La vocación de la interdisciplinariedad

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CGPor: Carlos Alberto Gómez Fajardo

 

Muchos autores en el campo de la bioética fundamental

coinciden en reafirmar una de las características más definidas de esta materia: la interdisciplinariedad.  Desde sus inicios Potter  destacaba la necesidad del diálogo entre las diversas áreas del conocimiento, entre las complejas  áreas  técnicas de un saber progresivamente especializado y entre las amplias zonas académicas de las humanidades que ayudan a percibir facetas de realidades amplias e intrincadas, como lo son los problemas concretos que enfrenta la Bioética.

No es fácil el diálogo entre especialistas de diversos campos. El ingeniero tiene su manera de pensar,  intentando enmarcar dentro de las necesarias y eficaces herramientas de las matemáticas que ayudan a cuantificar los fenómenos de la naturaleza y establecer modelos teóricos que pronto –con su colosal iniciativa e ingenio- se convierten en obras reales. Los juristas, con su bagaje conceptual sobre lo que significan culpa, libertad, responsabilidad, daño, pena, también adecuan su lenguaje y sus perspectivas a lo que en últimas está soportado con el peso del poder físico del estado sobre sus  miembros asociados, para hacer posible una convivencia justa y en paz.  Del filósofo y del humanista son propios también unos términos y unas tradiciones que por lo general  están lejos del alcance de la formación profesional básica de áreas más pragmáticas como áreas de la salud o ingenierías.  De la medicina, es notable la  singularidad de sus enfoques, la complejidad de sus procesos naturales de hiper-especialización, siendo en este campo frecuente el técnico que concentra sus esfuerzos de años en  zonas muy restringidas de la práctica.  Igual cosa podríamos afirmar del teólogo, del historiador, del psicólogo, del político. Cada uno de ellos, desde sus visiones y experiencias académicas y existenciales, ilumina alguna de las facetas  de  esta realidad “abierta y múltiple”, en los términos de Zubiri.

Todos hemos de encontrarnos alrededor de la misma mesa. Allí se debaten problemas y facetas de los hechos que requieren estas múltiples miradas. Aquí toca, así todos hablen la misma lengua materna, despojarse de tecnicismos o habituarse a terminologías extrañas, muy especializadas, provenientes de otros campos diferentes a los de la formación universitaria básica.

Los procesos de especialización creciente son a la vez ventaja y desventaja. Desventaja en cuanto el hiper-especialista puede convertirse, como lo  menciona Ortega y Gasset en su ensayo “La barbarie del especialismo”, en un individuo “hermético y satisfecho de su limitación”. Esto  coincide con la  dura pero realista afirmación del pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila en un escolio que de modo especial sugiere reflexiones a quienes se desempeñan en el ámbitos universitario contemporáneo: “Nada patentiza los límites de la ciencia como la opinión del científico sobre cualquier tema que no sea de su profesión”.  

Ortega y Gómez Dávila, pensadores de alcances amplios, habituados a mirar desde una perspectiva ciertamente alta, nos invitan a la humildad y a la voluntad de apertura y de escucha genuina hacia el contertulio.  La interdisciplinariedad es una cualidad natural de la bioética, difícil y exigente,  pero necesaria.

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