La mentira y la posverdad

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Por Juan José García Posada

 

Varias acreditadas publicaciones de espectro internacional han registrado

la adopción del vocablo posverdad por el Diccionario de Oxford. Se trata de un neologismo que, tal como lo dije en artículo reciente, subvierte cualquiera de los conceptos razonables de verdad que se han elaborado a lo largo de la historia del pensamiento. Puede concluirse que la posverdad legitima el uso torticero de la mentira como instrumento de propaganda y acción en la política, el poder y el gobierno, así como también en los medios de comunicación y en las llamadas redes sociales, que a veces parecen antisociales.

 

Se les atribuye a varios autores, entre ellos el sociólogo norteamericano Ralph Keyes, la paternidad de la palabra posverdad y de las correspondientes explicaciones acerca de su significado. Keyes escribió desde 2004 un libro que lleva ese mismo título. La posverdad se forma a partir de las apelaciones a la emoción y a las proyecciones sentimentales de la realidad. De acuerdo con la definición del Oxford, la posverdad “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. En edición de The Economist del mes de septiembre apareció un artículo sobre El arte de mentir, en el cual se explicó la posverdad como práctica instituida en especial por los políticos. Y se hizo referencia a los exabruptos, las mentiras y las exageraciones en los que incurrió el candidato republicano y nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, durante la campaña electoral, en la cual primaron las extravagancias, los eslóganes, el intercambio de diatribas y reclamos de los dos aspirantes a la presidencia, con detrimento muy notorio de la calidad del debate sobre las ideas, las propuestas y las respuestas a las preguntas de los ciudadanos sobre el rumbo del próximo gobierno en el interior y en las relaciones internacionales.

 

Con la irrupción y la propagación desaforada de la posverdad está instituyéndose una absurdidad que amenaza con borrar la idea clásica de verdad con base en la adecuación del entendimiento con la cosa, Adaequatio rei et intellectus. “Decir de lo que es que no es, o que no es lo que es, es lo falso; decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es lo verdadero”, según Aristóteles. Tal concepto, catalogado como esencial con todo y la dialéctica de Hegel, el ejercicio de la sospecha por Marx y Freud y en años más recientes por Gadamer y la hermenéutica, en la práctica está siendo minimizado por estrategas del mercadeo político, mentores de campañas basadas en el poder sugestivo de la imagen y la fuerza avasalladora de la persistencia mediática y candidatos o asesores que han capitalizado la perplejidad generalizada, la crisis de las certezas y la ignorancia de muchísima gente.

 

La posverdad es hoy en día, no nos engañemos, un instrumento que está volviéndose transversal a los proyectos políticos y gubernamentales. Cruza en diversas direcciones. Los unos y los otros manipulan y contrarían la noción primigenia de verdad, la difuminan y la eclipsan hasta hacerla desaparecer, al amparo de una ceguera moral (como la que señala Zygmunt Bauman) y un relativismo valorativo que niegan principios básicos de la ética. Se utiliza la posverdad con tal impudicia que ni siquiera se manifiesta el más mínimo interés en guardar las apariencias. Así se consolida una relación íntima entre la mentira y el poder que la soporta y la mantiene vigente hasta convertirla en expresión posverdadera.

 

La posverdad es un modo eufemístico de nombrar la mentira y la exageración propagandística. Desde los procedimientos nazis y de los diferentes regímenes totalitarios, descritos por Orwell en su célebre y aleccionadora novela 1984, hasta los métodos carentes de escrúpulos empleados por asesores de campañas, la posverdad es el otro nombre de la mentira. Tal vez el único recato que han tenido los mentirosos, embusteros y tramposos de la posverdad ha consistido en disimular la mentira, aparentar que siguen observando una actitud respetuosa ante la verdad y engañar a propios y extraños con sus mendacidades.

 

No es necesario hacer pesquisas para establecer la magnitud del problema, ni elaborar conjeturas ni especulaciones, ni entrar en un análisis detallado de las situaciones que en Colombia están configurando el imperio de la posverdad. En el país nuestro la posverdad pueden manejarla de cualquier lado, sector o facción. La verdad queda oculta, quiero insistir, en el fondo de tantas mentiras, tanto embuste, tantas marrullas y maromas, tanta malicia y tanta mala fe. Y siguen tapándola, aunque de vez en cuando en las tinieblas salten cocuyos y alumbren ráfagas de luz y destellos de veracidad.

 

Así, no sólo son las llamadas redes sociales las que han venido afrontando la condición de antisociales al volverse resumideros de aguas turbias. También desde los centros de poder político y desde los órganos ejecutivo, legislativo y judicial, se profesa la posverdad como un modo de operar habitual, que prueba el grado inquietante de desinstitucionalización, de irrespeto por los ciudadanos, de abuso de la autoridad y de capacidad de obrar con audacia desafiante, en contra de principios y reglas de juego si se quiere elementales. La malicia y la mala fe, la picardía y el manejo desvergonzado de la información tipifican la posverdad como nuevo nombre de la mentira, con la deplorable ayuda de quienes, desde medios de comunicación que subestiman la credibilidad, cohonestan y prolongan la degeneración de la política, el desprecio por el bien común y el envilecimiento de una sociedad que no recibe testimonios edificantes de honradez y decoro de sus dirigentes.

 

 

 

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