Ética en las redes sociales: un llamado a la responsabilidad

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BCPor: Beatriz Eugenia Campillo Vélez



Las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos en el mundo,

tanto en el virtual como en el real. Este fenómeno ha entrado con tal fuerza que ha logrado cambiar el comportamiento de los cibernautas, quienes suelen hacer sus consultas, visitar páginas, recomendar contenidos y compartir los propios a través de estas plataformas. Al mismo tiempo observamos cómo el mundo real busca expandirse en el virtual, se ofrecen todo tipo de bienes y servicios, se impulsan marcas, se hacen campañas políticas, se promocionan “causas” o se les da apoyo, al punto que prácticamente no existe hoy ninguna organización que no busque de alguna manera hacerse visible en estas redes. Y si hablamos de los individuos, podemos afirmar que directa o indirectamente todos estamos involucrados, bien sea porque de forma libre alguien decida crear un perfil en una red social (lo que va en aumento), o porque sencillamente otro comparta una fotografía, un video o un comentario donde aparezcamos. El fenómeno es de tal magnitud que si usted ha logrado escapar a las situaciones antes mencionadas, seguramente habrá notado que las conversaciones cada vez más giran en torno al video que se hizo viral, al meme mordaz o muy creativo que leímos, al estado que alguien acaba de publicar donde informa como se siente, la relación que acaba de iniciar o terminar, su opinión sobre algún tema, etc. Una tendencia que cada vez más impacta los medios tradicionales como la radio, la prensa o la televisión donde no solo se le permite al público interactuar, sino que los mismos contenidos, incluso de los noticieros, abren espacio a memes, videos y twitters.

 

En suma, vivimos en lo que algunos llaman una “realidad aumentada”, un nuevo panorama que necesita cada vez más lecturas éticas, pues aunque la división real/virtual es de alguna manera artificial, pues se supone que seguimos siendo los mismos, los mismos que nos encontramos físicamente, personalmente en una cafetería y los mismos que chateamos en la virtualidad. Parece que cuando la comunicación está medida por un dispositivo tecnológico (computador, celular o tablet), nos damos ciertas licencias que en el mundo del contacto físico real no se nos ocurrirían. De allí que la responsabilidad que encarnan los actos virtuales a veces se evalúan de forma distinta, tal vez con menos importancia, que los que se ejecutan en la realidad, pues pareciera que en lo virtual todo es posible.

 

Ha cambiado tanto nuestra perspectiva que experimentamos que el internet abrió esa nueva dimensión, que en ocasiones se manifiesta casi en una suerte de vida paralela, donde nos permitimos otro tipo de expresiones que en la real sería casi imposibles de llevar a cabo.

 

Tal vez una de las redes sociales que mejor lo manifiesta sea “second life”, una segunda vida donde las personas pueden diseñar su avatar (un segundo yo), comprar atributos físicos, ir de compras, crear empresas, hacer marchas, viajar, crear países, y un largo etc. Una lógica que se acerca bastante a los juegos de rol, por lo que hace perder aun más la noción de realidad real, pues finalmente se construye un personaje que de alguna manera refleja más lo que la persona quisiera ser y no tanto lo que es. La misma imagen y posibilidad de autodiseño acerca más a un pensamiento transhumanista, de androides y cyborg’s.

 

Por el contrario, y a pesar de existir también quienes crean perfiles falsos, las redes sociales como Facebook, Instagram, LinkedIn y Twitter, por citar algunas, mezclan aun más la realidad real, la gente sube allí sus fotos, etiqueta a personas reales, suele invitar a eventos reales donde se puede ir físicamente y se discute sobre problemas reales. Sin embargo la paradoja es que en el fondo conservamos nuestra realidad real sin mayores cambios.

 

Recientemente ha circulado en internet un video donde se muestra un experimento en el que se puede ver como una persona se pasea por las calles y se acerca a los demás haciéndoles solicitud de amistad, gritando “me gusta”, opinando de cualquier conversación que escucha, en otras palabras trasladando a la realidad real aquellos comportamientos típicos que todos hemos tenido en una red social como lo es Facebook, Twitter, o Instagram. Lo curioso del experimento es que mientras en esas redes sociales hay casi una competencia por tener más “amigos”, “seguidores” o “fans”, mientras que buscamos que las diversas publicaciones sean comentadas, “compartidas”, “retwitiadas”, valoradas con un “me gusta” o un “favorito”, y en el mejor de los casos generar “tendencia”, la verdad es que cuando llevamos el comportamiento a la realidad real aparece una esfera que es fundamental para las personas, su intimidad. De allí que la reacción de las personas en la calle no fue la mejor ante este experimento, se miraban raro, se sentían incómodos, de alguna forma veían invadido su espacio porque no hay confianza.

 

La misma actitud aparece cuando uno desprevenidamente le hace la pregunta a alguien sobre qué pensaría si un policía se acerca a su casa y le exige información sobre su último viaje, o que le muestre su agenda con el fin de saber las actividades que desarrollará en el día. La reacción general, incluso en los más jóvenes, es sentirse violentados, y aunque se trate de una autoridad, siempre alegan que le exigirían una orden judicial para realizar el allanamiento. Así mismo les cambia la cara cuando uno les revela que el policía ya no tiene que ir a la casa porque usted mismo se ha encargado de darle toda la información, incluso ampliada, porque en la fotografía ha etiquetado a las personas que aparecen allí, y si alguien da clic sobre sus nombres perfectamente puede conocer el perfil de ese otro, quien seguramente ha registrado más fotos, pero además ha dicho que estudió, dónde trabaja, dónde vive, y un largo etcétera, que va desde sus gustos por el consumo de algunos productos, pasando por sus preferencias políticas, económicas, religiosas, deportivas, artísticas, y llegando a lo más íntimo sus relaciones sentimentales, estados de ánimo, entre otros.

 

Pareciera que regla general no nos percatamos de algo que salta a la vista, estamos haciendo de nuestra privacidad un espectáculo y sin darnos cuenta alimentamos las bases de datos y hasta facilitamos labores de inteligencia, que por cierto, no solo adelantan las autoridades estatales, por lo que el peligro que se corre es grande. Además en nuestras más grandes dificultades seguimos contando con las mismas personas, no nos acercamos más a otros solo por tenerlos allí registrados como “amigos”, por lo que seguimos preguntándonos ¿por qué lo hacemos?

 

Ahora bien, ¿estamos más conectados con el mundo? Ya se alzan voces denunciando la actitud pasiva en la que nos hemos sumido, creemos que cambiamos el mundo porque dimos “me gusta”, “compartimos” una noticia, o firmamos una causa en plataformas como CitizenGO. Pero valdría la pena preguntarse la efectividad de estos medios para alcanzar transformaciones reales en el mundo real y si tal vez no estamos formando una generación de activistas altamente pasivos. Hablamos por ejemplo de campañas políticas exitosísimas en redes que después no se reflejan en las urnas, eventos de una gran convocatoria que contrastan con auditorios vacios, negocios muy publicitados con pocos compradores. Lo que podría relativizar la contundencia y por tanto la responsabilidad de quien da un “me gusta”.

 

Sin embargo no pasa lo mismo en todos los escenarios, como lo expresa el P.Guillermo Zuleta, “internet suscita nuevos planteamientos éticos que hasta ahora no se han debatido o se han debatido muy poco, ya que en ella – aunque se trata de una realidad totalmente creada y diseñada por seres humanos- tiene que evidenciarse de forma nueva el carácter inevitable de la pregunta por el bien y el mal”.

 

Violaciones a la intimidad, el ciberbullying, la violación al derecho al buen nombre y a la honra, por citar apenas algunos casos, son situaciones que merecen reflexión. ¿Que tanta responsabilidad tengo cuando doy un “me gusta” o un “compartir”?, ¿estoy seguro que la información es verídica?, ¿estoy afectando a alguien?, ¿el tema del cual posteo puede ser público o es confidencial?, ¿soy consciente de que directa o indirectamente le estoy enviando esa información a mis contactos?, ¿Qué tanto habla de mi, y de mi forma de ver el mundo?

 

Ante este fenómeno es necesario hacer un llamado a la ética, a la responsabilidad, a no olvidar que cuando nos expresamos por los medios virtuales también estamos hablando de quienes somos, estamos mostrando cómo valoramos al otro, un otro que también es real, que es una persona de carne y hueso, y que así como se alegra, se emociona cuando recibe un buen mensaje, también puede sentirse perseguido, señalado, violentado o acosado, especialmente cuando se hace de forma pública en estas redes. Eso sin contar que no son pocos los casos de personas que han perdido su empleo, o no han podido conseguir alguno justamente por su falta de cuidado en estos espacios que consideran son personales y creen estar desprovistos de valoraciones éticas, lo cual no es cierto.

 

De allí que no se pueda afirmar a la ligera, como algunos lo hacen, que por esos medios “no se reflexiona”, y que simplemente son para “compartir”. Ese “compartir” y la forma en la que se hace también debe llevar consigo la reflexión. Con mayor razón cuando en redes sociales nos encontramos padres e hijos, docentes y estudiantes, gobernantes y ciudadanos, jefes y empleados, en otras palabras, cuando en las redes tenemos la oportunidad de encontrarnos en plan de igualdad con aquellos que socialmente tienen (o deben tener) autoridad y por ello estas personas deberían hacer gala de la coherencia, so pena de perder en el mundo real la admiración y el respeto de aquellos que en muchos ámbitos tienen a cargo.

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