La educación superior, un estatus en declive

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Por Juan José García Posada

El estatus de la educación superior está en virtual declive en el mundo de la cultura.

Si las condiciones actuales se acentúan o persisten, en el mediano plazo pasará a homologarse con el nivel medio.

La formación de una nueva clase, la de los investigadores, científicos y posgraduados puede advertirse como una amenaza, en la medida en que las universidades reduzcan su nivel de atención en los pregrados. Al mismo tiempo, la tendencia a consolidar las carreras técnicas y equipararlas a las tradicionales puede incidir de modo negativo en la calidad de la formación profesional, así influya, como están previéndolo los gobiernos latinoamericanos, en la ampliación de la cobertura.

Si no se verifica un equilibrio entre calidad educativa y cantidad de estudiantes matriculados en pregrado, el resultado ha de ser una suerte de falso positivo si en Colombia, por ejemplo, parece inminente la incorporación de 400.000 nuevos alumnos a la todavía llamada educación superior, gracias a los contingentes de técnicos, tecnólogos y aprendices que el Sena está en capacidad de aportar. El Sena se ha tenido como un modelo en ese nivel, gracias a la vigencia del convenio tripartito que le dio vida a la institución a mediados del decenio de los 50. Para el gobierno actual, es la Joya de la Corona. No sólo porque ha permitido el fortalecimiento de la mano de obra calificada para el sector empresarial, sino, en circunstancias de apremio por elevar el puntaje en los ránquines internacionales, porque va a aumentar como por ensalmo la cantidad de jóvenes inscritos en la naciente institución de educación superior, como ha querido catalogársele en los años recientes.

La inclusión es una preocupación obsesiva de los gobiernos y el sector educativo. En el catálogo de 130 propuestas y conclusiones de los rectores colombianos agrupados por el Sistema de Educación Superior figura en capítulo relevante. Sin embargo, queda por establecer si una inclusión sólo cuantitativa ha de corresponder en efecto a los propósitos y acuerdos multilaterales que definen ese, la inclusión, como uno de los objetivos primordiales de los Estados Americanos. Esa clase media que asciende hacia la superior puede representar, no tanto como una ventaja, un peso gravoso para la actual educación superior centrada en la formación profesional de pregrado.

Y mientras se efectúa ese ascenso, que ha de ser en breve término, es notorio el malestar en no pocas universidades europeas y del continente latinoamericano por el impacto negativo del Acuerdo de Bolonia sobre la calidad y la eficiencia de los programas de pregrado y la valoración de la actividad docente, ante los gobiernos y ante la sociedad en general.

Los profesores están reduciendo su prestancia y cada vez se les confunde más con administradores de servicios educativos. En países como el nuestro ya no es extraña esa percepción, acusada en países europeos, como consta en diversos estudios. Está volviéndose corriente: Los trámites, el formatismo y otras aplicaciones superfluas que están de moda y por su complejidad innecesaria desvirtúan la pertinencia de los procesos de calidad, pueden distraer a los docentes de las tareas de estudio y actualización para orientar sus programas y atender en forma debida a los alumnos, que se identifican más por sus números de registro que por sus nombres, competencias y capacidades, aptitudes y actitudes y demás condiciones personales que, por tradición, han sido atendidas por las universidades coherentes con el concepto esencial del humanismo. El discipulado, la relación entre maestro y discípulo, está pasando a ser una figura legendaria.

Los sistemas, el sistema, han entronizado una nueva autoridad implacable, que determina, con todo y la bondad de intención de directivos, docentes y alumnos, quién es quién y qué es qué en las instituciones universitarias. No son escasas las situaciones absurdas que ponen en duda la eficacia real de los propósitos universitarios y muy en particular el interés por cualificar la docencia: El sistema, en su frialdad y su rigor casi inapelable, asume decisiones contrarias a las que toma la alta dirección, como cuando un profesor de trayectoria y merecimientos resulta eliminado de la programación de un semestre por determinación arbitraria del sistema informático.

La dualidad entre vocación humanista y capricho tecnocrático deja la filosofía de la educación superior en unas condiciones de inferioridad inaceptables. Es otro de los factores que influyen en el declive del estatus. Pero además de esas contingencias que al fin y al cabo son superables, una de las amenazas más contundentes contra la formación universitaria en pregrado y la dignificación del trabajo docente está en el surgimiento y la instalación de la ya mencionada nueva casta de investigadores y científicos. No es poco frecuente que en las universidades se manifieste inconformidad por esa forma de trato discriminatorio, sobre todo cuando no se acredita una producción científica e investigativa y parece como si fuera suficiente la asignación de un número de registro de investigador y de una determinada carga en la programación de horarios por semestre, para exonerarse del deber de contribuir con el trabajo al enriquecimiento de los respectivos pregrados. Se libran de ese riesgo las universidades que se resisten a la tentación de hacer a un lado la docencia para concentrarse en la investigación. Tal es el caso de la Universidad Pontificia Bolivariana, donde, es importante decirlo, la formación superior se sostiene pese a las amenazas externas y el profesor es valorado por su trayectoria y sus méritos. Docencia con investigación, mas no investigación con una cierta dosis de docencia. Que se investigue y se explore en busca de innovación y se prueban resultados ciertos, no sólo proyectos en abstracto, es un deber obvio que no pueden soslayar las instituciones universitarias, pero que de ningún modo tiene por qué forzar la subestimación de la docencia como fin tradicional e histórico de la institución universitaria o la frustración de una generación de estudiantes a los que se han creado grandes expectativas sobre el destino de las carreras que han escogido en virtud de su motivación vocacional.

La docencia tiene que seguir siendo fundamental en el posgrado, claro está, pero muy en especial en el pregrado y en la amplia y compleja conjunción holística de los saberes necesarios para los profesionales que van a generar cambios en la sociedad e impulsar transformaciones dirigidas al bien común.

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