Campañas por la paz o el traslado de la culpa

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BCPor: Beatriz Eugenia Campillo Vélez



Unir a la sociedad en torno a la búsqueda de la paz es una tarea loable, desde que no se pierdan los horizontes,

no sea que el remedio resulte peor que la enfermedad, que por pretender acercar  a los que están lejos se termine por alejar a los que están cerca. Ya lo dice la sabiduría popular: “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”.

Ese es el peligro del traslado de la culpa, o la “democratización” de ella, pretender hacer culpables o responsables a todos los colombianos de las atrocidades que comenten algunos, bajo un slogan publicitario que busca supuestamente comprometernos más con la paz del país, resulta no solo injusto, sino inútil y contraproducente. Explicaré porqué:

Es injusto, porque significa partir de una idea falsa y es pensar olímpicamente que no estamos comprometidos con la paz. Cuando en la realidad no solo tenemos que soportar vivir bajo la zozobra en la que nos ponen los grupos armados ilegales (como víctimas directas o indirectas), sino que pese a ella seguimos conservando el ánimo y la cordura, levantándonos cada día a trabajar o estudiar con la esperanza de hacer mejor las cosas, de ayudar a los otros, de construir juntos un mejor país sin irnos a las armas, ni cobrar venganza. No se puede decir que todos somos responsables de que algunos hacen, porque la gran mayoría de colombianos no cometen delitos, no amenazan a la gente, no ponen bombas, no secuestran, no extorsionan, sino que además muchos de ellos son víctimas, y muchos otros arriesgan su vida por defendernos desde la institucionalidad, desde el poder que nosotros mismos, como pueblo, les hemos dado a través de la Constitución.

Es inútil, porque nada bueno se gana con la abstracción, si todos somos culpables nadie es culpable, por tanto la responsabilidad se difumina, y de allí a la impunidad solo hay un paso. De hecho ese ha sido uno de los grandes problemas en Colombia, que tememos llamar las cosas por su nombre, preferimos decir que los muertos son a causa “del conflicto”, “la violencia”, “los grupos”, “los muchachos”, pero no le ponemos un rostro, aunque sepamos cual es. Lo realmente útil sería exigirle a aquel que asesina, pone bombas, siembra minas antipersona, recluta niños, secuestra, etc. que se comprometa con la paz, es decir, que no vuelva a hacerlo. De lo contrario el problema continuará, en estas campañas estamos comprometiendo al que ya está comprometido, el que nos falta es justamente aquel que sigue amenazándonos, aquel que pretende hacernos creer que está muy interesado en la paz cuando en realidad quiere que por miedo a sus acciones violentas cedamos ante lo que nos pida.

Es contraproducente, porque si el Estado que es el encargado de poner orden en la sociedad y evitar que algunos privados amenacen a los demás y vulneren sus derechos, no diferencian quienes son los que hacen daño y quienes no, terminará por dejar desprotegidos a aquellos a los que justamente debe defender de la agresión. Con el discurso de trasladar la culpa y decir que todos somos responsables, no solo se deslegitiman las instituciones, sino que se pierde la confianza en ellas, por lo cual se termina estimulando el sentimiento de venganza, que se supone el Estado al aplicar justicia, debería controlar. A los ciudadanos lo único que se les puede pedir desde el Estado es confianza en las instituciones, confianza en que se cumplirá la labor y no tendrán necesidad de “hacer justicia por mano propia”, pero si el ciudadano no ve esa actuación, si no se siente protegido, terminará buscando medios de defensa que resultarán altamente peligrosos, pues nos devolverán al estado de naturaleza hobbesiano, “una guerra de todos contra todos”.

De allí que estar comprometidos con la paz no es, ni puede ser sinónimo de avalar a ciegas cualquier tipo de negociaciones, el compromiso con el país va más allá de adherirse a una agenda de gobierno. El papel de las Universidades y en general de quienes trabajamos en el mundo de la academia debe ser aquel de formar ciudadanos críticos, pensantes, que aporten soluciones en sus realidades cotidianas, pero que también sean capaces de evaluar propuestas más allá de un slogan, un logo y una camiseta. De eso somos capaces, ese es nuestro gran aporte y nuestro compromiso con la paz, que va más allá de un gobierno y que se adhiere al sentido mismo de lo que somos como Universidad, un lugar de encuentro, de reflexión, donde se dan cita las más diversas tendencias y se debaten argumentos, ideas con el fin de identificar problemas, necesidades y así mismo dar aportes, soluciones, respuestas... Obviamente con un profundo respeto, sin agresión.

Las democracias no se construyen uniformando a las personas bajo un solo pensamiento, ni repitiendo slogans, ni satanizando a los opositores, la democracia no puede entrar en la relación de amigo-enemigo, ni pueden perder de vista la ética. En lo que todos deberíamos estar de acuerdo es en el profundo respeto por la vida, por las personas, y exigir a todas las partes (los privados) que bajo ninguna circunstancia se utilicen las armas, ni métodos intimidatorios para imponer ideologías. En cuanto al Estado, siempre hay que recordar que la exigencia que le hacemos en cuanto a su labor es absolutamente distinta de la que le hacemos a los privados; aunque es verdad que tampoco este debe imponer ideologías por la fuerza. La diferencia está en que al Estado con el monopolio de las armas y con su uso legítimo, le hemos encomendado la tarea de garantizar la seguridad de todos, en otras palabras, pretende evitar nos matemos, y por ello debe sancionar a quien infringe las normas y pone en riesgo la integridad de los demás; al respecto la teoría política liberal ha disertado ampliamente.

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