho—. Se cercena el cuerpo, se mata, remata y contrarremata (cf. Uribe 1990), y lo que queda como resultado es todavía más catastrófico que la violencia en cuanto tal. La indiferencia, el rencor, el odio y la venganza son sus peores hijos y los más prolíficos.


Por ello, la paz como estado anhelado no se alcanza, se construye en lo pacifico. Y para la realidad y los retos históricos que se traza el proyecto de nación colombiana, la paz no es un alcance único determinado por las condiciones de diálogo o negociación de un conflicto armado; la paz se construye. Lo que supone que la construcción de la paz no es un alcance educativo-formativo exclusivamente, ni mucho menos es la adquisición de unas competencias o capacidades interrelacionales de manejo de los conflictos. La paz compromete un abandono: la indiferencia frente a la exclusión y, por ende, el abandono de un modelo de sociedad sustentado en el individuo que desconoce la complementariedad relacional del sentido de humanidad: el otro diferente.


Una sociedad del consumo o una ciudadanía de derechos —humanismo reducido a lo jurídico y al cumplimiento de las leyes— pueden dejar indicios de que el ser humano ha alcanzado un estado de merecimientos que lo proveen de garantías y autosuficiencias socioculturales. Esta sensación de autonomía del yo, enmarcada en la tarea precursora de Occidente como civilización plena, reafirma el fracaso de un proyecto societal que desconoce al diferente. Una marca indeleble de este individualismo y de la fortaleza del yo autosuficiente de la democracia moderna es la exclusión generada en la mayoría de condiciones sociopolíticas de un país emergente en desarrollo pero estático en inequidad social. A ese deseo irreverente de un sentido de humanidad que asegura la fuerza extrema del yo, le acompaña la negativa del otro. Pareciera que el fundamento en el que se sustenta la dignidad jurídica proclamada legislativamente apela a un desconocimiento de la diferencia y a esa condición de no autenticidad.


Esta fragmentación societal y las reducciones de una tecnocracia instrumental propician un sistema educativo en pro de la producción y el libremercado asegurando atentados contra la vida, que desmantelan la gratuidad de la vida con la proclamada autonomía del yo. La vida en sí, la vida toda, la de los otros yo, es decir los tú, el entorno, mi propia afectividad e intimidad y mi relación con la trascendencia, con la naturaleza; afectar la vida es el delirio de no humanidad a la que asistimos con premura. Como lo expresa Henry (2010): “todo lo que nos afecta y nos toca en el mundo, todo lo que viene a nosotros, solo puede hacerlo si esta venida es, ante todo, la venida de la vida a sí misma… Es, por ende, la vida, quien rinde cuentas en última instancia de lo que experimentamos” (30). El riesgo de identidad, de sentido y de humanización es perder esa óptica trascendente de la vida, de la comunitariedad, del sacrificio, de la entrega y del amor al otro que presenta como presencia significante y reconstructora el rostro del otro como rostro vivo.


El detonante social que no permite la interacción, el encuentro y la relación con el otro, condición de humanidad, es la carencia de una actitud de aceptación de las diversas manifestaciones del rostro. Toda sociedad la compone y compromete una sin igual diferencia entre sus múltiples identidades colectivas, empero, la clave no es la multiplicidad sino el compromiso de dejarse significar al contacto con el rostro que me interpela. Dejarse interpelar, ser interpelado, permitir la mirada reclamante
de identidad de la otredad es componer una sinfonía de la alteridad. La diferencia no hay que definirla ni hay que establecer códigos sociojurídicos o morales para identificarla o aceptarla. La diferencia hay que asumirla: existir en la otredad y con ella es una declaratoria natural a la experiencia de existir. Por cuanto el rostro del otro es una manifestación de la vida, acontecer la vida y asumir las responsabilidades sociales de manifestar la vida es la tarea gratuita de reconstruir y vivenciar lo pacifico.


Abordar estos retos y desafíos de una construcción desde lo pacífico convoca la construcción de un pensamiento originario, complementario e integrado, donde las dimensiones del sentido no se ven reducidas a las lógicas instrumentales de la ciencia ni del mercado, y comienzan a convocar encuentros, diálogos e interacciones desde el ethos, la trascendencia, la identidad desde y en el rostro del otro. Afirma Scannone (2011)

Estimo que la recta comprensión del nosotros como comunidad ética e histórica del “yo”, el “tú” y los “él” (en la comunidad de la familia, el pueblo, la Iglesia, etc.) une ambos aspectos que parecen oponerse: el de una comunidad que no es la mera suma de los individuos, y el de la trascendencia ética de la persona cuya epifanía se da en el cara a cara de la relación ética con otro. (74)


Este nosotros ético que esboza Scannone convoca a un encuentro con la identidad histórica, con la irreductibilidad de la presencia actuante del otro, con la resignificación del sistema de valores de un grupo social. La gratuidad de este llamado es intensamente estética porque no apela a la racionalidad, sino a la convocación de la belleza de la vida, de la oportunidad del contagio del otro que me interpela. Reconstruir una sociedad pone de manifiesto aquella llamada a la alteridad y acogida presentes en Lévinas, que llevan este postulado ético más allá de la adquisición de un presupuesto normativo y lo reconfiguran al estilo de los griegos como actitud. Pues en la acogida del otro, del diferente, se forja el respeto, la aceptación de la diferencia y el reconocimiento no puede tomarse como una elección, sino como una determinación del sentido de humanidad, explica Lévinas (1999):


La recurrencia del sí mismo en la responsabilidad-para-con-los-otros, obsesión persecutoria, marcha a contracorriente de la intencionalidad, de modo que la responsabilidad para con los otros jamás podría significar voluntad altruista. (180)


Es menester una actitud social que convoque a construir la paz como acontecimiento pacifico, donde lo simbólico no puede superar la realidad histórica, pero sobre todo, donde el rostro sea el punto de partida potencial para que la utopía se convierta en un acontecimiento no solo histórico sino de humanización. Si la guerra ya no es el camino, el acontecer pacifico necesita de una ciudadanía del rostro, que interpele con la belleza, la verdad y la bondad, la indiferencia social y el abandono
del sentido pleno de la vida. Donde actitudes como el encuentro, el dialogo, la diferencia, el perdón, la equidad se establezcan como motores de cambio y reconstrucción social.

Lista de referencias
Henry, Michel. Fenomenología de la vida. Trad. Mario Lipsitz. Buenos Aires: Prometeo, 2010.
Lévinas, Emmanuel. Autrement qu’être ou au-delà de l’essence. La Haya: Martinus Nijhoff, 1974. Trad. Antonio Pintor Ramos. De otro modo que ser, o más allá de la esencia. Salamanca: Sígueme, 1999.
Scannone, Juan Carlos. “El nosotros ético-histórico: hacia una ética en perspectiva latinoamericana”. Conjectura enero/abril 16.1 (2011)
Uribe, Maria. “Matar, rematar y contramatar. Las masacres de la violencia en el Tolima. 1948-1964”. Controversia 159-160 (1990).

 

Artículo publicado originalmente en: escritos / Medellín - Colombia / Vol. 22, N. 49 / pp. 279-283 / julio-diciembre 2014 / ISSN 0120 - 1263

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