Eutanasia

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RCP

Por: Ramón Córdoba Palacio. M D.

Como una constante histórica de la depravación de un pueblo, de una cultura, de una política, encontramos

 

el desconocimiento de la dignidad intrínseca de la persona humana, generalmente en los más débiles: embriones y fetos humanos –abortos-, y período final de la vida –eutanasia-, hasta el exterminio. Uno de los más recientes ejemplos, que nos tocó vivir a muchos de quienes ya peinamos canas fue el holocausto de judíos por el régimen nazi en las décadas 30 y 40 del siglo XX; actualmente podemos comprobarlo en los pueblos martirizados por tiranos, llámense de derecha o de izquierda.


Eutanasia viene del griego y significa Eu, bien buena; thanatos, muerte, sentido que tuvo primordialmente entre los estoicos; sin embargo hoy en día se entiende por tal: «Muerte sin sufrimiento físico», «Acortamiento voluntario de la vida de quien sufre una enfermedad incurable, para poner fin a sus sufrimientos», sentido que le confirieron Tomás Moro (1478 – 1535) y Francis Bacon (1561 – 1626) (1). La Real Academia de la Lengua Española la define como: «1. f. Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él. 2. f. Med. Muerte sin sufrimiento físico» (2).
En las definiciones anteriores encontramos conceptos que merecen una seria reflexión desde la ética, o mejor, desde la bioética.


«Muerte sin sufrimiento físico». Una muerte sin sufrimiento físico es un sano y muy humano anhelo y los cristianos católicos lo pedimos a Dios como una gracia especial. Más aún, es obligación profesional y moral del médico tratar y evitar los dolores físicos y psicológicos del paciente con el tratamiento adecuado así cause efectos secundarios que él, el médico, no pueda controlar. Pero, ¿en qué consiste la diferencia si  en ambos casos el resultado es la disminución del período de vida como resultado de evitar sufrimiento al enfermo? La diferencia, diferencia esencial, es que en el primer caso la verdadera intención, no es acelerar la muerte del paciente sino tratar honestamente el sufrimiento; en el segundo caso la verdadera intención es acortar voluntariamente la vida del enfermo: «Acortamiento voluntario de la vida de quien sufre una enfermedad incurable, para poner fin a sus sufrimientos», sentido que le confirieron Tomás Moro y Francis Bacon, como lo afirmamos antes. Más grave éticamente si se cumple la anotación de la Real Academia Española: «1. f. Acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él» (2).


El acto abominable de quitar la vida a otro ser humano para evitarle sufrimientos no disminuye su gravedad porque la víctima otorgue su consentimiento o, inclusive, lo solicite. Desde el punto de vista ético sólo es permitido matar a otro cuando se hace en defensa de la propia vida o de la vida de una persona indefensa bajo su cuidado y siempre que esta acción tenga equidad con la del agresor.


Éticamente el médico no puede disponer de la vida del paciente ni por acción directa ni por omisión; la omisión es realmente una acción voluntaria cuyas consecuencias se conocen y se asumen  conscientemente. Su  obligación  ética esencial es: no  acortar  la  vida –eutanasia- ni prolongar la agonía –distanasia- más allá del límite biológico esperado, oportuno, natural, de las reservas biológicas propias de  cada  organismo, lo que se  conoce en  bioética  como ortotanasia - orthos recta, correcta, normal, y tánatos, muerte-, y que constituye el verdadero derecho a morir con dignidad.


Infortunadamente aun en medios cultos y, todavía peor, en medios religiosos, se considera la llamada “eutanasia pasiva” o por omisión como una acción ética y moralmente aceptable. Como lo afirmamos antes, eutanasia pasiva o por omisión es la acción voluntariamente llevada a cabo de suprimir o de no aplicar medidas útiles, necesarias y ordinarias para acortar de este modo la vida del paciente. La intención conscientemente deseada y aceptada es acortar la vida del paciente.


Se objeta: si tanto en la eutanasia como en la ortotanasia el resultado es la muerte del paciente por qué la primera no es éticamente aceptable y la segunda no sólo es aceptada sino recomendada como conducta moral. La ortotanasia, si se cumplen requisitos que veremos un poco más adelante, es el reconocimiento de que toda vida humana tiene un límite imposible de acrecentar por nuestros medios, que la medicina en sí y la acción del médico tienen también un límite de acuerdo con la época y con la disponibilidad de medios ordinarios y proporcionados que puedan  y deban ser aplicados.


Consideramos medidas terapéuticas necesarias, debidas y con sentido la adecuada hidratación y la alimentación del paciente por medios ordinarios, proporcionales, no extraordinarios. Es de primordial importancia el acompañamiento afectuoso del paciente en fase terminal, atender oportuna y diligentemente a sus deseos y necesidades espirituales y a su bienestar físico y ambiental -–aseo; cuidados de la piel; alivio de la fatiga, del frío, etc.--. No es ético que el médico abandone al paciente con la excusa de que se “agotaron los recursos científicos”. El deber del médico auténtico va más allá de prescribir unas substancias o unos actos terapéuticos. El primero y más importante medicamento es su presencia comprensiva, compasiva y humana. La misión del médico es: « […] curar con frecuencia; aliviar siempre; consolar aliviando no pocas veces; consolar acompañando en todo caso… allá donde no puede llegar la técnica debe llegar la            misericordia» La misericordia como proceso terapéutico médico, nos enseña Pedro Laín Entralgo (3).


Podemos sintetizar las diferencias esenciales entre una y otra así: en la eutanasia, cualquiera sea el calificativo que se le dé, se suprime o no se aplica un tratamiento o  una medida médica necesaria, debida según el estado del paciente y que tiene sentido realizarla. En cambio en la ortotanasia se suprime o no se aplica un tratamiento o una medida médica no necesaria, no debida y que carece de sentido llevarla a cabo. Existe, pues, una clara diferencia entre “matar” o eutanasia y “dejar morir” u ortotanasia.


Para terminar debemos afirmar que:


La eutanasia, cualquiera sea el calificativo que la distinga es siempre éticamente condenable.


La distanasia, si sólo busca prolongar la vida del paciente sin una causa verdaderamente justa, sólo por egoísmo del enfermo, de sus familiares o del médico, es tan condenable éticamente como la eutanasia. Es el llamado “encarnizamiento médico o clínico”.


La ortonanasia, si cumple los requisitos anotados antes, es siempre correcta y por lo tanto aprobada éticamente.


Bibliografía.
1-. Ciccone, Lino. La ética y el término de la vida. En: POLAINO – LORENTE, Aquileo. Manual de Bioética General. 3. ed. Madrid. Rialp. 1997. p. 425
2-. Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. Vigésima segunda edición. 2001.
3-. Laín Entralgo, Pedro. Antropología médica para clínicos. Barcelona. Salvat. p. 432 y 433.

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