Enseñar a creer, en tiempos de relativismo valorativo

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f5Por: Juan José García Posada

De una lectura de la Encíclica Lumen Fidei, del Papa Francisco.

A veces me parece abrumador el avance del relativismo valorativo en el medio universitario. Si no fuera por la voluntad de avivar la fe, hay momentos en los cuales me asalta el temor de que la virtualidad se adueñó de los valores y del razonamiento ético y creer ha pasado a tornarse en una causa perdida.
¿La crisis de certezas asalta sobre todo a los jóvenes? ¿Se trata de una deficiencia generacional que ha de calmarse con el paso del tiempo? Más desalentador todavía es comprobar en la vida diaria que el escepticismo y la creencia vacía en tablas axiológicas de ocasión y en el poder engañoso del todo vale son actitudes y comportamientos observados por gente ilustrada y dedicada al trabajo docente, es decir perteneciente a generaciones anteriores a las que apenas comienzan a surgir y asomarse a la realidad circundante.
En rigor, no se trata de un problema generacional. No sería exacto afirmar que la inclinación nihilista se origina en una rebeldía natural de adolescentes. Es cierto que en buena parte de los fenómenos que irrumpen en las relaciones entre universitarios y en particular entre profesores y alumnos está presente el conflicto generacional. Pero este conflicto puede acentuarse y propagarse, cuando se habla de posiciones y decisiones éticas, si desde el estamento docente que representa la generación destinada a enseñar se abandonan responsabilidades capitales y se deja a los jóvenes la libre elección sin elementos de discernimiento seguros ante cuestiones para las cuales carecen todavía de información y de sindéresis.
El deber formativo comporta, para el profesor, la asunción de la tarea de ser mucho más que un gestor automático del conocimiento que no ofrece guías de orientación ni propone caminos que aproximen a lo verdadero, lo bueno y lo justo.
Las circunstancias muestran una realidad marcada por el relativismo y la falsa asepsia conceptual. Si lo que se pretende es formar, en la educación superior, tales circunstancias deben someterse al escrutinio responsable, al análisis y la ponderación de lo verdadero que implican y a una depuración que haga posible la detección y la selección de lo conveniente a la luz de la ética universitaria y con base en criterios inspirados en el humanismo cristiano: “La transmisión de la fe, que brilla para todos los hombres en todo lugar, pasa también por las coordenadas temporales, de generación en generación (dice la Encíclica). Puesto que la fe nace de un encuentro que se produce en la historia e ilumina el camino a lo largo del tiempo, tiene necesidad de transmitirse a través de los siglos”.
A los profesores nos corresponde asumir una misión magisterial. Pero, tal como lo advierte esta Encíclica, “si no creéis no comprenderéis”. Si no creemos, no comprenderemos. Si no aplicamos la capacidad de discernimiento que presumimos nos asiste, no comprenderemos el sentido verdadero de la realidad que se esconde en las circunstancias, ni mucho menos estaremos facultados para enseñar, ni con el conocimiento, ni con la experiencia ni con el ejemplo: “Recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aun más necesario (dice el Papa), precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos. En la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: Es verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia; es verdad porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida. Hoy parece que esta es la única verdad cierta, la única que se puede compartir con otros, la única sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos”.
Los profesores debemos ser portadores y comunicadores de la fe, orientadores en la fe, que identificamos como un bien común por compartir: “La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás”. Y la fe, que identificamos como un bien común por compartir: “Su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza”.
La fe tiene un significado vital. En la parte final de la Encíclica leemos una conclusión sapiente: Cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella. Esta cita incluida en la Encíclica, del poeta, dramaturgo y literato estadinense T.S. Eliot en su fase religiosa y desde la fe que encontró en el anglicanismo, es muy concluyente: «¿Tenéis acaso necesidad de que se os diga que incluso aquellos modestos logros / que os permiten estar orgullosos de una sociedad educada / difícilmente sobrevivirán a la fe que les da sentido?». Y termina así el luminoso documento pontificio: “Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos sólo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida”.
Hace tiempos escuché una sentencia que no recuerdo a qué pensador deba atribuírsele: “Si los jóvenes de hoy no creen en nada, es porque no les hemos enseñado a creer”.

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