Sociedad y tecnología: una aproximación a los elementos que definen éste binomio

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CRPor: Carlos Andrés Roldán Sánchez

Se puede ubicar históricamente el origen de lo que hemos denominado tecnología, en su sentido moderno

de manera un poco remota, en la revolución industrial: la creación de maquinarias que sustituyeron el trabajo manual y netamente artesanal. Tal proceso de sustitución trajo una total variación en la manera en que occidente entabla la relación entre producción-mundo-hombre y sociedad, efecto de esto es el increíble cambio que las estructuras y sistemas socio-políticos y culturales han tenido desde tal revolución. No obstante, no es la revolución industrial, como proceso histórico, la que explicaría el fenómeno de la transformación socio-cultural, sino el pensamiento filosófico-científico que tras él subyace y que ya en la modernidad se venía cociendo dentro de las corrientes filosóficas más relevantes. Es preciso anotar que no se puede hablar de corrientes filosóficas solamente durante la modernidad sin incluir científicas, siendo la ciencia, la preocupación más clara de tal período.


Sobra la distinción que ya los griegos habían realizado entre τεχνη y λογος para explicar o aclarar que la tecnología no es ciencia aunque, y es claro, depende en gran medida de lo que el pensamiento científico encuentra, en tanto que posibilidad de comprensión de fenómenos, elementos y capacidad de manipulación y transformación de los mismos. Mario Bunge explica tal relación afirmando: “la ciencia como actividad- como investigación- pertenece a la vida social; en cuanto se la aplica al mejoramiento de nuestro entorno natural y artificial, a la invención y manufactura de bienes materiales y culturales, la ciencia se convierte en tecnología.”(1)

Como lo afirma Bunge, la ciencia al convertirse en tecnología ella misma define un límite en donde se distingue de su efecto, es decir, posee un valor en si misma. Lo que si es claro es la relación que existe entre ciencia y tecnología pero al mismo tiempo su diferencia.

El pensamiento científico de la modernidad tuvo como objetivo la racionalización del mundo, la aplicación de un método eficaz para la comprensión y conocimiento de la naturaleza y la reproducción de un modelo no especulativo, sino por el contrario, fáctico y práctico. Esta pretensión moderna, trajo como resultado el avance tecnológico del cual la sociedad actual goza y moldea. Pero, por otro lado, tal pensamiento desencadenó una secuencia sin freno en la producción y reproducción de la realidad cognoscible.

La tecnología ha ocupado un lugar preponderante en las sociedades contemporáneas. Ella se presenta en la actualidad ya no de manera reflexiva o para la solución de problemas básicos, sino como agente casi individual que marca su propio curso y, del mismo modo, traza el camino de la misma sociedad. La lógica de comprensión moderna revela un sistema seguido de causalidad y este sistema es el que desarrolla a ultranza la tecnología. En otras palabras, la tecnología por ser producción lógico-matemática, se presenta como actualidad y a la vez como proyección; un producto hoy, nos habla de lo que será el mismo producto en unos años: mejorado, con más aditamentos o según sea la tendencia (nanotecnología, mega tecnología, etc.).

El efecto que la tecnología y su lógica causal ha traído es la confianza y la esperanza que la sociedad contemporánea ha depositado en ella. Otro efecto, no tan útil como lo puede ser la confianza, es aquel por el cual la sociedad actual ha hecho de su entorno un ambiente espectral, virtual, manipulable sin límite, de espectáculo y artificialidad. Una característica de la sociedad tecnológica es su percepción desechable de las cosas y de su entorno. Sin embargo, el mayor problema radica en las consecuencias que esto trae en relación a la visión de ser humano que tal sociedad posee. No se afirma con esto que la tecnología sea negativa, ni mucho menos, sino que su efecto en la sociedad ha sido tal, que como en otros tiempos, al exceder su control y desconocer su límite, se pasa al sometimiento. Cabe decir que lo mismo ha sucedido en otras época con tecnologías teórica que han pasado a convertirse en prejuicios aniquilantes. Ha sido el caso de la justificación de la guerra y toda su alimentación tecnológica y teórica que se vierte en contra del mismo hombre.
 
Hay que afirmar con el profesor Alejando Llano que “al cerrarse sobre sí mismo, el tecnosistema se sobrecarga, acaba por agotarse y provoca una desertificación social.”(2) Desde esta perspectiva, la sobrecarga como realidad evidente de la sociedad actual, ha terminado por desertificar y eliminar la preponderancia y protagonismo que tiene el hombre en su mundo. La aridez de la tecnología, nos pone a pensar en un mundo controlado por los sistemas, en la automatización de la vida y hasta en la destrucción y persecución de la vida humana por parte de las máquinas como es el caso de la ciencia ficción, válida en tanto que imaginario colectivo y temor actual.

No es apocalíptico el panorama de la sociedad tecnológica ni mucho menos, es evidente que hemos empezado a ser críticos y reflexivos frente al tema. Si se reconoce que la tecnología posee en el fondo una epistemología y construcción aportada por la modernidad y que vemos cómo tal producto desconoce al hombre en muchos casos o lo cosifica en función suya, hay entonces, que revisar cuál es la visión antropológica y filosófica que la modernidad elaboró y por la cual hoy nos preguntamos por tal problema. Lo que se ha llamado “postmodernidad” ha dado varias respuestas, extremadas o vacías, a este interrogante, pretendiendo diferenciar o proponer una época diferente a la moderna. No es menester discutir con estas corrientes que pasan desde una admisible identificación con la sociedad del espectáculo, hasta un imposible e irresponsable olvido de la modernidad como es el caso del pensamiento débil que pretende desconocer la modernidad en medio de ella o de sus productos; la modernidad fue un proyecto que hoy se ha extendido y que quizás se puede estar agotando pero del que aún se vive.

La mezcla que se ha efectuado entre tecnología y manipulación tiene su mayor expresión de movimiento en la famosa “sociedad de consumo”. La misma lógica que explica el desarrollo de la técnica, aclara los móviles de los sujetos víctimas del consumo. El sujeto consumidor es insaciable porque cada producto lo prepara para el próximo, lo amarra a la espera y direcciona todos sus esfuerzos en la adquisición de tal producto. Filosóficamente, las teorías individualistas del siglo XVIII y XIX, prepararon la argumentación falaz de este solipsismo humano. También se tiene claro que con el fracaso de la metafísica como legitimadora del teorizar occidental, se quedó sin fundamentación cualquier intento de argumentar la importancia de la preservación de las jerarquías axiológicas. Es entonces, el mercado, el que sostiene y muestra las direcciones de la elección y allí la tecnología encuentra su lugar para ser sostenible. Las implicaciones éticas y políticas de este fenómeno son claras y mantienen una estrecha relación en sus variaciones, de tal manera que las tecno-sociedades garantizan la no intervención del mercado, así no sea justo, y la relativización de las normas que protegen valores para obedecer al derecho positivo, auto-reproductor de normas y tecno-sistema a su vez.

No cabría realizar un juicio valorativo con respecto a la tecnología como realidad. Tal juicio se dirige al tipo de relación que los sujetos entablan con la tecnología ó a la intención y finalidad para la cual se produce. Aquí se establece un camino que en el terreno de la ética mal se ha entendido al confundirse con una visión negativa y añeja, que en la mayoría de los casos, opta por descalificar la tecnología y hasta considerarla como enemiga de la buena conducta. Es importante reiterar que los juicios morales recaen sobre las conductas, o se predican de ellas, y no sobre las cosas en sí mismas. La tecnología, como ninguna otra cosa, es producto de la intención humana para la solución de problemas y la creación de un bienestar, no obstante, ante tal objetivo, el hombre es libre de elegir qué sería lo más conveniente y qué tipo de uso darle a tales productos. Como a priori dinamizador del avance tecnológico, se encuentra la intención humana de dirigirse hacia algo, de facilitar esto o aquello, o simplemente, como suele ser el caso actual, elaborar caprichosamente artefactos por el simple goce o disfrute.
 
Uno de los elementos más relevantes de la lógica tecnológica, es la simulación de la realidad y la creación artificial de las experiencias o acciones naturales. Tal característica ha desarrollado en altas proporciones la virtualidad de los ambientes, su maniobrabilidad y la consecución de objetivos en menor tiempo y menos trabajo. Estos aspectos, entre otros, nos dan herramientas para comprender la variación de los comportamientos actuales que se ven avocados a un desconocimiento o indiferencia de la “realidad real”, del hombre y de la temporalidad que contiene la responsabilidad histórica en tanto que relación y proximidad con el otro. Es tal la virtualización de la contemporaneidad, que la descalificación de la presencialidad en las actividades humanas ha terminado por convertir nuestro entorno real y material en un lugar inhóspito, enfriar las relaciones sociales, cívicas, políticas y en especial, con el otro; letal mezcla entre individualismo y mecanicismo que nos plantea un territorio urgente de investigación en humanidades para comprender y explorar las nuevas formas de relaciones humanas y el papel que juega la tecnología en ellas.


BIBLIOGRAFÍA

(1)BUNGE, Mario.  La Ciencia, su Método y su Filosofía.  Introducción;  Barcelona,  Ariel,  1972.  Pág. 9

(2)LLANO, Alejandro,  Humanismo cívico; Barcelona, Ariel, 1999, p. 17.

 

Referencia original:

CARLOS ANDRES ROLDAN SANCHEZ, "Sociedad y tecnología: una aproximación a los elementos que definen éste binomio" . En: Colombia Universitas Científica, Revista De Divulgación Científica Y Académica Del CidiISSN: 1692-0155 ed: Editorial Upb v.XII fasc.N/A p.103 - 107 ,2009

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