Cuando las redes son antisociales

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Por Juan José García Posada

 

Es evidente que las redes sociales, en especial Facebook y Twitter

que son las más populares, indican proclividad a convertirse en antisociales por las arremetidas de ácratas y anarquistas que no reconocen límites éticos ni jurídicos y abusan de la liberalidad con que pueden generar contenidos para cometer infracciones contra la dignidad de las personas, el derecho a la intimidad y otras prerrogativas consagradas en los diversos ordenamientos legales.

 

Cada día se conocen informaciones inquietantes sobre el uso engañoso y fraudulento de falsas identidades, la acción de timadores que asaltan la buena fe de usuarios incautos, la difusión de fotografías y videos captados mediante procedimientos ilícitos, la pornografía con lesión moral para menores, adolescentes y jóvenes, la calumnia y la injuria amparadas en el anonimato y la excesiva laxitud de los medios que las facilitan, la manipulación política de electores mal informados y un largo etcétera de violaciones.

 

Pero cuantas veces se han propuesto restricciones al empleo de tales redes, con el ánimo de asegurar un clima de tolerancia y convivencia en ese espacio público de comunicación, la eficacia de las disposiciones que puedan adoptarse queda en cuestión, a menos que se trate de la imposición de un régimen severo de corte totalitario, como en efecto sucede en países como China y Cuba, donde la internet no está abierta por completo y la censura es aceptada como norma corriente.

 

Mientras avanza un debate que parece interminable sobre las limitaciones de carácter legal que puedan aplicarse, es preciso invocar criterios y normas de ética de validez universal, con la condición, por supuesto, de que la salvaguarda de la eticidad puede mantenerse en el ámbito etéreo de la eficacia simbólica.

 

Hace algunos días me correspondió de nuevo dictar el curso de Ética en la Red para los alumnos de la Especialización en Seguridad Informática de la Universidad, en Bogotá. Al comienzo volví a sentir la misma aprensión que me asaltó en las dos cohortes anteriores, porque era posible que no alcanzáramos a comprendernos en un mismo lenguaje los ingenieros matriculados en el programa y un profesor acostumbrado a escribir y hablar para comunicadores y gente de la calle. Como ejercicio final hemos convenido la reflexión sobre un posible conjunto de normas mínimas de ética de espectro universal.

 

El trabajo se respalda en siete presupuestos que podrían servir de bases para ese cuerpo normativo, entre ellos el respeto a la vida y la dignidad humana, el reconocimiento de la diferencia y la pluralidad en el ciberespacio, la defensa del idioma como expresión de lo que somos, la proscripción del discurso del odio, el testimonio de convivialidad en los contenidos que se elaboren y se difundan por las redes, el compromiso con la paz y la armonía en la relación altruista con los demás y con el ecosistema y la contribución a un diálogo entre la cultura real y la virtual.

 

Con todo, ninguna normatividad ética superará el ámbito de lo virtual e ilusorio si no se parte de la formulación de pactos, acuerdos, tratados y demás instrumentos internacionales, nacionales y locales que pongan como propósito capital la educación para el conocimiento y la utilización adecuada de los instrumentos informáticos y ciberespaciales y en particular de las llamadas redes sociales, con la participación de todos los estamentos de la comunidad educativa. Esto comporta una interpelación a los gobiernos y a los organismos internacionales para que prueben los propósitos éticos mediante resolución y voluntad política y la disposición de todos los recursos humanos, materiales y económicos, de tal modo que puedan conjurarse las graves amenazas de envilecer las redes sociales hasta volverlas inhumanas y antisociales.

 

 

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