La ilusión de la paz

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JDGRPor: Juan David García Ramírez

En la política conviven dos formas opuestas de percibir la realidad: una racional y otra emocional.

La primera asume que los hechos, sus causas y consecuencias, deben aceptarse en la forma en que se presentan al observador, y propone alternativas para adaptarse a ellos. La segunda discute con los hechos, intenta ajustarlos a los deseos del observador y le entrega una versión deformada. En el ámbito político, la racionalidad no tiene muchos adherentes entre la ciudadanía y la opinión pública. En cambio, el discurso, cargado de retórica y efervescencia, conmueve a las masas, agita sus corazones y les hace olvidar la realidad. En definitiva, es exitoso.
En el discurso dominante del Gobierno Nacional y, en general, en la campaña por la presidencia de la República, la paz está a la vuelta de la esquina, solo faltan dos pasos para alcanzar la utopía. Nada puede impedir que se llegue a ella, ni siquiera la reflexión, el debate serio sobre las consecuencias prácticas de un acuerdo con las FARC o el ELN, o la realidad misma. ¿Y cuál es esa realidad? La del mundo contemporáneo y la de la Historia. En distintos espacios de discusión política y académica, se defiende la excepcionalidad del conflicto colombiano, como si fuera un planeta habitado por seres extraños. Los más audaces han afirmado que es el más antiguo y prolongado del mundo. Eso equivale a sostener que la violencia no es inherente a la naturaleza humana, sino únicamente a la sociedad colombiana.
Sin embargo, el escenario internacional ofrece otra perspectiva. El fin de la Guerra Fría dejó una herencia de numerosos conflictos interestatales e intraestatales alrededor del mundo. De acuerdo con el Barómetro del Conflicto 2012, elaborado por el Instituto Heidelberg para la Investigación del Conflicto Internacional, actualmente hay 396 conflictos activos. Algunos son disputas territoriales; otros, por el acceso a recursos; otros, en razón de la ideología o el sistema político. Como el colombiano se encuentran alrededor de 25 conflictos, calificados como guerras limitadas de carácter intraestatal o internas, que se extienden por América, África, Medio Oriente y el Sudeste asiático. Afganistán, Sudán del Sur, Siria, Pakistán, Israel, México, Libia o Sri Lanka, solo son los casos más reconocidos. Muchos conflictos han terminado, otros se han reactivado y el resto persisten y continuarán por varios decenios más. De manera que hay una gran distancia entre el discurso y la realidad, y el realismo político nos da la clave para comprender el mundo como es, no como creemos que debería ser: la sociedad, al igual que el ser humano, es esencialmente conflictiva, y en las relaciones internacionales predomina la oposición de intereses sobre la necesidad de cooperación o entendimiento. En el caso de Colombia, el conflicto solo va a transformarse, cambiará de actores. En algún punto del camino, las FARC dejarán las armas y encontrarán satisfechas sus pretensiones de poder, pero surgirán otros grupos similares, que plantearán nuevas amenazas al sistema político y buscarán destruir el Estado. No se trata de suposiciones infundadas, esa es la experiencia histórica de Colombia y la de muchos estados que se han creado expectativas frente a las organizaciones criminales con las que deciden negociar. En síntesis, la paz como absoluto, en la forma de un resurgir vibrante de la sociedad, de un mundo nuevo de felicidad plena, es imposible.

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