Conflictos sin salida

Valora este artículo
(2 votos)

JDGRPor: Juan David García Ramírez

Es un hábito del discurso político convencional, anunciar grandes apuestas por la solución

definitiva de los conflictos y plantear ambiciosos escenarios para una nueva sociedad, en donde el entendimiento pleno entre los individuos y los grupos pasa de ser una utopía a una realidad. El despliegue publicitario de los más importantes medios de comunicación y la propaganda gubernamental y de organismos internacionales, contribuyen con frecuencia a esta visión, desde luego deseable, pero poco fiel a los hechos. En este sentido, cualquier confrontación histórica que ha pasado a lo largo de decenios y siglos por diferentes coyunturas, que ha vivido momentos de empeoramiento, de mejoría o de estancamiento, aparece en la pantalla como un episodio menor, que solo exige de las partes sentarse a tomar un café y llegar a un buen arreglo.


En la comprensión objetiva de los conflictos, no es la mejor opción distanciarse de la realidad contundente y abrumadora, ni subestimar la importancia de la razón. El teórico social John Elster, describiendo el proceso psicológico de la elección racional, habla de las preferencias adaptativas (condicionar los deseos a las creencias y las ideas) y de las preferencias contraadaptativas (subordinación de las creencias y las ideas a los deseos), para explicar la forma en que los individuos toman sus decisiones. En el caso del conflicto colombiano, como también en lo concerniente al conflicto palestino-israelí, o de igual manera que en el actual conflicto entre el gobierno ucraniano, las fuerzas separatistas y el gobierno ruso, la opinión pública exhibe una tendencia indiscutible hacia las preferencias contraadaptativas, pues las imágenes cruentas de la guerra, de un lado, y las de líderes políticos firmando acuerdos y cortando cintas, están orientadas a comprometer los sentimientos y las emociones, no la razón, que en circunstancias normales estimularía a las personas a reflexionar sobre lo que ha visto, leído u oído.


En cambio, los actores o partes con poder de decisión en un conflicto, poseen información real y abundante acerca de lo que suponen que piensan o harán sus rivales o enemigos, y este conocimiento los lleva a optar por una acción ajustada a la razón, poniendo en segundo plano sus deseos. Dicho de otro modo, el resultado parcial o definitivo de un conflicto está determinado por la capacidad de las partes de proyectar sus intereses, ya sea en la confrontación violenta o en la negociación, y por la habilidad de cada uno para adelantarse a las acciones del otro. Así, los actores involucrados solo harán aquello que satisfaga sus intereses o mejore su posición frente a los demás, con independencia de lo que la ciudadanía, los grupos de presión o la opinión pública deseen, y estos únicamente serán tenidos en cuenta en la medida en que tengan el poder de alterar la dinámica del conflicto o del proceso de negociación. Este es el caso, nuevamente, del conflicto entre Israel y Palestina, para el que parece no haber una solución en el corto o el mediano plazo: el gobierno de Israel y la Autoridad Nacional Palestina han celebrado innumerables negociaciones, y todas se han roto. Cada uno tuvo razones para suspender los diálogos o violar los acuerdos que hubieran suscrito en el pasado, y es posible que encontraran más estímulos para la persistencia del conflicto que para ponerle fin. Como es probable, este y todos los conflictos actuales se agravarán o disminuirán su intensidad; pasarán de crisis violentas a guerras limitadas, por ejemplo, o irán en la dirección contraria; incluso, es posible que haya soluciones temporales y cese la violencia en muchos casos. Pero la conflictividad es inherente a la vida social, de modo que es una ilusión creer en el fin absoluto de los conflictos, aún más en el escenario internacional turbulento y desordenado de hoy.

Leer 761 veces