Trump Presidente ¿sorpresivo?

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Por Pedro Piedrahita Bustamante

 

Diferentes medios de comunicación y analistas en todo el mundo catalogaron

 

como sorpresivo el triunfo del Republicano Donald Trump frente a la Demócrata Hillary Clinton el pasado 8 de noviembre. Sobre todo, en América Latina y en Colombia donde, posteriormente, se mostraron preocupados por las implicaciones políticas. Pero lo cierto es que el triunfo no fue para nada sorpresivo, pues cuando analizamos la identidad estadounidense podemos encontrar los elementos que permitieron este triunfo. Me explico:

El imaginario del latinoamericano y, claro, del colombiano sobre lo que son los Estados Unidos, está dado por una sociedad limitada a la costa este y oeste. Es decir, una sociedad costera, liberal, abierta y cosmopolita. Además, este imaginario está muy marcado por la figura del reality show, la televisión y el cine. Incluso, en los últimos años, se ha fortalecido la idea de que el estadounidense también es el inmigrante, en particular el latino. Sin embargo, todo esto resulta siendo una verdad a medias pues las características de la sociedad estadounidense son otras y cuando las entendemos, logramos dimensionar el porqué un personaje como Donald Trump es hoy el presidente de la superpotencia del mundo (en la perspectiva de Zbigniew Brzezinski).

En 2004, el profesor Samuel Huntington publicó el libro Who are We? The Challenges to America`s National Identity en el que describió los rasgos de la identidad estadounidense. En este libro se logra desmitificar dos aseveraciones: primero, que Estados Unidos es una nación de inmigrantes; y, segundo, que la identidad de los estadounidenses se define por una serie de principios políticos (un credo democrático liberal). Frente a estas ideas, afirma Huntington que son verdades parciales pero que a menudo son aceptadas como verdades absolutas y, además, que son identidades parciales. De tal forma, la identidad estadounidense es un asunto complejo, amplio y que se reflejó en los resultados de las elecciones presidenciales de 2016.

Frente al primer rasgo hay que señalar, que no se trata de una nación de inmigrantes sino, sobre todo, de colonos, los cuales tuvieron un rasgo fundamental asociado a una conciencia de propósito colectivo. Estos colonos, se remontan a los siglos XVII y XVIII; eran blancos, británicos y protestantes (hay que decirlo claro: el estadounidense no es católico). Este rasgo se fue ampliando en el siglo XIX cuando empezaron a migrar alemanes, irlandeses y escandinavos. Posteriormente en el siglo XX, inició una fase migratoria de latinos que para mediados de este siglo se da de forma acelerada y empieza a reconfigurar algunos aspectos identitarios. Pero ¿estos inmigrantes logran modificar la identidad estadounidense, la nación?

El segundo rasgo, el credo democrático liberal, tiene un antecedente todavía más profundo y está asociado a la idea del Destino Manifiesto (Dios quiso que Estados Unidos fuera grande) y que se reforzó luego con la doctrina Monroe de “América para los americanos”. Es decir, más allá de los principios democráticos y liberales, el estadounidense cree primero en estas doctrinas. Es importante entender este aspecto, pues a partir de la crisis económica del 2008 y con el asenso al poder de Barack Obama, ese estadounidense blanco, protestante, descendiente de británicos, alemanes, irlandeses o escandinavos, ese estadounidense del destino manifiesto, se pregunta por qué su país hoy no es poderoso, es gobernado por alguien diferente a ellos y, además, por qué su presidente no aparece en la revista Time como el hombre más poderoso del mundo. Todo esto es visto como la antítesis de la identidad estadounidense.

Todo este contexto, permite entender la estrategia de la campaña electoral REAL Donald Trump y que el resultado no fuera para nada sorpresivo. El triunfo de Trump estuvo impulsado por los votos electorales del centro de los Estados Unidos, mientras que Clinton obtuvo los de las costas. Esos ciudadanos del centro, son lo que representan esa identidad estadounidense, a los que no les interesa salir de su tierra, no les importa el mundo más allá de su territorio, pero sí les importa que su país sea grande y poderoso porque así Dios lo quiso.

Mapa con la distribución de votos electorales obtenidos por candidato.

Donald Trump obtuvo la mayoría de votos electorales en el centro de Estados Unidos, mientras que Clinton obtuvo los de la costa oeste y unos cuantos de la costa este. Este centro representa la verdadera identidad estadounidense. 

Ver imagen: http://elpais.com/especiales/2016/elecciones-eeuu/mapa-electoral/

 

Estos rasgos fueron exacerbados constantemente en los discursos de Trump, los cuales estuvieron marcados por la generación de miedos a la población y por la idea de que él llevaría de nuevo a la grandeza a los Estados Unidos. Un discurso dirigido a mover las emociones y preocupaciones del estadounidense, mientras que el discurso de Clinton, mucho más técnico y estructurado, pasaba desapercibido. Trump sostuvo una idea clara: “ley y orden para restaurar la grandeza de Estados Unidos”.

Con todo, Trump asumirá la presidencia el próximo 20 de enero de 2017. Le esperan desafíos enormes en un orden internacional marcado por el desorden y donde actores no estatales amenazan constantemente la estabilidad de los Estados. Llama la atención que en sus mensajes después de la victoria anuncie una especie de “desglobalización”, es decir, una política encaminada a centrarse en los asuntos internos y en desconocer las realidades del mundo contemporáneo. Y, mientras tanto, el presidente ruso, Vladimir Putin, el 30 de noviembre anunció la nueva doctrina de la política exterior de su país, donde establece que los problemas actuales son globales y que Rusia espera tener un incidencia global para mantener la estabilidad en todo el mundo. En otras palabras, con Trump Estados Unidos parece mirarse el ombligo mientras que Rusia tiene una apuesta de Gran Potencia. El 2017 sí será sorpresivo.

 

 

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