Paradojas del poder y la estabilidad

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JDGRPor: Juan David García Ramírez

En cualquier latitud, el poder es el mismo y todas las fuerzas

 

 

 compiten por acceder a él. Es una realidad inescapable, que define el curso de la vida social y genera todo tipo de interacciones entre las personas. Sea de tipo político, económico, social o religioso, el poder se manifiesta en todo tiempo y lugar. El contexto, sin embargo, será siempre diferente, y entenderlo es decisivo para comprender por qué hay sociedades más proclives a la violencia que otras, o por qué algunos países logran construir un camino permanente y estable hacia la estabilidad política y la prosperidad económica, y otros fracasan.

Los espacios mediáticos, académicos e, incluso, los de decisión política, padecen con frecuencia una dificultad para asimilar e interpretar los cambios que ocurren cada día. Tal es el caso de la campaña para las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en donde Donald Trump y Hillary Clinton, de los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente, compiten por el relevo de Barack Obama en el poder. Más allá de las declaraciones ante la opinión pública, de los debates para intercambiar posiciones, de las propuestas y programas de gobierno y del discurso que utilizan para conquistar a las mayorías, el país no va a dar un giro radical o sustancial en los aspectos fundamentales del sistema político, el modelo económico o la conducción de la política exterior, gane quien gane las elecciones.

La rivalidad y las discrepancias ideológicas existentes entre ellos, no son superiores a la multiplicidad y complejidad de intereses que rigen la realidad de la superpotencia, tanto adentro como en sus relaciones con el resto del mundo. De imponerse Donald Trump o Hillary Clinton, China seguirá existiendo y mantendrá su vertiginosa carrera por el liderazgo global, mientras que Rusia mantendrá el pulso con Occidente, sin importar quién sea el presidente de los Estados Unidos. Entre tanto, el irreversible Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea terminará entrando en vigencia y la integración comercial transatlántica será más profunda de lo que es hoy en día, de igual modo que el Acuerdo de Asociación Transpacífica, con los países de la región de Asia Pacífico, es ya un hecho, tanto si a Trump o a Clinton les parece beneficiosa, como si la consideran perjudicial. A esa situación en la que la realidad no está sujeta al control o el arbitrio de un gobernante o partido, podemos llamarla estabilidad, y esa es la cualidad que caracteriza a las sociedades abiertas y democráticas del mundo. Así pues, los factores reales de poder en Estados Unidos, como el complejo militar industrial, las grandes empresas con cuantiosísimas inversiones en China, India, Japón y Europa, los intereses partidistas o el conglomerado mediático, actúan como mejores armonizadores del sistema político y económico que el arbitrio de los líderes.

Al contrario, en América Latina, África o el Medio Oriente, estamos habituados a las transformaciones abruptas que causa la disputa por el poder, siempre expuesta al riesgo de la confrontación violenta. Haya democracia o autoritarismo, no se consigue la estabilidad en las instituciones ni en las reglas de juego, y la sociedad sufre los constantes atropellos de los gobernantes y del crimen organizado, de igual forma que los derechos y libertades pasan a un segundo plano. Solo basta con mirar hacia Venezuela, Brasil, México o Colombia, países siempre sometidos a la inestabilidad política y la debilidad de sus instituciones, por la capacidad destructora de organizaciones criminales orientadas a la revolución, como las FARC y el ELN, o los carteles mexicanos de la droga, que seguirán planteando graves desafíos al Estado democrático y a las libertades de los ciudadanos. 

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