Los ránquines en cuestión

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Por: Juan José García Posada

Para tranquilidad de muchísimos universitarios que han cuestionado los ránquines internacionales,

como el de Shanghai, porque las universidades de Latinoamérica están relegadas a una condición deprimente, apareció en estos días una clasificación de 200 instituciones latinoamericanas de educación superior en la cual ya Colombia alcanza a quedar en un esperanzador tercer puesto, después de Brasil y México y antes de Chile y Argentina.
 
En un encuentro de rectores efectuado en México en mayo, contra los ránquines mundiales abundaron las críticas: Que se basan en criterios culturales ajenos a la realidad del continente, favorecen el reconocimiento a las universidades del primer mundo, minimizan la tradición educativa de Latinoamérica, enfatizan en la formación de tecnócratas con subestimación del humanismo y acentúan las desigualdades con base en indicadores económicos.
 
En la nueva lista, ya por fin latinoamericana, llamada Ranking QS, salen 34 universidades colombianas. Primero está la de los Andes, seguida de la Nacional. Dos de nuestra región, la de Antioquia y la Pontificia Bolivariana, están entre las diez primeras en Colombia. En este ranquin no se premia, como sí en los otros, que en las instituciones figuren personajes de las ciencias, las artes y las letras premiados con algún Nobel.
 
Los principales criterios calificados en el QS son la credibilidad académica, la proporción de estudiantes por número de profesores, la citación de publicaciones, la valoración de los empresarios y la presencia de profesores y estudiantes extranjeros.

Aunque en apariencia los ránquines forman una moda que se ha impuesto en el entorno universitario, lo cierto está en que son de vieja data. Los antecedentes de estas clasificaciones se remontan al escalafón de los programas de pregrado y los criterios de reputación en las universidades de los Estados Unidos, dirigido a mediados del decenio de los 20, del Siglo Diecinueve, por Donald Hughes.

A mediados de los sesentas y comienzos de los setentas se conocieron otras clasificaciones hechas también en Estados Unidos, de acuerdo con los grados de calidad de los departamentos de investigación y los programas de pregrado. Entonces la investigación no tenía el carácter prioritario que ha cobrado en la actualidad. Estaba en el segundo lugar de las tres funciones básicas de la institución universitaria, pero ya comenzaba a adquirir relevancia y a probarse su influencia en la sociedad estadinense.

Desde el decenio de los noventas del siglo pasado se han difundido ránquines sobre la calidad de las facultades y la efectividad de los programas de educación superior, la productividad académica, los doctorados, el impacto de la innovación metodológica y otros criterios de medición.

El ranquin de más amplio espectro y más influyente en la actualidad es el de la Universidad de Shanghai. Centros universitarios, think tanks, organizaciones privadas y medios periodísticos (entre ellos el Times, de Londres) han participado en esta curiosa competencia por establecer cuál es la más confiable, la más creíble y la más completa de las clasificaciones de instituciones universitarias.

Los criterios que han servido para la evaluación por los grupos que dirigen los ránquines se concentran, en especial, en la calidad de la formación profesional, el peso y el prestigio de la investigación, el número de citaciones de publicaciones de índole científica, la valoración de los egresados por las empresas y los empleadores, el avance en materia de internacionalización y la movilidad de docentes y docentes, el número de doctores y posgraduados y el impacto en la internet.

Los ránquines (y debo aclarar que esta escritura la autoriza el Diccionario Panhispánico de Dudas, aunque todavía no la ha consagrado en oficial de la RAE) están en discusión. Hasta en Harvard, que ha sido modelo global, hay objeciones. Así como pueden representar un factor de emulación, necesario si las universidades quieren consultar modelos superiores, de talla mundial, también pueden prestarse para el juego de intereses económicos y políticos y la aplicación de estándares arbitrarios y excluyentes.

En el encuentro de rectores universitarios de América Latina realizado en México en mayo, se aprobó una declaración final que señala los pro y contra de los ránquines. Entre otras glosas aparecen estas, que resultan de la preocupación de los rectores por los efectos no deseados de los ránquines:

“La homogeneización de la diversidad de instituciones respecto al modelo predominante de universidad elitista de investigación de los Estados Unidos y la consecuente pérdida de identidad de la universidad latinoamericana.
La percepción sesgada acerca de la operación, calidad y resultados de la IES de la región a partir de mediciones parciales enfocadas principalmente a la circulación internacional de la producción científica.
La influencia de estas visiones parciales en tomadores de decisiones en el nivel nacional y en las mismas instituciones.
La deslegitimación de las IES nacionales, en particular de aquellas que impulsan modelos distintos al de la universidad centrada en la investigación, y
La confusión de los rankings con sistemas de información”.
 
Y uno de los efectos más serios de los ránquines, cuando motivan dudas e incertidumbres, consiste, como lo han dicho los rectores, en “la pérdida de legitimidad social que afecta a las instituciones que no aparecen en los rankings, se ubican en lugares muy bajos o descienden de un año a otro”.
La invocación de la identidad de las universidades latinoamericanas, en el primer punto de las objeciones hechas en la declaración de los rectores que acabo de citar, no debe confundirse con una recordación nostálgica del antiguo debate sobre la identidad continental, que evocaría los momentos estelares de la llamada cantata iberoamericana y de las voces de memorables intérpretes como Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Horacio Guaraní y los Parra. Tampoco puede asociarse con una expresión actualizada del complejo de inferioridad que atribuía Fernando González a estos pueblos, frente al predominio de las metrópolis europeas y norteamericana.
Más bien debe justipreciarse, el pronunciamiento de los rectores, como una afirmación de la tradición universitaria de nuestro continente (no olvidemos la Reforma de Córdoba, Argentina y su contribución a redefinir el concepto moderno de Universidad), de los valores educativos propios y de la invaluable aportación de las universidades de Hispanoamérica al desarrollo del pensamiento y el cultivo del humanismo, las artes y las letras, las disciplinas del espíritu, con todo y el evidente rezago en relación con los avances científicos y tecnológicos del mundo desarrollado. Las universidades pueden desnaturalizarse si eluden la justa valoración de las humanidades y las sociales en tiempos de maximización del utilitarismo e imperio del mercado.
La verdad sí está en que los ránquines, los escalafones, las clasificaciones tienen su importancia, sin que se conviertan en asuntos obsesivos en los que deban cifrarse la calidad y el ascenso hacia modelos superiores. Las universidades actuales y futuristas no pueden sostenerse por inercia, deben autoevaluarse y rendir cuentas y compararse en términos de excelencia. Sus funciones y compromisos no se limitan a la docencia y la investigación. Deben ser visibles, mantenerse vigentes, demostrar la condición de organismos vivos y dinámicos. La visibilidad, que emerge como tercera ola del discurrir universitario (la primera y la segunda han sido la docencia y la investigación), no tiene por qué referirse de modo exclusivo y excluyente a la figuración en escalafones regionales e internacionales. Es, ante todo, la constancia de que la Universidad respectiva está cumpliendo con responsabilidad la tarea de hacer valer el derecho a la educación mediante el servicio eficiente, evaluable y expuesto al escrutinio de la sociedad.
La visibilidad integral, como presencia influyente en el entorno social se extiende a una amplia complejidad de actividades distintivas de la institución: Imagen corporativa, realizaciones en docencia, investigación y proyección social; alcance de sus proyectos académicos e institucionales en un extenso y complejo corpus de saberes y disciplinas; figuración sustancial de sus integrantes en la historia local y nacional y en los medios de comunicación y peso de las publicaciones académicas, científicas y literarias, como proyección editorial del pensamiento universitario. Los ránquines tienen sus pro y contra. No son fines sino medios variables y pasajeros de comparación.

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