La falsa polarización

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BCPor: Beatriz Eugenia Campillo Vélez

 

El resultado del plebiscito realizado el pasado 2 de octubre,

 

dejó un país un tanto sorprendido ante un resultado que parecía imposible. El triunfo del No a pesar de ser un foto finish era algo altamente improbable después de la gigantesca campaña realizada por el gobierno a favor del Si y la decidida vinculación a esta campaña por parte de una gran mayoría de los medios de comunicación. La palabra “paz” es una palabra talismán que obliga a decirle que sí, por lo que utilizarla como estrategia para vender unos acuerdos era casi garantizar un triunfo; tal vez otro hubiera sido el escenario si de forma realista se hubiera propuesto una reflexión más racional y menos emocional sobre los acuerdos.

 

Bajo la efervescencia del ánimo electoral, y como es bastante común en la política, sectores de lado y lado dijeron mentiras y exageraciones. Algunos prometían un futuro feliz y perfecto si ganaban y una guerra total si perdían. Otros exageraban mucho más los beneficios que recibirían las FARC (como algunos memes que circularon). Por lo que los ciudadanos que pretendíamos poner un toque de seriedad lo más sensato que podíamos hacer era referirnos una y otra vez a los textos propuestos.

 

Así que la primera falacia que hay que desmontar es que los del SÍ hacen parte de un mismo grupo y que los del NO son una unidad. Como lo decía en mi artículo anterior el “todo o la nada” fue lo que generó polarización. Al ofrecer solo dos opciones lo normal es que ese escenario se presentara. Lo que ocurre es que también oculta otras realidades y por ello la polarización es falsa, las razones para votar de una forma o de la otra eran supremamente variopintas.

La segunda falacia responde a una supuesta Guerra Civil. El pasado 2 de octubre tras el plebiscito se respiraba un aire de tranquilidad, la institucionalidad seguía en firme y sencillamente los diferentes sectores empezaron a esgrimir propuestas. Si en Colombia existiera una Guerra civil, muy seguramente el panorama de un resultado tan apretado hubiera dado lugar a enfrentamientos o revueltas tales como las desatadas tras el 9 de abril del 48.

La tercera falacia a desmontar es que hablar de polarización y de una división 50 – 50 en el país, es negar que existe una gran mayoría que con su silencio también alza su voz. En efecto, si no se hubiera modificado el umbral, al bajísimo 13%, los grandes ganadores hubieran sido los abstencionistas. Estamos hablando de un 62,59% que por muy variadas razones no quiso o no pudo asistir a las urnas en un tema tan trascendental. El presidente Santos ha tratado de minimizar la victoria del No, pero lo que realmente debería preocuparle en términos de legitimidad es que la jornada del Plebiscito registró la abstención electoral más alta de los últimos 22 años. En otras palabras, hay una desconexión entre el gobierno y un número muy alto de ciudadanos. Ya es hora de que los políticos se empiecen a preocupar por las personas que sienten cansancio por un sistema que no ofrece las suficientes garantías, que no combate con determinación la corrupción.

Finalmente, y en consonancia con esto último que menciono, hace falta que en Colombia se replantee lo controles que se llevan en la mesa de votaciones, no es posible que al ciudadano le quede la idea de que estamos dependiendo de un resaltador como sistema de verificación. Algo de tranquilidad daba cuando se firmaba, se ponía huella, y se utilizaba la tinta para marcar el dedo índice. Al menos si alguien quería hacer un reconteo era posible verificar si realmente la persona se había presentado o no a la mesa. En la actualidad se parte de la buena fe de que el jurado verifique que usted si sea el que aparezca en la foto de la cédula, y toca rezar que no se equivoque al resaltar el número de la cédula en la planilla. Vale la pena preguntarse si el sistema mejoró porque detecta los fraudes, o creemos que al no existir noticias mejoró, cuando en realidad pudo haber adoptado el sistema de “dejar hacer, dejar pasar”.

 

Apostilla:

1.    Quisiera hacer eco de las sabias palabras de Juan Gossaín dedicadas a los medios de comunicación “ni Uribistas, ni Santistas, ¡periodistas!”. Sería interesante que en Colombia se hiciera una evaluación ética sobre ciertos formatos donde el periodista no solo toma partido, sino que asume el rol de Juez. Dar una entrevista pareciera que significa comparecer ante un tribunal inquisidor, donde al invitado se le acorrala, se le ridiculiza, se le tergiversa o manipula sus palabras. El papel de los medios de comunicación es de vital importancia en una democracia, pero la verdad a veces como invitado se piensa dos veces antes de someterse a una entrevista, en algunos casos “cualquier cosa que se diga puede ser usada en su contra”, es lamentable que la mejor defensa en ocasiones sea ejercer el derecho a guardar silencio.

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