A propósito de la JMJ - 2013

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JDGRPor: Juan David García

La Jornada Mundial de la Juventud de 2013, celebrada este año en Río de Janeiro

celebrada este año en Río de Janeiro, fue mucho más que un encuentro de jóvenes atraídos por la simpatía y carisma del Papa Francisco I. La interpretación más común en los medios masivos de comunicación y en algunos espacios académicos, sobre la multitudinaria fiesta de cinco días a la que acudieron casi cuatro millones de personas, es que se trata de un fenómeno de masas como todos los que se han vivido desde el siglo XX, cuando los líderes más influyentes utilizan la plaza pública para cautivar al auditorio con sus discursos. Desde luego que la Jornada Mundial de la Juventud es un fenómeno de masas, que, además, supera por varios cientos de miles, incluso millones, a cualquier otro evento político, religioso o cultural realizado en los años recientes y que convoque a tantos jóvenes.

Aún más que de masas, este es un fenómeno de individuos unidos por la diversidad. Jóvenes de 175 nacionalidades, provenientes de todos los continentes, de toda condición económica, social y con tendencias ideológicas muy diferentes, se reunieron esta vez para demostrar que el Cristianismo no ha pasado de moda y que sigue siendo el norte de sus vidas y el de gran parte del mundo. Es una realidad insuperable, que abruma a quienes hoy proclaman el relativismo y la equivalencia de todas las ideas y las creencias, minusvaloran la búsqueda de sentido y luchan cada día por diluir la frontera entre el individuo y la colectividad. En todo el mundo, con Occidente como el epicentro de la deriva, la nueva religión laicista no ahorra esfuerzos por combatir la autonomía de la voluntad, la acción humana y el fuero interno de los individuos, para implantar la sujeción absoluta al dictado estatal.
La mayoría de los Estados democráticos pervirtió el significado de la voluntad popular y ha convertido el espacio público en un absoluto indiscutible, en donde el individuo debe abandonar su vida privada, su familia, su culto, su trabajo, sus preferencias o inclinaciones particulares, para abrazar la utopía ciudadana y ser una pieza más del Estado. Y la religión es el mayor obstáculo a esta pretensión homogeneizadora de la sociedad. Con suficiente claridad, dos autores advierten el peligro que se cierne sobre Occidente (y América Latina es parte de él), cuando los nuevos principios del estatismo amenazan con borrar de la esfera pública una de las pocas parcelas de libertad que quedan al hombre: su necesidad de trascendencia, manifiesta en la búsqueda de Dios. André Glucksman, en Occidente contra Occidente, y Pascal Bruckner, en La tiranía  de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental, sugieren que Occidente ha renunciado a su dignidad y ha entregado la guía del mundo a toda clase de fuerzas paralizadoras, que adormecen al hombre y le privan de su entereza moral.
La anterior versión de la Jornada Mundial de la Juventud, convocada en Madrid en 2011, fue la prueba de que este no es un reclamo exagerado. Movimientos poco espontáneos de agitadores, incitados por partidos como el PSOE e Izquierda Unida, asistieron a distintos actos de la jornada para sabotear, insultar y agredir a los jóvenes que querían ver a Benedicto XVI. Entonces, nada pudo impedir que alrededor de dos millones de jóvenes se expresaran con total libertad y sin vergüenza alguna por sus convicciones. Y ahora, en 2013, el éxito fue más grande que el esperado, con una afluencia mayor y que renueva la imagen de la Iglesia Católica, dispuesta a conservar su lugar en el mundo y a ser la voz de todos.

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