Las elecciones y sus demonios

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BCPor: Beatriz Eugenia Campillo Vélez



Bien lo decía Max Weber que hacer política es verse la cara con los demonios,


es decir, es encontrarse de frente con la mentira, la trampa, la calumnia, el engaño, el ocultamiento, la deslealtad, la corrupción y un largo etc. La lucha por el poder parece justificar todo tipo de actuaciones, tal y como lo relata Maquiavelo en su obra, valga entonces decir que la realpolitik existe, no es nueva y aunque no nos guste, mal haríamos en negarla, pues de hecho quien desee entrar en política debe conocerla, al menos para no pecar de ingenuo. Reconocer la enfermedad ayuda a buscarle cura, o al menos a saber cómo protegerse. Como dice el profesor José Antonio Marina: “No somos ilusos, aunque estemos llenos de ilusiones. Hay que tomarse en serio a Shakespeare: “La vida es un cuento absurdo, contado por un idiota sin gracia, lleno de ruido y furia”. Pero queremos añadir: “que se empeña en escribirlo de otra manera”.”

Los ciudadanos, me atreverían a decir que como nunca antes, hemos tenido la oportunidad de conocer de cerca esos demonios, tal vez siempre habían convivido con nosotros, pero no les conocíamos. Curiosamente las redes sociales, las cuales muchas veces se las cataloga como de frívolas o insulsas, han sido el escenario propicio para compartir información, llamar la atención sobre aquello que los medios de comunicación tradicionales no dicen, hacer denuncias, poder conocer diversas opiniones, e incluso instruirse, pues pequeños trinos o publicaciones algo más extensas en el Facebook permiten conocer el análisis de personas serias que ayudan a descubrir puntos de vista que tal vez hasta el momento no se habían considerado. Las redes sociales han colaborado en mucho a desenmascarar demonios.

En la actual campaña presidencial hemos visto insultos, amenazas jurídicas que no prosperan, señalamientos de alto calibre, y hasta pruebas que saltan a los medios desconociendo todo tipo de rigurosidad procesal, intentando seguramente seguir aquel adagio del “confunde y vencerás”, acciones que mientras que unos leen como otro proceso 8.000, otros asemejan con el Watergate. Lo peor es que nos acostumbramos a “pasar la página”, no hacemos ningún tipo de seguimiento a las noticias, ni exigimos esto de los medios, un escándalo se tapa con otro mayor que cautive al público un rato, mientras aparece otro que nos entretenga hasta que llegue el día de las elecciones. Claro, todo aquello acompañado del clientelismo y la corrupción. En suma, los romanos dirían: “pan y circo”. ¿Qué ha cambiado entonces? Lo curioso es que aunque hay grandes escándalos, las principales críticas no se atribuyen de forma exclusiva a los candidatos como era costumbre, sino de manera particular a los medios de comunicación quienes han jugado un papel protagónico en estas campañas.

En la sociedad del espectáculo seguir las normas del Estado de Derecho no genera rating, por lo que las pantallas se han convertido en una especie de estado de naturaleza donde impera la ley de la selva, la ley del más fuerte, lo que lleva necesariamente a un estado de caos, de “sálvese quien pueda”, pareciera que allí no hay Dios ni Ley. Lo que hace recordar la anécdota que el profesor Raúl Sohr trae en su texto “Historia y poder de la prensa”, donde narra que “en una oportunidad un estudiante preguntó al célebre ensayista estadounidense Noam Chomsky: “¿Cómo controla la elite a los medios de comunicación? Chomsky respondió: “¿Cómo controla a la General Motors? La pregunta no tiene sentido. La elite no tiene que controlar lo que le pertenece”.

Y sin embargo, quisiéramos que las cosas sean distintas y apelamos al buen juicio de los ciudadanos, y los periodistas que todavía defienden la ética de su profesión y defienden la libertad de prensa como el derecho a informar libremente y no sirviendo a un poder. No en vano Juan Gossaín en una entrevista realizada por Rodrigo Pardo calificó como “asqueroso” el papel que los medios han realizado hasta el momento en la campaña presidencial, y señalaba de manera especial dos puntos trascendentales:

Primero, afirmaba que por fortuna no hay ocultamiento, pues las noticias se han dado a conocer, pero advertía que hay un profundo desequilibrio, pues la manipulación de la información se da cuando el medio selecciona la importancia de la noticia, no por su contenido, sino en razón de cómo afecta a “mi candidato”, aquello que esté en su contra se minimiza, recibe una brevísima mención, mientras que aquello que lo favorezca se presenta de forma aumentada y recibe el privilegio de escribirse varias columnas al respecto. Al respecto sugería un slogan tratando de rescatar la ética profesional “ni uribistas, ni santistas, ¡periodistas!”

El segundo punto que señalaba es tal vez el lunar más grande de estas jornadas de campaña, y es que el real papel de los medios, que no es juzgar, sino informar y abrir espacios de discusión, no se ha dado. En Colombia los grandes medios no hicieron los tradicionales debates presidenciales en el tiempo normal de campaña, todo porque el candidato-presidente no asistiría, porque quedaría una silla vacía y eso hablaría mal de él; por tanto, se privó a la audiencia, a los ciudadanos de escuchar a cuatro candidatos más, acercarse a sus propuestas y evaluar sus reacciones ante las preguntas duras, como de costumbre se hacía. Sin más, se prefirió guardar silencio que cumplir con el deber de informar. Solo ahora, y hay que decirlo, a última hora, se están anunciando debates.

Por fortuna, la academia abrió estos espacios y se pudo combatir en parte la idea de que esta campaña presidencial estaba llena de insultos y carente de propuestas, imagen que en gran parte fue construida por los medios. Oscar Iván Zuluaga, Marta Lucía Ramírez y Clara López asistieron cumplidamente a muchos de estos encuentros. Enrique Peñalosa lo hizo menos, pero hacia el final ha hecho algunas apariciones. El candidato-presidente fue quien brilló por su ausencia, pero de esto poco se habló, por el contrario algunos medios anunciaron con gran entusiasmo que Santos participaría en los debates presidenciales después de la segunda vuelta.

En conclusión, como lo expresa el profesor Juan José García en un artículo publicado en El Colombiano, “El daño que el diablo le ha hecho a esta nación es inconmensurable. Se les ha metido a no pocos políticos y la única forma de sacárselos es el exorcismo colectivo convocado para el domingo que viene, día de la primera ronda de elecciones presidenciales (…) Con mi cuota útil de votante, voy a participar el domingo en el conjuro cívico nacional para expulsar al Mandinga.”

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