Es la hora del desarme verbal

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Por Juan José García Posada

 

Hasta personas que han solido aplicar la racionalidad ilustrada como forma de vida

 

 han caído en la tentación de apasionarse hasta el encarnizamiento y repartir agravios a troche y moche por Facebook y Twitter. Se transforman del mismo modo que se desdoblan ciertos fanáticos del fútbol cuando en el estadio se integran a las manadas de las barras bravas y se despojan de la apariencia de ciudadanos amigables. Las llamadas redes sociales han venido convirtiéndose en forma acelerada en redes antisociales. Esta afirmación la hice en reciente artículo para el Observatorio. No comparto la idea de establecer un régimen de restricciones al uso de tales plataformas que han revolucionado las oportunidades de expresión para la gente. El problema ético es de marca mayor: Comporta una exhortación constante, persistente, a los usuarios, para que actúen de modo respetuoso y comprendan que la libertad de opinión y difusión del pensamiento tiene límites éticos, jurídicos y de sentido común. Educar para el uso de la internet es una estrategia todavía frágil e incipiente, en países como el nuestro.

 

El tema cobra actualidad en los días que transcurren, con motivo del reciente plebiscito, del 2 de octubre, y la agudización de la controversia entre partidarios del Sí y el No, que ha llegado hasta extremos inaceptables de agresión a los contrarios. Agresión verbal, que podría ser física si no fuera por la mediación de la red y la llamada virtualidad. “En la política tendrás que vértelas con todos los demonios”, dice un respetado profesor. Esos demonios amenazan con adueñarse de espíritus tranquilos que convierten en sujetos irreconocibles, abominables, como está sucediendo, por tremenda desgracia, en estos días de crispación general.

 

Hemos venido presenciando (y en algunos casos tal vez hasta alentando, sin proponérnoslo) un enfrentamiento inútil, estéril pero muy nocivo, muy destructivo, entre amigos e incluso entre miembros de las propias familias. La intransigencia, el apasionamiento en la defensa de ideas y protagonistas o de posiciones particulares, han empujado a situaciones de discordia tan lamentables como absurdas. Sería más optimista sobre el curso que seguirán los acontecimientos políticos en mi país, si no fuera por ese contrasentido del desplazamiento del conflicto a la sociedad, a los grupos de amigos y colegas y a las familias. Los demonios como que están siendo conjurados por los protagonistas más renombrados de los enfrentamientos, pero están migrando en forma alarmante a los lugares que deberían ser de encuentro para los ciudadanos.

 

Como si no les valiera comprobar que después del plebiscito del 2 de octubre, de las reuniones entre Santos, Pastrana, Uribe, Marta Lucía y demás líderes, del Nobel de Paz al Presidente de nuestro país (así sea luz de la calle y oscuridad de la casa) y de la declaración conjunta de los negociadores de La Habana, se ha formado un clima que propicia el ejercicio dialéctico, la posibilidad de que se aproveche la capacidad recíproca de argumentación, la bondad de aproximar opuestos a partir de mínimos, que no de máximos irrealizables por utópicos. ¿Pero qué tipo de responsabilidad les corresponde al Estado y a las llamadas comunidades educativas? ¿Se ha hecho algo por evitar la controversia incivil, la agresión verbal y la creación de un clima de discordia que nada tiene que ver con la paz y desdice de quienes la defienden? En la educación es probable que estén haciéndose esfuerzos importantes para inculcar normas de tolerancia y respeto a las ideas contrarias. Pero el Estado ha seguido abandonando su función pedagógica. El solo ejemplo deplorable de la Ministra de Educación, que decidió marginarse de su cargo para dedicarse a hacerle campaña a la propuesta gubernamental y apoyar la invitación a votar por el Sí, es demostrativo de la ausencia de ese compromiso pedagógico en el Ejecutivo. Ni el primer mandatario, ni sus colaboradores inmediatos, en primer término la persona competente para regir los destinos de la educación, han contribuido a que el conflicto no se propague y no se acentúe y a que los acuerdos de paz no se conviertan en dinamizadores de la división entre los colombianos. No han enseñado el lenguaje de la paz. Y la paz empieza con las palabras y con la proscripción del discurso de odio, en el que es preciso enfatizar.

 

A tales sucesos (es decir a los encuentros entre los orientadores del No y el Gobierno), tan reconfortantes que uno se resiste a creer que sean ciertos (tan acostumbrados como nos mantenemos a las malas noticias), se agrega la tónica general de las marchas estudiantiles, que ojalá se mantengan incontaminadas y no las manipulen los tradicionales pescadores en río revuelto, instigadores irresponsables de todas las facciones.

 

Del escepticismo habitual podría uno pasar al realismo con toque optimista, si no fuera porque aparecen extraños epígonos de la tradición malhadada de los viejos odios. Sorprende que haya amigos y jóvenes que tal vez no saben lo que fue la época terrorífica de la violencia en pueblos y aldeas, los estragos que ocasionaron los enfrentamientos marcados por el sectarismo de liberales y conservadores, para hablar de lo menos reciente y lo más olvidado. Cada frase hiriente, cada trino desafiante, cada meme insultante que se pongan en la red son partículas de leña que se lanzan a la hoguera. Si no hay decisión y voluntad de desarmar las palabras, de proscribir el lenguaje de odio, no nos hagamos ilusiones con una paz… ajena y lejana.

 

(Este artículo es una ampliación de la columna Teclado publicada con el mismo título en El Colombiano el 10 de octubre de 2016).

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