El ejercicio de la docencia: ¿vocación, labor, complejo o desvare?

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Por: Giovani Orozco Arbeláez.

Luego de 26 años de docencia universitaria a nivel de pre y postgrado,

de haber recorrido el mundo académico en todos sus niveles como director de programas, decano, vicerrector y rector en varias Instituciones de Educación Superior en nuestro país y especialmente después de acompañar a mi hijo durante su paso por la básica y la media, he recogido alguna experiencia que me permite sacar algunas conclusiones que sólo ese gran maestro que es el calendario y su paso, puede enseñar.  He tenido la fortuna de observar la docencia desde el punto de vista de la administración académica, desde la óptica del colega y compañero, pero también como padre y como evaluador del ejercicio docente.  Después de este largo camino, he descubierto la realidad del ejercicio docente en nuestra sociedad y que de manera muy personal, me permito compartir con todos ustedes; aunque seguramente quedarán algunos grupos por fuera de esta breve categorización, propongo los siguientes, dejando claridad en que el orden no tiene ninguna injerencia en el análisis:

a) El docente por necesidad (o por “desvare”).  Desafortunadamente en nuestro medio y dadas las condiciones sociales y económicas de nuestro país, la docencia se convirtió en una alternativa laboral en momentos difíciles. Frases como “necesito trabajar, así sea de profesor” fueron aprovechadas por las instituciones de educación (de todos los niveles) para la contratación de “docentes taxistas”, los cuales se vinculan un par de horas aquí, otras cuantas horas allá, evitando que haya un verdadero compromiso o tan sólo un conocimiento mínimo de las filosofías institucionales o los planes educativos de cada una de las instituciones donde laboran. Estas personas adicionalmente y de manera muy lógica, abandonan su ejercicio docente tan pronto logran una vinculación laboral estable, con las consecuencias obvias para los estudiantes y la gestión administrativa de la docencia.

b) El docente con vacíos de poder. Sus características típicas van desde la ostentación de sus saberes o títulos, hasta los malos tratos (muchas veces sutiles y casi imperceptibles), las cuales tienen mucho que ver con la imposibilidad de haberse podido ubicar en otros ámbitos del mundo laboral e inclusive la imposibilidad de una adecuada convivencia social o familiar.  Son profesores que antes que impartir conocimientos, saberes o competencias en sus estudiantes, generan temores, angustia, miedos y frustraciones en ellos.  Y lo peor de todo es que ello se plantea dentro del ámbito del “rigor académico”, cuando en realidad lo único que se está buscando es satisfacer un “ego” herido o insatisfecho.

c) El docente “dictador”.  He denominado así a los profesores que se dedican a dictar (literalmente) clase.  Sólo  interesa cumplir con lo establecido en un contenido curricular. No hay ningún aporte adicional en su cátedra  a lo establecido por la institución. Poco importan la formación humana, lo ético, el contexto de la asignatura y sus conexiones con las demás temáticas contempladas en un plan de estudios o con los objetivos de formación.

d) El docente que no es docente. Es aquel que habla de lo que no sabe.  Casos típicos son aquellos profesores que sirven cursos (por ejemplo)  de “emprendimiento”, sin haber nunca desarrollado un proceso de éstos o aquellos que dictan cursos de “investigación” sin tener experiencia alguna en  procesos de producción de conocimiento. Generan en los estudiantes y en las instituciones donde laboran caos académico, pues dejan la sensación que la asignatura que “sirvieron” es un “relleno” y obviamente un enorme vacío en el conocimiento de sus “discípulos”.

e) El maestro.  No tiene estudiantes, tiene discípulos y aprende de ellos. Es ejemplo de vida para quienes tiene en frente cada clase. Tiene claro que debe caminar por delante del grupo, no como indicador de poder sino porque es quien traza el camino. Reconoce sus limitaciones humanas e intelectuales, pero las capitaliza para transmitir nuevas formas de conocimiento. Ve en su grupo, futuros colegas, futuros dirigentes y futuros amigos. Corrige con firmeza y templanza sin recurrir a malos tratos ni a ningún tipo de humillación o burla, pues recuerda permanentemente que también él estuvo en el sitio donde hoy están sus discípulos. Enamora de su temática en  cada clase  a quienes lo escuchan y le ven, porque es él el primer  enamorado. Es cumplidor de todas las obligaciones académicas, normativas institucionales y sociales, sin presumir por ello porque tienen claro que ser honesto es una obligación, no una virtud. La humildad lo acompaña en todas y cada una de las actividades que desarrolla y reconoce en ella la posibilidad de aprender más para poder enseñar más. El reconocimiento que le puedan otorgar sus títulos, su  experiencia profesional o su desempeño laboral, están al servicio de su misión como guía.  Es un ser íntegro y coherente,  que transmite seguridad y confianza sin sacrificar el respeto y la dignidad propias de su cargo.

Finalmente, y sin caer en la tentación de hacer las clásicas comparaciones con países del primer mundo o con las economías emergentes de Asía, es pertinente que las instituciones de educación en nuestro medio hagan una necesaria y urgente  reflexión sobre la clase de docentes, profesores o maestros a quienes se está  encomendando la formación de las futuras generaciones de nuestra sociedad. Y los que hemos ejercido esta digna labor, tenemos una deuda con nosotros mismos, pues los implicados en los escándalos que día a día sacuden a nuestro país han pasado por las aulas universitarias; algo debe estar fallando; algo parece no estar funcionando bien, pues funcionarios públicos de todos los niveles, políticos, dirigentes económicos o industriales estuvieron sentados en las aulas frente a nosotros hace algún tiempo y hoy están en las cárceles o burlándose de la justicia en algún lugar del planeta.  Algo no hicimos bien, algo quedó pendiente o un ejemplo nos hizo falta en clase.

 

 

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