Las declaraciones de Christine Lagarde y el FMI: la condena contra los ancianos

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Por Juan José García Posada

El Fondo Monetario Internacional, como una de las organizaciones más poderosas

del planeta, podría generar inmensos beneficios para la humanidad, pero también puede infligir un daño incalculable. Como regulador de las políticas macroeconómicas y en procura de la estabilidad cambiaria en el mundo, uno de sus objetivos ha consistido, desde su creación en 1945, en la reducción de la pobreza. Pero los críticos del FMI suelen señalarlo como organismo de muy dudosa eficiencia en el cumplimiento de esa finalidad.

Más todavía, se ha cuestionado la indiferencia del Fondo cuando se trata de los asuntos sociales y los derechos humanos. Su respaldo a regímenes dictatoriales en diversas épocas y su frialdad para dictaminar sobre estrategias y políticas de ingeniería social han evidenciado su frialdad racionalista para enfocar cuestiones inherentes al progreso integral de los seres humanos. Por este motivo tal vez no deba sorprendernos la reciente declaración de la Directora del Fondo, Christine Lagarde, al referirse a los ancianos como una suerte de carga demasiado costosa para las sociedades actuales e invitar a que se proceda cuanto antes a tratar este problema.

La señora Lagarde ha dicho, con palabras que fueron difundidas por muchos medios periodísticos: “Los ancianos viven demasiado y este es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo y ya”. Son afirmaciones que dejan en evidencia una actitud tan indolente como inhumana y cruel. No es el concepto de algún ciudadano disparatado, sino de la persona que tiene a su cargo la orientación de una organización no sólo influyente sino determinante en materia de políticas económicas y sociales en el mundo.

Y el mismo Fondo, en su informe sobre la estabilidad financiera mundial ha advertido que en la medida en que los habitantes envejezcan en las décadas próximas consumirán un porcentaje creciente de recursos y ejercerán presión sobre los balances públicos y privados. ¿Pero no hay ninguna otra alternativa? ¿Son incompetentes los talentos de talla mundial para idear soluciones audaces e innovadoras que frenen el posible sacrificio colectivo de individuos que están empezando a ser catalogados como desechables, porque “una longevidad inesperada representa un riesgo financiero para los gobiernos y las entidades que ofrecen prestaciones definidas”.

¿Arreciarán los embates de no pocos gobiernos contra los regímenes pensionales, para seguir elevando la edad de jubilación o disminuyendo el monto de las pensiones hasta hacerlas insignificantes? ¿Cuál puede ser el impacto negativo de unas declaraciones, de nadie menos que la Directora del FMI, que marcan un retroceso inquietante hacia épocas en las cuales se vulneraban con facilidad e impunidad los derechos de los llamados adultos mayores y el desconocimiento de sus prerrogativas era una norma general porque, además, el humanismo jurídico era apenas incipiente y las legislaciones internacional y nacionales estaban inventándose? ¿Está legitimando la señora Lagarde todas las expresiones de discriminación, marginación y separación de los adultos mayores, de los ancianos, como si en un futuro próximo se permitiera la aplicación de medidas excluyentes de una suerte de eutanasia económica a partir de ciertos niveles de edad?

Además del golpe económico de políticas restrictivas en este punto sensible, delicado y complejo de los derechos adquiridos por quienes dedicaron gran parte de la vida a servirle a la sociedad y producir bienes o servicios, es inconmensurable el daño moral que la sola afirmación imprudente puede causar a un sector indefenso, que no suele organizarse en movimientos reivindicativos ni elevar protestas legítimas. La ancianidad es tan frágil y genera tan escasa solidaridad que el punto de vista infamante de la Directora del FMI apenas sí ha despertado alguna reacción débil, casi imperceptible en medio de los acontecimientos de actualidad e interés público. Ante semejantes afirmaciones como las de Christine Lagarde, sólo queda temer que estemos presenciando la derrota definitiva de la humanidad, de lo humano.

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