Razones y sinrazones de Chomsky

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Por Juan José García Posada

Debo anticipar que la lectura de Chomsky me ha despertado siempre cierta reticencia.

Hace algunos días comenzó a circular por la red la versión en español de una exposición que hizo ante dirigentes sindicales de los Estados Unidos, para defender la integridad de la institución universitaria y advertir acerca de los riesgos que, para la educación superior, comporta la incorporación a las universidades de unos criterios basados más en los intereses empresariales que en las finalidades académicas y culturales. De nuevo sentí al principio una prevención parecida a la que sentía cuando el profesor Chomsky se concentraba en los estudios semiológicos y, tal vez por obra de pésimas traducciones señaladas por la confusión y el matiz esotérico, fue convirtiéndoseme en un autor al que prefería hacer a un lado para evitar mayores perplejidades.
 
El profesor Noam Chomsky ha sido un crítico severo y si se quiere pugnaz de su propia sociedad, del gobierno estadinense y en general de la cultura de los Estados Unidos y el sistema capitalista. Su diatriba en los días de pesadilla del atentado terrorista contra las Torres Gemelas fue de una particular dureza y llegó a sugerirse que era un apátrida, nada solidario con su propia nación. Por supuesto que Chomsky es hoy en día un prototipo del intelectual independiente, que piensa y habla sin restricción alguna y muchas veces deja la duda de si reconoce, en su función de buscador de sentido y exponente del pensamiento crítico, alguna frontera ética o alguna afinidad con lo que suele entenderse como políticamente correcto. Tal parece que, para Chomsky, decir lo correcto es casi irrelevante, como si extremara el aforismo según el cual el pensador puede ser amigo de Platón, pero debe ser más amigo de la verdad. Pase lo que pase, dígase después lo que de él se dijere, sin duda Chomsky exhibe una franqueza ríspida y una valentía que, no obstante leerlo desde una orilla intelectual que puede ser distinta, no deja de ser muy estimable, como estimable puede ser esa misma actitud en algunos pensadores que incluso llegan a ser extravagantes en sus desafíos, pero son capaces de jugarse hasta el propio prestigio con tal de dejar constancia de su inalienable individualidad crítica.
 
Con todo, esta vez Chomsky ha dicho algunas verdades que, sin ser completas, a mi modo de leer son razonables. Recomiendo la lectura de su mensaje, que puede encontrarse en la internet y fue reproducido en varios portales, entre ellos el del Observatorio de la Universidad Colombiana, con el título de Modelos educativos empresariales precarizan la docencia y la calidad educativa.
 
En primer término, sugiere elementos para el debate, que debe ser continuo, sobre la prevalencia de los fines académicos, investigativos y de extensión que son inherentes a la corporación universitaria desde sus orígenes medievales. La organización administrativa y la adopción de tendencias y procedimientos empresariales deben ser tributarias de la institución colegiada que estudia y delibera sobre los saberes, genera ideas y propaga el pensamiento, investiga y aporta claves de solución como cerebro y conciencia crítica de la sociedad.
 
Es legítimo hacer la figuración de una universidad como si se tratara de una empresa, cuando se procura mejorar su funcionamiento, buscar su eficiencia y sostener una adecuada solvencia financiera. No obstante, el servicio consustancial a la universidad no tiene por qué estar subordinado al beneficio. Es obvio que en cualquier tipo de organización sea importante mantener un apropiado equilibrio financiero, siempre y cuando esté destinado a salvaguardarle los fines esenciales. Pero cuando se rompe ese equilibrio y la búsqueda de un margen de utilidades superior al razonable y que no ha de reinvertirse en la misma corporación se convierta en asunto primordial, quiere decir que se toca el terreno deleznable del ánimo de lucro.
 
Así mismo, cuando el régimen administrativo y su correspondiente estructura dominan sobre el régimen académico, el resultado puede ser una subordinación de los estamentos docente y discente no sólo a los funcionarios de la administración, que de algún modo defienden su derecho y su deber porque ayudan a mantener un razonable orden jerárquico, sino, sobre todo, a tecnócratas obsesionados por la medición cuantitativa del trabajo académico (y está por debatirse la nueva disciplina de la cienciometría y los desatinos en que se ha incurrido al aplicarla en relación con publicaciones), en lo que está acertado Chomsky cuando entra a cuestionar la homologación de las universidades a las empresas, porque no sólo se imitan y adoptan las presuntas cualidades empresariales y las ventajas comparativas y competitivas, sino también los vicios y perversidades que de hecho están haciendo de no pocas empresas privadas unas entidades sin alma y despreocupadas de principios fundamentales como la justicia social, la equidad laboral, la relación humana entre todos los integrantes de la organización, que no pueden dejar de ser distintivos de las universidades acreditadas. Así, cuando se incorporan métodos empresariales, como lo señala Chomsky, para desestabilizar a quienes ejercen la docencia, se afecta la calidad institucional y se lesiona la dignidad del estamento profesoral. Formar, investigar y hacer visible el trabajo académico y rendirle cuentas a la sociedad no puede equivaler a limitarse a la producción en serie de bienes o servicios.
 
La contratación temporal de profesores es aceptable cuando se pretende reforzar la planta de docentes internos, aprovechar la experiencia y la autoridad de quienes están trabajando en el medio social y su capacidad de aportación a la formación de los nuevos profesionales. Por una parte es obvio que no todos los docentes internos deben tener la totalidad de las competencias para dictar materias que, en virtud del dinamismo de los saberes y las profesiones, requieren contacto con el medio y con la respectiva práctica. Pero el error consiste en proponer que se disminuya el número de internos para vincular una suerte de mano de obra barata, cuando su presencia en el campus es necesaria no sólo para atender los requerimientos rutinarios sino también para ofrecer tutoría y asesoría constante a los estudiantes y estimular el diálogo de generaciones, sostener un ritmo de trabajo innovador e investigativo continuo y evitar el riesgo de convertir la universidad en una empresa prestadora de servicios docentes, concurrida por individuos que no tienen tradición ni sentido de pertenencia y sustituible por presumirla innecesaria en momentos determinados.
 
Cuestiones tales como las equivocaciones sobre el sentido de la flexibilidad, el verdadero concepto de la educación superior, el amor a la docencia, que trata Chomsky en la conferencia referida, bien pueden formar parte de una extensa agenda de discusiones en el entorno universitario. También (y le faltó a Chomsky) está por abrirse una discusión sobre la silenciosa tiranía de los sistemas informáticos, la seguridad que ofrecen y el riesgo de que reemplacen criterios, normas y procedimientos formales, como, por ejemplo, en asuntos referentes a la evaluación discente y docente, la rigidez implacable en la medición de tiempos y asignación de cargas instruccionales y no instruccionales, etc.
 
Una universidad es mucho más que una empresa productiva y competitiva. Es un proyecto cultural, como lo es la educación, cuyos resultados en desarrollo del diálogo de saberes y disciplinas, la gestión y la difusión del conocimiento y la innovación investigativa y científica no son evaluables en el corto plazo, ni cuantificables en términos de ganancias o márgenes de rendimiento financiero. Lo que sí debe sostenerse es que no se incurra en posiciones radicales que podrían ser anacrónicas y que en la práctica marcan un grave distanciamiento frente a la sociedad, como cuando se desatan manejos presupuestales incontrolados o se acusan situaciones de desgreño administrativo y se fomentan burocracias académicas parásitas, por lo regular en nombre de una invocación de la autonomía sin límites.
 
La corporación universitaria no puede renunciar a la responsabilidad de defender su autonomía mediante la demostración de su autosuficiencia para gobernarse y administrarse y para sostener una adecuada solvencia financiera, sin la cual sería imposible el cumplimiento de sus fines principales, la integridad de su naturaleza y la realización de sus propósitos y su carácter fundacionales. Pero la autonomía debe tener sus condiciones. Este punto lo toca Chomsky apenas de modo tangencial en su conferencia. De ahí que sea preciso enfatizar en que como se trata de responder ante la sociedad, no sería sensato rehusar la autoevaluación permanente, la acreditación institucional y por programas, la orientación por procesos y la utilización de métodos de calidad, que son medios y auxiliares importantes para asegurar claridad y transparencia en la gestión, eficiencia en el desarrollo de planes, proyectos y actividades y asunción de responsabilidades como parte inseparable de la vida rutinaria. De todos modos, Chomsky tiene parte de razón, no toda, por supuesto, en sus digresiones sobre las tendencias y los retos de la educación superior contemporánea.

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