¿La humanización de la sociedad y de la medicina o las ciencias de la salud?

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Por: Pbro. Guillermo León Zuleta Salas

“La única libertad que merece ese nombre es la de buscar nuestro propio bien,

 
por nuestro camino propio en tanto que no privemos a los demás del suyo o les impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual”
John Stuart Mill


No es para nadie extraño escuchar hablar de la así llamada “humanización de la salud y de los servicios de salud”, centrados principalmente en el trato y en la atención debidas a las personas enfermas o en estado de indefensión. Todo ello responde, en última instancia, a una denuncia, velada o directa, de las prácticas impersonales o deshumanizadas de ciertos profesionales o algunos ambientes o estructuras asistenciales inhumanas o no acordes a la dignidad de la que todo ser humano es merecedor o, simplemente, por la situación humana o menos humana en la que se encuentran algunas personas en ciertos contextos (sociales, familiares, individuales, institucionales, económicos, políticos, jurídicos y culturales) por parte de otras (conocidas o desconocidas, ajenas o cercanas).

Lo que resulta paradójico es tener que hablar de humanización de la salud y de la medicina en una época como la nuestra donde el poder tecnológico y científico ha hecho capaz al ser humano de tener los mejores conocimientos técnicos, diagnósticos, pronósticos y terapéuticos frente a muchas enfermedades; como paradójico es también que los avanzados sistemas políticos y económicos que pueden garantizar un servicio y una cobertura sanitaria justa y de calidad no lo estén haciendo y, más bien al contrario, olvide o al menos desconozca muchas de las cuestiones fundamentales referentes a la salud de cualquier ser humano y a la salud en general de la humanidad.

La medicina ha evolucionado desde las conceptualizaciones mas arcaicas hasta las más tecno científicas de nuestra historia hasta el punto de cambiar radicalmente el modus vivendi del Hombre actual; pero esta evolución y mentalidad ha olvidado, casi que paralelamente, la necesidad de progresar también en humanidad y en humanismo en una área tan importante de la antropología como lo es la medicina misma cuyo fin, desde los inicios hipocráticos de la palabra y del ars médico, se entendió como el de un servicio al ser humano enfermo y a tratar a éste como persona (diferente al posthumanismo, entendido como la muerte misma del ser humano en cuanto realidad y posibilidad en la que se juega no solo la continuidad de un individuo en específico sino de la misma humanidad en general sin las banalizaciones a las que se encuentra hoy expuesta).

Ahí es donde está hoy puesto el desafío del siglo XXI: recuperar el sentido más genuino de la medicina y de su ideario humanista desde todas las perspectivas posibles, de tal forma que se logre filosofar sobre la humanización de la medicina y de la salud y aterrizar en hechos concretos el reconocimiento de la dignidad del concreto ser humano y mucho más en su condición de  labilidad, necesidad y menesterosidad.

En otras palabras: la necesidad de una auténtica y efectiva “ecología humana”. Entendida ésta como el principio y el reconocimiento del Hombre como parte de un todo; como la búsqueda de la armonía del Hombre consigo mismo, con los demás seres y con la naturaleza en su conjunto (aquella intencionalidad original de Potter cuando concibió a la bioética como el puente para el futuro de la humanidad); ecología humana que entiende al ser humano como un ser cósmico, con un puesto en la creación como ser independiente y a la vez interdependiente (de la naturaleza misma, de los Otros, de sí mismo y del OTRO –la ecología humana no tiene miedo de abrir la mente también a lo religioso, a lo espiritual, a lo nuevo y aun a lo relativo, con espíritu de totalidad y certeza -: Obligado para con todo ello y dependiente en responsabilidad y en comunicabilidad).

Cuando se habla de “ecología humana” el sentido es el respeto por la vida en todas sus manifestaciones, empezando por la propia vida. Por ese motivo, la “ecología humana” supone un nuevo modo de pensar, de sentir y de actuar (más abierto, más abarcante, más humanista, mas antropológico y mas ontológico que jurídico o jurisprudencial donde la minoría de las consensos se impone sobre la mayoría de las aspiraciones).

Se trata de crear la realidad de un Hombre nuevo en el cual la motivación sea la cooperación en las mayores necesidades y no la competencia e incompetencia de la no sensibilidad antropológica aunque esté presente la sensibilidad zoológica en términos amplios y generalizables.

Ecología humana no como una moda sino como una necesidad para un ser humano que ha ingresado al Siglo XXI con una mente más abierta a la búsqueda de salidas a una cultura tecnocientifica vacía de alma y de sentido.

Ecología Humana es un pre-texto para Humanizar la salud como relación de ayuda; como superación de los reduccionismos dilemáticos a la hora de abordar los conflictos éticos; como recuperación de la conciencia de vulnerabilidad que todo ser humano tiene (más cuando se siente o está enfermo); como un medio para dotar de sentido la tarea de cuidar con dignidad a otra persona necesitada; como comprensión y sentimiento de los momentos de sufrimiento y esperanza por los que atraviesa toda persona enferma, con su núcleo textual y contextual, personal y cultural.

Este pre-texto se vive en un determinado con-texto. Y en el caso especifico de la Humanización de la salud se refiere, inicialmente, a cómo hemos situado, "inhumanamente”,  el tema de la salud como si fuera propio de los dioses y no de los hombres (idealización más que realización). Lo inhumano no es simplemente lo que está contra los seres humanos (lo antihumano) sino como lo que está más allá de ellos, sobrecogiéndolos, provocándolos, fascinándoles y, a veces, espantándoles y atemorizándoles (lo infrahumano).

Cuando nuestra sociedades “postmodernas” hacen gala de haber salido de la “minoría de edad” fruto de la modernidad y postmodernidad ilustradas, terminan secularizando los espacios sociales y creenciales, poniendo en cuestionamiento las grandes tradiciones religiosas, elogiando la libertad individual a la que se pone como eje vertebrador de las existencias personales y colectivas y creando, en fin, unas contradicciones que hacen difícil contextualizar la realidad misma y extendiendo vertiginosamente la percepción social de su “inhumanidad”.

Si a eso se añade que cada día nos sorprendemos con las noticias sobre los progresos científicos y técnicos en el ámbito biomédico con las consiguientes promesas de salud y bienestar, mayor calidad y cantidad de vida, nos ponen en una relación con las ciencias bio-sanitarias las que se convierten en los mayores generadores de esperanza de las sociedades secularizadas: hemos terminado “divinizando” la salud y sus mediaciones, sustituyendo las sotanas negras por las batas blancas, creando una nueva religión con sus dioses, sus templos y sus liturgias. Convertidos en adoradores del culto al cuerpo, hechos consumidores insaciables de recursos sanitarios y farmacológicos para estar sanos, esbeltos, sin manchas ni arrugas, creando así una “nueva religión” y, de paso, un nuevo mercado: el mercado de la salud.

Esta mercantilización de la salud es el segundo pre-texto contextualizador. Los indicadores bursátiles muestran cómo el espacio referente a la salud ocupa uno de los niveles más altos. Las empresas vinculadas al ámbito sanitario (sobre todo las farmacéuticas y las biotecnológicas) mantienen los mayores puestos en inversiones y movimientos de capitales; la salud es un objetivo financiero y venderla es un objetivo bastante rentable (los brokers de las grandes bolsas están más al corriente de los avances tecnocientificos que los mismos profesionales de la salud, al fin y al cabo la base del mercado está no tanto en satisfacer necesidades como en crear demandas). Se vende lo que ha sido promovido como bueno y saludable, reparador del desgaste biológico o prolongador de la vida y dador de bienestar (no podemos olvidar que el nivel de consumo en productos relacionados con la salud es, junto con el de armamentos, ilimitado a escala mundial).

Contradictoriamente (¿o será mejor decir, consecuencialmente?) la restricción al derecho universal a la salud (derecho fundamental del ser humano) se convierte en el tercer pre-texto: el acceso a la asistencia sanitaria queda limitado a los sectores sociales con el suficiente poder adquisitivo como para poder pagarla. La salud dejó de ser un bien social para todos y cada uno de los seres humanos y se ha convertido en un bien empresarial y financiero.

Con esta panorámica, y en este panorama, es apenas comprensible la intencionalidad y búsqueda de legitimación con todos los medios, especialmente los jurídicos, de situaciones inhumanas ante realidades tan humanas como la de la menesterosidad de un ser humano en la fase terminal de una enfermedad, del abandono de los suyos y de la sociedad misma y de la medición económica de su “calidad” de vida, como la que se da con la eutanasia o el eufemístico “derecho a morir con dignidad”.

De allí se entiende la necesidad de tener claras al menos algunas claves de humanización de la medicina misma.

Entre ellas se pueden mencionar:

* La comprensión del humanizar como un proceso inconcluso, como tarea permanente, como centro y eje vertebrador de la salud. Es en el proceso entre lo humano y lo humanizado donde debemos desarrollar la existencia.

* La comprensión de la salud como un bien que se debe no solo preservar o recuperar sino también disfrutar y aumentar. La salud no como un estado o situación sino como una forma de vida, una forma de estar en la vida. La salud define la felicidad personal y colectiva, por eso no se trata de un fin en sí mismo sino de una condición necesaria para una vida plena, solidaria y humanamente feliz.

* El cuidado es una importante clave antropológica. Cuidar es una actividad cuyo objetivo consiste en paliar las necesidades de otro ser humano, tanto las de orden primario como las de orden secundario. Es reconocer que el ser humano es un animal indigente que debe satisfacer un conjunto de necesidades para poder llevar a cabo sus funciones vitales.

* La vulnerabilidad se relaciona estrechamente con el cuidado. Debemos cuidar a los seres humanos, y cuidarnos a nosotros mismos, porque tanto ellos como nosotros somos sujetos vulnerables, es decir, sujetos expuestos al sufrimiento, al dolor y, en último término, a la muerte. Animales vulnerables y especie particularmente sanable. Capaces de ser heridos y de herir, de gratitud y reconciliación, de dejarnos querer, de amar y amarse a sí mismos y, hasta de perdonar y perdonarnos (en otras palabras: vulnerable y vulnerador, agraciado y reconciliable).

* El sufrimiento: el dolor es en principio azaroso e imprevisto, el sufrimiento, por el contrario y en principio, es reactivo, original, autodeterminado. El dolor casi siempre termina imponiéndose sobre nosotros mismos; sobre el sufrimiento podemos llegar a mandar. El dolor aparece como prehumano, azaroso, involuntario e irresponsable mientras que el sufrimiento surge de la entraña humana, modulado y orientado mediante el ejercicio de la inteligencia, la voluntad y una libertad limitada pero con suficiente margen de maniobra y, por tanto, de responsabilidad.

* La esperanza. La esperanza es una categoría humana que pertenece a la misma esencia óntica y volitiva del ser humano así como una dimensión humanizadora, pues no solo parte de lo humano como condición de posibilidad sino que lo trasciende. Tener esperanza es preguntarse por la cuestión del sentido así como vivir y sentir con un estado de ánimo proyectado continuamente hacia un momento, hacia un logro o hacia cualquier situación que satisfaga positivamente nuestros más profundos deseos de felicidad o de bienestar.

* La calidad de vida. Superando el binomio cantidad-calidad se busca, a través de una mejor conceptualización de ella, de no relativizar el valor de las personas por consideraciones de mérito, rango o utilidad social. Tampoco introduce la comparación entre diferentes vidas humanas como base para tratar a unas y a otras no. Poder diferenciar entre la vida personal y la vida meramente biológica, reconociendo que la vida biológica es sólo la condición para los valores y las realizaciones propiamente humanas. Debe ser un concepto que permita afianzar el valor igual de toda persona.

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