El hecho personal de enfermar

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CGPor: Carlos Alberto Gómez Fajardo

 

Se ha señalado la pertinencia de marcar una separación entre los conceptos

“salud” y “atención en salud”. Hay importantes diferencias. Uno de los frecuentes reduccionismos actuales –de ello nos da cuenta constantemente los medios masivos de comunicación- es la reducción de los temas sanitarios a los aspectos de “proceso” o procedimiento operativo-administrativo que ellos implican. Es decir, no es lo mismo “salud” que “prestación de servicios y compra venta de tecnologías médicas”. En el maremágnum utilitarista que se vive, la dinámica de la “satisfacción del usuario-cliente” pareciera ser una premisa inevitable. Es lo que han impuesto equivocadamente los programas educativos sobre facturación y sobre temas administrativos en salud; y lo han hecho porque nacen de una ideología utilitarista llevada a extremos.

Se ha creído en exceso que el cliente tiene la razón, que los objetivos de la optimización de los procesos se orientan hacia la satisfacción de las exigencias del usuario en una dinámica de eficaz cumplimiento de órdenes y contratos. Sin negar que el tema del proceso fabril puede hacer parte de las complejísimas circunstancias que intervienen en salud y en el hecho de la relación médico – paciente, hay que reafirmar, aunque ello pareciera obvio, que no es exclusivamente técnica la naturaleza de esta relación. Sí hay un saber hacer técnico que está enmarcado dentro de la explosión de la complejidad tecno-científica del siglo XXI. Esto influye el tema de la prestación de esta clase de servicios. Pero no es su esencia.

Los fenómenos concretos de la salud y la enfermedad atañen a una relación entre seres humanos. No se trata apenas de la eficacia en la generación de piezas de repuesto en una dinámica fabril, bajo las concepciones de Henry Ford sobre las líneas de producción.

Padecer una determinada condición para la cual se requiere de la asistencia médico quirúrgica no puede ser reducido a “proceso”. En aquel padecimiento está inmerso quien padece –el paciente-, tanto que ello incluso puede llegar a ser el hecho más determinante para continuar o no en la existencia concreta en este mundo, en el caso determinado. A ello hacen referencia quienes reflexionan sobre la necesidad de respuestas auténticas ante las “situaciones límite”: el dolor, el azar, el sufrimiento, la muerte. Estas son circunstancias que atañen a la persona en lo más íntimo, en lo más radical. Exigen un enfoque humanizado total, que abarca también aquellos campos que no son susceptibles de una medición bajo parámetros de laboratorio, de contabilidad o de técnicas administrativas. La genuina solidaridad, el apoyo emocional, la eficaz educación, el acompañamiento diligente y oportuno. Cuestiones que trascienden el tenor de la medición de la eficacia de procesos. Y van más allá de la rigidez burocrática de una abstracta y despiadada aplicación de protocolos y normas técnicas. El ejercicio terapéutico humano y genuino supera con elasticidad, afecto e inteligencia, cualquier norma técnica o cualquier sentencia judicial con la que se pretenda satisfacer la necesidad o solicitud de un cliente. Sucede esto, precisamente, porque el paciente es paciente, no cliente, no consumidor. Enfermar es un hecho personal, biográfico. Se puede disponer de toda la tecnología, el dinero, y la complejidad logística imaginables en la prestación de servicios, y con ellas, por supuesto, se puede continuar careciendo de salud.

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