El claro-oscuro del amor en siglo XXI

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CJPor: Catherine Jaillier Castrillón

Hablar del amor y el siglo XXI es un tema que tiene muchos enfoques

 algunos optimistas, otros pesimistas, unos de ciencia ficción y otros de añoranza del pasado. Creo que ni todo pasado fue mejor, ni todo futuro es destrucción. Tenemos el hoy, el presente el que estamos escribiendo a diario, y del cual somos responsables.

 

Hay dos asuntos importantes a tratar en esta reflexión: la persona y el contexto del siglo XXI. El siglo que estamos viviendo es de crisis porque es un cambio histórico, es un puente que conectará a una realidad que quizás hoy no vislumbramos, pero que sencillamente, recorremos. No hemos dejado del todo atrás a la modernidad: la recorremos, transitamos y cambiamos.

 

El hombre occidental en las diversas épocas de la historia ha intentado comprender a la persona y por momentos lo que se ha hecho es una especie de disección y de separación. Se recibió la herencia de la concepción de alma y cuerpo; o de alma, mente y cuerpo.  También se hizo una separación particular con la percepción y los sentidos, que de una u otra forma afectó  hasta las manifestaciones artísticas y culturales, pues los únicos sentidos que nos permitieron tener fueron la vista y la audición. El resto era riesgoso y de mal gusto. El olfato, era demasiado animal y primitivo; el tacto, era peligroso; el gusto, estaba sólo destinado a ciertos momentos y lugares sociales. Los sentidos debían controlarse, moderarse, y ayudaban a percibir el mundo pero desde las pautas y esquemas sociales permitidos. De igual forma, se hizo una separación entre el pensar, el uso de la razón y el conocimiento, y los sentimientos y emociones.

 

Octavio Paz (1993) en “La llama doble”  dice:

 

En el siglo XVI los europeos decidieron que los indios americanos no eran totalmente racionales. Lo mismo se dijo en otras ocasiones de los negros, los chinos, los hindúes y otras colectividades. Deshumanización por la diferencia: si ellos no son como nosotros, ellos no son enteramente humanos. En el siglo XIX Hegel y Marx estudiaron otra enajenación.  Para Hegel la enajenación es tan vieja como la especie humana: comenzó en el alba de la historia con la sumisión del esclavo a voluntad de un amo. Marx descubrió otra variante, la del trabajador asalariado: la inserción de un hombre concreto es una categoría abstracta que los despoja de su individualidad. En ambos casos literalmente se roba a la persona humana de una parte de su ser; se reduce al hombre al estado de cosa y de instrumento. Tocó a los nazis y a los comunistas llevar a su conclusión final estas mutilaciones psíquicas. Los dos totalitarismos se propusieron la abolición de la singularidad y diversidad de las personas: los comunistas, en nombre de un absoluto histórico de la clase, representada por la ortodoxia ideológica encarnada en un Comité Central. Ahora en nombre de la ciencia, se pretende no el exterminio de este o aquel grupo de individuos sino la fabricación en masa de androides. Entre las novelas de predicción del futuro, la más actual no es la de Orwell sino la de Huxley: A brave new Word. La esclavitud tecnológica está a la vista. La persona humana sobrevivió a dos totalitarismos: ¿sobrevivirá a la tecnificación del mundo?

Este largo rodeo ha tocado su fin. Su conclusión es breve: los males que aquejan a las sociedades modernas son políticos y económicos pero asimismo son morales y espirituales. Unos y otros amenazan al fundamento de nuestras sociedades: la idea de persona humana. (p. 201-202)

 

 

La persona humana no es fragmentada, no es una cosa, un objeto, un instrumento de producción, no es un código o una cifra dentro de unas estadísticas y menos aún es un acumulado de células o de información genética. Es mucho más que todo esto.

 

La persona humana tiene una fuerte dimensión de comunicación. Los sentidos nos comunican con el mundo pero –siguiendo las palabras de Paz- nos encierran en nosotros mismos.

 

Todo amor debe ser por esencia entrega y reciprocidad. Encontrarse en la diferencia del otro, amar desde la expresión verbal y no verbal, de la cercanía y la distancia; desde la valoración y el respeto.

 

A continuación se darán unos acercamientos a esta relación del amor en el contexto del siglo XXI.

 

1.      AMOR Y TECNOLOGÍA

La pregunta formulada por este Nobel de Literatura que dice: ¿sobrevivirá a la tecnificación del mundo? sigue estando vigente porque toda nuestra forma de relacionarnos, de comunicarnos y de convivencia está acompañada de la tecnología. Un Smartphone, el computador, y en general todo tipo de pantallas nos permiten encontrarnos con las personas que amamos y que están a distancia geográfica; ahora más que nunca podemos capturar el momento, el instante de lo vivido por una selfie o un video. Además, podemos compartirlo a otros en el menor tiempo posible.

 

Sin embargo, esta mediación no deja de ser mediación. Es decir, no es lo mismo dar un abrazo cálido, que enviar un emoticón abrazando. Tampoco es igual enviar el video del nacimiento del bebé que tener el bebé en brazos. Las pantallas acercan, nos ayudan a comunicarnos con otros, pero nunca sustituyen el encuentro real y físico.

 

Oler el champú, la colonia y el humor del otro no se reemplaza por una imagen de WhatsApp. El diálogo cara a cara y la contemplación del otro con la mirada establecen un contacto profundo necesario para poder relacionarnos. Si estamos juntos presencialmente, todo comunica y todo corre el riesgo de ser interpretado. También en la comunicación mediada por dispositivos tecnológicos se asume esta posibilidad de errar en el proceso comunicativo, pero hay otros aspectos que pueden aparecer con la tecnología: la interferencia, la posibilidad de huir, evadir, y simular ante situaciones incómodas de diálogo.  Nacen preguntas concretas frente a esta forma de relacionarnos: ¿construimos la afectividad desde la verdad o desde el simulacro? ¿Quién es realmente el otro con quien nos relacionamos?

 

Los medios y mediaciones influyen directamente en las relaciones personales, afectivas y sociales y en las construcciones simbólicas que se establecen culturalmente.

 

Cabe decir que la tecnología ha permitido que diversos dispositivos sean sustitutos de afectividad, y aquello que parecía ciencia ficción empiece a incorporarse dentro de las dinámicas relacionales. Película como inteligencia artificial pone en reflexión a estudiosos de la ética y la bioética. Tal es el caso Kirobo, un robot pensado para combatir la soledad.  En una publicación del periódico el Tiempo, el 8 de octubre salió la siguiente noticia:

 

Toyota presentó este lunes un pequeño robot llamado Kirobo Mini, capaz de tener conversaciones simples y responder a las emociones que está destinado a hacer compañía a los humanos que se sientan solos.

 

"Queremos hacer frente al creciente problema social de las personas que no tienen a nadie con quien hablar", dijo Moritaka Yoshida, un alto responsable de Toyota, que además de fabricar coches está invirtiendo grandes montos en robótica. (http://www.eltiempo.com/tecnosfera/novedades-tecnologia/robot-parlante-de-toyota/16717949)

  

 

2.      AMOR Y CONSUMO

Cada uno de nosotros es consumidor y producto, en medio de unos sistemas económicos en donde trabajamos para pagar deudas, y tenemos capacidad de endeudamiento para existir en el los listados bancarios. Es el momento en el que podemos tenerlo todo, sin que nada sea nuestro: el carro pignorado, el apartamento hipotecado, la universidad con pagos diferidos a un año… Lo importante, en términos de consumismo es la satisfacción.

 

La satisfacción inmediata, es la muerte lenta de la imaginación y el deseo. El placer, la muerte y la vida van de la mano. Epicuro lo expresaba de una manera muy hermosa porque daba luces sobre el placer al decir que debía ser moderado, controlado y racional.

 

No hay nada más agradable que una buena cena, pero en desproporción viene el dolor. Este es otro problema de nuestro siglo XXI sobreoferta y sobredemanda. No se alcanza una satisfacción real y plena, pues está un deseo sobredimensionado que sobrepasa incluso la capacidad de elegir libre y responsablemente.

 

Ante dos, tres, cuatro relaciones afectivas en simultáneo, lo que se ha optado es por la soledad que alimenta la incertidumbre de la existencia. Es el goce por el goce. Y más adelante, el miedo a la soledad, la enfermedad y la vejez.

 

Gilles Lipovetsky dice que en estos tiempos hipermodernos los individuos están más  informados y más desestructurados; son más superficiales y más influenciables. Y esto se incrementa cuando la obsesión por uno mismo desarrolla un narciso incontrolable.

 

Somos consumidores y somos producto. Queremos ser vistos y seguidos por otros. Montamos la mejor foto, con todo aquello que nos de reconocimiento de valor social. Por eso, todo lo que no atrae a la vista, no impacta o seduce, termina por no recordarse. El hombre de hoy tiene miedo a ser olvidado, tiene miedo a  que la vejez y la enfermedad sean ese contrapeso del placer. Somos naturaleza, con un ciclo de vida que cada día declina poco a poco y que cuando somos conscientes de ello, lo único que buscamos es huir.

 

El hombre de los tiempos hipermodernos, posmodernos o de modernidad líquida, necesita ser amado como persona, no como objeto o instrumento de placer; necesita tener a quien amar, si desea experimentar algo de eternidad en medio de la finitud.

 

3.      AMOR AL CUERPO

El amor a sí mismo es fundamental, no en vano la máxima ética de “amar a los otros como a sí mismos”. Si no hay una valoración por uno mismo, por la vida, por el cuerpo, por la riqueza espiritual, es más complejo poder tener relaciones asertivas y sanas con los demás.

En términos de Octavio Paz, “el amor es el mejor defensor contra el sida, es decir en contra de la promiscuidad. No es un remedio físico, no es una vacuna: es un paradigma, un ideal de vida fundado en la libertad y la entrega” (p. 163). Amor y fidelidad son los ejes para poder construir relaciones estables y saludables.

 

El cuerpo es un tesoro, un gran don. Con él puedo expresar pero a la vez, recibir. Los filósofos personalistas suelen hablar de las dimensiones de la persona y una de ellas es su corporeidad.

 

Cada uno habla de sí con todo, sea en forma consciente o inconsciente, cómo viste, habla, se mueve, se sienta, come, ríe. Cuando uno tiene clara esa relación del interior con el exterior, sabrá que es necesario un tiempo para descansar, para dormir, para pasarla bien en familia, para la recreación y el ocio, para el trabajo. Como dice el Eclesiastés “todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo el nacer, y su tiempo el morir, su tiempo el plantar y su tiempo el arrancar lo plantado” (Qo 3, 1-2).

 

Esto lo hemos olvidado. La actividad de hoy es tan apretada y veloz que no hay tiempo; ni siquiera para comer, descansar y dormir. No han acabado el pregrado y ya deben pensar en un buen trabajo, iniciar la especialización, hablar tres lenguas, tener un record de experiencia en la hoja de vida… y un montón de asuntos que exigen ir a toda velocidad en la vida. Y en esas carreras olvidamos, amar a Dios, amarnos a nosotros con el silencio y el descanso, y amar a quienes nos rodean. Nos salimos de los mismos ritmos de la naturaleza, y el hombre olvidó que era una criatura de la creación. Quisimos romper con esa dinámica y obligar a la tierra a producir sin descanso; le cambiamos los cauces a los ríos y nos olvidamos incluso de nuestro ritmo circadiano. Cada persona tiene un ritmo que se adapta a toda la naturaleza, tiene una variación rítmica biológica, de ahí que cuando hacemos largos viajes a Europa o Estados Unidos, perdemos o ganamos seis o siete horas, que se verán reflejadas en trastornos de sueño, de alimentación y de procesos biológicos.

 

El hombre de hoy olvidó esto, y hemos quebrantado hasta las más mínimas normas naturales. Esto trae consecuencias, no nos extrañe que en países en los que deberían estar mejor alimentados, haya mayor índice de obesidad o malnutrición. O enfermedades cardiovasculares y psiquiátricas relacionadas con problemas de sueño y vigilia.

 

El cuerpo no es una máquina de trabajo, requiere de ritmos y descansos. Tampoco es un instrumento, objeto o una mercancía. No se vende, ni se alquila. Es un templo sagrado, que debemos valorar y cuidar.

 

4.      AMOR LÍQUIDO

La modernidad se caracterizaba por la solidez, también en el campo de lo afectivo y de las relaciones. Los abuelos aseguraban un lugar donde vivir, trabajar, ahorrar y dejar a los hijos o la esposa en caso de la ausencia del padre. El compromiso con la tierra, la fábrica o la empresa estaba regulado por un tiempo y un espacio. Había momentos para trabajar y otros para llegar a casa o para pasar con los amigos. Por otra parte, la modernidad líquida nos enfrenta a la flexibilidad, a la velocidad y a la adaptación permanente. El excesivo movimiento y fluidez hace que la persona se acostumbre a un presente efímero, sin interés ni siquiera de pensar en un proyecto a largo plazo, y menos aún para “toda la vida”.

 

Al igual que los contratos de trabajo a término definido, las relaciones afectivas siguen estas mismas pautas: contratos a corto tiempo, y con todo separado por si las cosas no funcionan. Nada que ate, nada que exija ceder y soltar. Lo que se construye en poco tiempo, se deshace en poco tiempo. En palabras de Zygmunt Bauman (2007) “…los vínculos humanos actuales suelen ser considerados –con una mezcla de júbilo y angustia- frágiles, inestables, y tan fáciles de romper como de crear” (p.145).

 

5.      DERECHO A AMAR Y SER AMADO

Amar implica primero haber sido amado. La experiencia del amor es saberse amado, y en esa medida la vida se capacita para responder al amor. Para Santo Tomas el amor es una fuerza natural que unifica e integra todo el Ser. El amor también implica un acto de voluntad y de entrega; de responsabilidad y libertad. Fuerza, voluntad, virtud o potencia son categorías diversas con las que los filósofos han hablado del amor; pero en lo que coinciden es en que es una realidad humana principal. El hombre nace, muere y trasciende por el amor.

 

En este último aspecto, me remito a los derechos fundamentales de los niños en el numeral seis  en el que se afirma que todo niño tiene derecho a la comprensión y amor por parte de los padres y de la sociedad.

 

El principio 6: El amor y a la familia

El niño, para el pleno y armonioso desarrollo de su personalidad, necesita amor y comprensión. Siempre que sea posible, deberá crecer al amparo y bajo la responsabilidad de sus padres y, en todo caso, en un ambiente de afecto y de seguridad moral y material; salvo circunstancias excepcionales, no deberá separarse al niño de corta edad de su madre. La sociedad y las autoridades públicas tendrán la obligación de cuidar especialmente a los niños sin familia o que carezcan de medios adecuados de subsistencia. Para el mantenimiento de los hijos de familias numerosas conviene conceder subsidios estatales o de otra índole. (https://sites.google.com/site/derechosinfants/10-derechos)

 

Un trato amoroso hace un adulto seguro y capacitado para poder amar, para poder levantarse ante las dificultades y seguir construyendo la felicidad a la que todos hemos sido llamados.

 

Para amar y ser amados el apóstol Pablo da unas recomendaciones que no han pasado de moda, ni con los años, ni los cambios de época, ni siquiera si nos reconocemos como ciudadanos del siglo XXI.  Él dijo a la comunidad de Corinto:

Hermanos, el amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. (1 Cor 13,4-10)

 

 

El amor no pasará jamás. Esa es la esperanza y la realidad más profunda del hombre, pues es divina y humana; lo une al todo y a la vez lo invita a la donación. No es posible amar verdaderamente sin morir un poco, sin dejarse moldear y pulir pero a su vez, cada vez que amamos, vivimos un poco de cielo y de eternidad que nos anima a la aventura de la existencia.

 

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Referencias Bibliográficas

 

BAUMAN, Zygmunt (2007). Vida de Consumo. Fondo de cultura económica de Argentina. Argentina, 205 p.

 

BAUMAN, Zygmunt (2013). Ética posmoderna.  Colombia: Siglo XXI editores.

 

LIPOVETSKY, Gilles y CHARLES, Sébastien (2006). Los tiempos hipermodernos. Barcelona: Editorial Anagrama.

 

NUEVA BIBLIA DE JERUSALEN (1998). Bilbao: Editorial Desclée.

 

PAZ, Octavio (1993). La llama doble. Amor y erotismo. Barcelona: Editorial Seix Barral.

 

Toyota presenta un robot parlante para hacer compañía a los humanos. La idea de la compañía asiática es combatir la soledad. (AFP. El Tiempo. 4 de octubre de 2016). En: (http://www.eltiempo.com/tecnosfera/novedades-tecnologia/robot-parlante-de-toyota/16717949)

 

Derechos fundamentales de los Niños. https://sites.google.com/site/derechosinfants/10-derechos

 

 

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