El anuncio de la verdad del cristianismo en la época del ethos de la tolerancia

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JDgiraldoPor: Juan David Giraldo Zapata

Las palabras finales que el Señor resucitado pronuncia delante de sus discípulos

son una clara exhortación a la misión: “Id, pues, y haced discípulos míos a todas las gentes bautizándolas….y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”  (Mt 28, 19-20). A partir de allí los primeros cristianos tuvieron una profunda certeza acerca  del encargo que habían recibido, consistente en anunciar a todos los hombres la verdad y el amor de Dios manifestado en Jesús. Ahora bien, muy a pesar de lo que algunos críticos insinúan, ese original  impulso evangelizador  orientado hacia un universalismo cristiano, no se basaba en una bien calculada búsqueda de poder, sino en la alegre convicción de haber experimentado un encuentro personal con Dios, al que todos los hombres tendrían derecho.

Sin embargo, en los actuales tiempos,  marcados por el pensamiento “débil”, la verdad ha sido puesta bajo sospecha de ser la fuente misma de toda violencia e intolerancia. La Lumen Fidei nos dice al respecto que en lugar de la verdad grande y completa, hoy sólo la verdad tecnológica posee carta de ciudadanía a nivel intersubjetivo. Aparte de esa prerrogativa, al parecer únicamente nos queda el relativismo de las verdades individuales (25).

Esa impugnación  de la verdad en el mundo contemporáneo obviamente ha hecho que el mandato misionero de la Iglesia sea visto más como  soberbia  e intransigencia hacia las opiniones diferentes, que como un servicio al bien común. Y una vez establecida esta premisa de un supuesto imperialismo de la verdad desplegado por la fe cristiana, no tiene nada de raro que lo siguiente sea exigir la ruptura del vínculo entre la religión y la verdad, el cual “estaría en la raíz del fanatismo, que intenta arrollar a quien no comparte las propias creencias” (ibíd.) En ese clima intelectual relativista lo políticamente correcto es poner la fe cristiana al mismo nivel que las convicciones religiosas de los otros, pues justamente la obstinada pretensión de verdad  de aquella sería,  en el mejor de los casos, ofensiva para quienes piensan distinto.

¿Acaso entonces el horizonte universal de la misión del cristianismo es una amenaza para la democracia, la pluralidad interpretativa y la tolerancia? De ninguna manera, ya que la verdad cristiana “no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre” (Lumen Fidei 34). El cristiano no se siente poseedor de la verdad, sino poseído e invadido por ella, lo cual lo mueve a querer compartir con otros esa experiencia donadora de verdad y amor liberador. Dicho compartir surge de una experiencia de amor, por lo que no pretende imponer por la fuerza el contenido de su mensaje, sino proponerlo. No obstante, incluso asumiéndolo como mera propuesta o invitación, el cristiano sigue teniendo una convicción “fuerte” acerca de lo que cree como verdadero.

Ahora bien, tener convicciones fuertes sobre algo no es una situación exclusiva del cristianismo y, además, el hecho mismo de tenerlas,  no es lo mismo que terminar imponiéndolas a otros por la fuerza. Como muy bien dice José María Barrio, “no hay manera humana de pensar si no es pensando lo que uno piensa como verdadero” .Así que el ethos de la tolerancia, convertido hoy en un imperativo básico de la convivencia humana, sólo puede poner límite a los intentos de coaccionar y discriminar en nombre de una verdad, pero no a la posibilidad misma de concebir una cosmovisión dada como la verdadera. En el marco de una sociedad auténticamente pluralista, el cristianismo tiene tanto derecho a publicitar abiertamente su ideal de vida, como lo tiene cualquier otra cosmovisión religiosa, atea o agnóstica.

En su capítulo segundo la Lumen Fidei establece al respecto una iluminadora relación entre la fe, la verdad y el amor. Desconectada de la verdad, la fe se convierte en una experiencia subjetiva, proyectiva, intimista, sentimental y fugaz, que si bien puede consolar, entusiasmar y agradar, de otro lado “no salva, no da seguridad a nuestros pasos”, ni ofrece “continuidad al camino de la vida” (24). Es la fe convertida en una especie de fruición estética de las diferencias, en una terapia liberadora y autocomplaciente del yo, aunque a fin de cuentas despojada de toda verdad objetiva. La contrapartida de esa fe individualista es la fe del “nosotros”, que “se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia” (39) y, por tanto,  sólo es posible de cara a la verdad.

Pero así como la fe y la verdad son inseparables, así también lo son la verdad y el amor, puesto que “sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona” (27). La fe anunciada por el cristianismo no es un mero conjunto doctrinal, un sistema de pensamiento o una verdad abstracta. Se trata, en cambio, de una Persona –Jesús–, lo  cual significa que la verdad cristiana es al mismo tiempo una experiencia de amor. En efecto, Dios, que es amor, y que ha manifestado ese inmenso amor a la humanidad en Jesús (Cfr. Jn 3,16), “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tim. 2, 4). Es desde ese amor, que quiere iluminar el significado profundo de la vida humana y que busca ayudarle al hombre a salir del desierto de su yo autorreferencial y cerrado, como hay que entender la pretensión de verdad del cristianismo. Ello deja por fuera dos versiones igualmente extraviadas de dicha verdad: la de un cristianismo frío y opresivo, reducido a un conjunto de preceptos negativos, o la de un cristianismo light, que enarbola la bandera de un amor “líquido”, sujeto a la variabilidad de los sentimientos y separado de la verdad.

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