… En surcos de dolores, el bien germina ya.

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CJ

Por: Catherine Jaillier Castrillón

El 20 de Julio es día de fiesta en Colombia, pero entre tantos lunes festivos

 



 

por momentos se olvida cuál es el motivo de cada “puente”. Al menos el diseño de Google hizo memoria de nuestro tricolor y la orquídea que nos caracteriza.

Las nuevas generaciones no distinguen mucho si es por fiesta religiosa o bien por algo patriótico. La memoria se va perdiendo porque no se celebra. Olvidamos la importancia de la celebración y de la fiesta. Los lunes festivos son uno más de descanso dentro de un calendario y una agenda apretada.

Los nombres de los puentes o de las calles, son sólo nombres y si no les enseñamos a las nuevas generaciones quiénes eran, o qué ocurrió, o qué se conmemora, en unos años la historia de los colombianos será sólo la que vean recreadas por la televisión o las películas de narco-novelas. Hasta la feria de flores va dejando su sentido para convertirse en un negocio.

Nuestros campesinos no son “modelos publicitarios” de marketing de ciudad, ni son un adorno más o una decoración temática para una marca de moda. La cultura, el folklore, la tradición cultural, la memoria histórica es cada vez más olvidada y convertida en parte de un sistema de mercado.

Es interesante ver cómo en Ecuador y en Bolivia, por ejemplo, se recibió al Papa Francisco en su visita con lo propio de estas raíces y diversidad étnica. Música, instrumentos, trajes, dialectos, ofrendas de lo que son y de lo que no han perdido con el tiempo. Su unidad con el mundo hace parte de la sabiduría de los pueblos y sus orígenes. Sus rostros daban testimonio de su esencia.

Nuestra identidad mestiza, zamba, indígena, negra, caucásica, debería mostrarse con orgullo y humildad. Suena contradictorio, pero se requieren estas dos cualidades: sentirse orgulloso de ser colombiano, no es imponerse, ser prepotentes y creernos más que otros países de América Latina. Y vivir con humildad, para poder conocer quiénes somos, nuestras luces y sombras. Nuestra historia de sangre y de trabajo, de lucha y de solidaridad. No somos el estereotipo de mujer que tanta polémica despertó en los medios la parodia de una humorista chilena al referirse a la Colombiana que ofrece “café con malicia” (una bolsa de cocaína). La mujer tradicional Colombiana es trabajadora humilde e incansable: chapoleras, barequeras, costureras, obreras, mujeres que desde temprano recibían el día unidas a Dios y con el ánimo y las fuerzas para levantar la familia y los hijos.

Pero los hijos de los hijos, fueron creciendo sin memoria. Fueron cambiando su estilo de vida y muchos de ellos prefirieron educarse para salir del país. Ahora son Colombianos inmigrantes, que cantan el Himno, pero no saben quién lo escribió; se ponen la camiseta tricolor, sin saber el sentido de cada franja; gritan y salen a las plazas para encontrarse con la comunidad colombiana un veinte de Julio, y no se sabe nada sobre la Independencia y menos sobre “los diálogos de paz”. Creo que “educamos” unas generaciones para que huyeran del país y dejaran envejecer solos a los padres y abuelos. Uno que otro “giro o platica” y una llamada por Skype, no sustituye el amor expresado en abrazos y besos.

Los Hijos de los hijos no saben la lengua, ni encuentran sentido a las palabras y a la riqueza del castellano; se han perdido los refranes, los cánticos y las recitaciones que generaban raíces e identidad. La escuela creyó que era más importante la tecnología que la poesía colombiana; pensó que era más necesario que supieran inglés a un buen castellano; pensó que era más valioso que supieran mucho conocimiento y nada de costura, artesanía y manualidades o música. La dimensión del valor de la autenticidad, la sustituimos por la competitividad internacional.

Nosotros, cuando celebramos un día patrio si se mueve una que otra bandera de algún edificio residencial es gracias al portero que se acordó. Tal vez, sólo aparece el sentimiento patriótico en los partidos de fútbol. ¡Clamamos independencia y no sabemos de qué!

Que esta breve reflexión sea otro “grito” no de independencia sino de conciencia de nuestro ser como ciudadanos colombianos.

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