Trump vs. todo pronóstico

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JDGRPor: Juan David García Ramírez

El resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos,

derrotó todos los pronósticos y proyecciones que se habían hecho durante meses. Para el establecimiento político de los partidos Demócrata y Republicano, como también para la élite económica y el poderoso conglomerado mediático, y del mismo modo que para la élite intelectual liberal (en los Estados Unidos, se entiende por liberal  la izquierda o el centro izquierda, mas no el auténtico Liberalismo político y filosófico), Hillary Clinton tenía todas las posibilidades de obtener la victoria y convertirse en presidenta del país.

 

Las encuestas de intención de voto que favorecían a Donald Trump, incluso desde el período de las elecciones primarias en cada partido, no recibían mayor cobertura, y cualquier analista o partidario del candidato republicano, era objeto de burlas. El propio Barack Obama afirmó categóricamente que Trump no llegaría a la presidencia ni por asomo, que eso no estaba dentro de ninguna previsión racional de los acontecimientos, algo sorprendente, tratándose de un politólogo que debería estar en condiciones de contemplar todos los escenarios posibles, apelando a las herramientas de la Teoría de Juegos (de John von Neumann, y que ha sido adaptada por Mancur Olson y John Nash), tan común y útil en una sociedad caracterizada por el pragmatismo. Según esta teoría, cada acción de un individuo en relación con los otros es un juego, y este un jugador, de manera que la forma de moverse dentro del juego consiste en tener información sobre las ideas, las decisiones y las acciones (jugadas o perfiles estratégicos) que los demás jugadores emprenderán, y utilizarla para obtener mejores resultados. Desde este punto de vista, las elecciones estadounidenses son un juego y para cada jugador o candidato, al menos desde el punto de partida, existen las mismas probabilidades de convertirse en ganador. No obstante, la mayoría de los actores atrás mencionados subestimó los signos, las tendencias que eran evidentes en el sistema político, en la opinión pública en general y en la economía, dando privilegio a las preferencias y expectativas por encima de la realidad.

 

Mientras se prestó atención a temas que solo son coyunturales y hasta triviales, como la forma del discurso de Trump y no su contenido, y lo mismo se aplica para Hillary Clinton, se perdieron de vista tendencias mayores en el resto del mundo, como la rápida urbanización, la difusión de la tecnología y su impacto en el modo de vida de la gente, el creciente poder de los actores no estatales, la inestabilidad en distintas regiones, la expansión de la clase media en las economías emergentes o el advenimiento de nuevas potencias que están disputando al país su liderazgo global. Como sostiene el politólogo David Rothkopf, quien preside la prestigiosa revista Foreign Policy, aquellos en el centro del debate político y de la toma de decisiones en Estados Unidos, padecen una desconexión de la realidad y de los motores que transforman el mundo, y pesan más las discusiones cotidianas que el estudio serio y el debate crítico.

 

El diálogo sobre los verdaderos grandes temas entre think tanks (Estados Unidos es el país con más organizaciones de esta clase en el planeta, alrededor de cuatrocientas), y entre centros de investigación tecnológica, los grupos empresariales y miles de instituciones con los más variados propósitos, es opacado por la atención a las cuestiones superficiales y a las disputas en el Congreso y otros frentes de la estructura de poder, que, como advierte Rothkopf, son solo síntomas que la clase política y la opinión pública tratan como la enfermedad. Entre tanto, China sigue su carrera hacia el predominio global y ya superó en su PIB a Estados Unidos. Gran Bretaña está abandonando la Unión Europea, los países árabes se preparan para reducir la dependencia del petróleo, y el terrorismo es más sofisticado y eficiente en el logro de sus objetivos.

 

La elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, no es realmente una sorpresa y sólo lo es en principio, considerando que las élites políticas y las grandes cadenas de televisión y radiales, y algunos de los periódicos más importantes del país, apoyaban la candidatura de Hillary Clinton. La victoria de Trump puede deberse en gran medida al opaco liderazgo de Clinton, del mismo modo que a la debilidad del actual presidente y al desgaste que genera un segundo mandato para cualquier gobernante y su partido. Obama exhibió una gran habilidad para atraer votos durante dos períodos, y para conseguir donantes y adherentes a sus campañas, pero demostró no tener liderazgo para defender algunas de sus iniciativas más importantes, ni para conservar a sus votantes (Trump obtuvo el 60% de los votos en numerosos condados de Wisconsin, Iowa, Indiana y Pensilvania, justo los mismos lugares en los que Obama se había impuesto con más del 50% en elecciones anteriores) e impulsar a Clinton hacia la Casa Blanca. Incluso en Pensilvania, Carolina del Norte y Florida, en donde Obama  concentró sus últimos esfuerzos, el partido Demócrata sufrió una estrepitosa derrota. Ahora, el partido Republicano recupera la presidencia, el Senado y la Cámara de Representantes, y comienza el reacomodamiento de las estructuras del poder político en Estados Unidos, que en definitiva no implicará cambios tan dramáticos como la opinión pública internacional lo ha anunciado.

 

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