El urgente testimonio de los cristianos y la luz de la fe

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CAGRPor: Carlos Andrés Gómez Rodas

A principios del siglo XX, el filósofo católico Maurice Blondel describía la fe cristiana con los siguientes términos

"No se trata, en efecto, de una adhesión teórica del espíritu a un dogma exterior a nosotros, sino de la admisión práctica de una verdad vivificante dentro de nuestro corazón y en nuestra conducta, de una verdad que, tanto mejor se conoce cuanto mejor se practica, y que, una vez bien conocida, se hace más exigente a medida que se hace más liberal y caritativa"

Para el pensador francés, la mejor apologética, la mejor defensa de la fe es el testimonio personal de la conversión interior, que se refleja en la existencia cotidiana del hombre que cree.
Es posible que ya en su momento, Blondel verificara la separación fe-vida propia del mundo moderno, tema que ocupó al Concilio Vaticano II y a los últimos pontífices, quienes han insistido en la necesidad de entender el Cristianismo como algo más que un sistema de ideas o ritos. Fundamentalmente, la fe cristiana es un encuentro directo con la persona del Señor Jesús, cuya palabra y ejemplo informan la mente, transforman el corazón y se manifiestan en la acción concreta de la persona.
“Redescubrir la belleza de la fe”. Esta fue la invitación de Benedicto XVI desde el inicio de su pontificado. En parte, dicha invitación da sentido al año de la fe, que se abrió con el Motu Proprio Porta Fidei, y también a la encíclica de reciente publicación Lumen Fidei. En esta última, se advierte sobre la necesidad de recuperar la conexión entre fe y verdad, en una cultura que solo parece admitir la verdad tecnológica o científica (25). Si nuestra fe es un discurso más entre tantos ¿Qué valor tiene entonces? ¿Se trata de un poético mensaje que no dice nada sobre la realidad ni responde a las más hondas inquietudes existenciales del ser humano? ¿es solo una ilusión? El cristiano se toma en serio las palabras de Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) pero, valga decirlo, solo puede pedirle a los hombres de su tiempo que escuchen la palabra de vida y emprendan el camino que señala Jesús de Nazaret, si ellos mismos, con su vida, manifiestan que ahí está la verdad. En síntesis, si la fe es a un tiempo escucha y visión (Lumen Fidei 29) ¿Podemos exigirle al hombre hodierno que crea si con nuestra vida no les hacemos audible y visible la fe?  La verdad que enseña el Cristianismo impacta cuando vemos que ha transformado a alguien, que a partir de su amistad con Cristo, una persona es más feliz, más virtuosa y ha encontrado el sentido de su vida.
Simone Weil, filósofa cercana al marxismo, decía que una de las cosas que más le inquietaba del catolicismo era la expresión de gozo en el rostro de los jóvenes cuando comulgaban. Esta afirmación tiene una gran sintonía con las palabras que encontramos en el capítulo tercero de Lumen Fidei: “La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos, y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos participar en esta visión y reflejar en otros su luz” (37).
Es urgente que la fe se haga vida en el testimonio coherente y audaz de los cristianos, para que su luz ilumine y abrace a tantos que necesitan de luz y calor. La exhortación permanente del Papa Francisco ha sido salir a las periferias existenciales, pues bien, la primera forma de salir y comunicar a otros la Buena Nueva es hacer lo ordinario de manera extraordinaria, hacerlo como lo haría Cristo, convirtiendo las obras temporales en actos litúrgicos y reivindicando su sentido sacramental. Solo de esta forma la verdad se hace amor.
Siempre será revelador volver a la etimología de las palabras, para que su uso habitual no opaque la riqueza de su significado. Cuando decimos que nuestra Iglesia es católica, no podemos olvidar que katholikós significa universal, que lo atraviesa todo. Lo que se comunica en la Iglesia Católica no es un contenido meramente doctrinal, sino “la luz nueva que nace del encuentro con el Dios vivo, una luz que toca la persona en su centro, en el corazón, implicando su mente, su voluntad y su afectividad, abriéndola a relaciones vivas en la comunión con Dios y con los otros” (Lumen Fidei 40). Es por eso que ninguna circunstancia de la vida humana es ajena a este mensaje de salvación y que la luz de la fe puede iluminar toda la cultura y todas las realidades, puede atravesar la vida laboral, el estudio, las relaciones interpersonales, la vida social y económica, la literatura, la música.
Es posible que alguien se pregunte dónde encontrar esas “fórmulas de aplicación”. Ejemplos hay muchos en la Historia y hay que conocerlos, pero la fe siempre es nueva y la manera de anunciar “enteramente el plan de Dios” (Hch 20,27) en las situaciones diarias le corresponde pensarla a cada cristiano, alimentándose de una íntima amistad con Jesucristo y encarnando creativamente el Evangelio en todos los lugares a donde vaya y en todos los ámbitos en los que intervenga.

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